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A medida que pasaban los años,
comencé a interesarme mucho más en la pérdida de la religiosidad en la sociedad
estadounidense en general. La religiosidad es una espiritualidad y una
moralidad viva, que respira dentro de los individuos y no debe ser confundida
con la religión, que tiene que ver con los ritos, rituales y los credos dogmáticos
de una entidad organizada, por ejemplo, la iglesia. La cultura estadounidense
parecía haber perdido su moral y su brújula religiosa. Dos de cada tres
matrimonios terminaban en divorcio; la violencia se volvía una parte cada vez
más inherente de nuestras escuelas y carreteras; la responsabilidad individual iba
en descenso; la disciplina se sumergía cada vez más bajo una moralidad que
decía “si se siente bien, pues hágalo”; diversos líderes e instituciones
cristianas se veían ensuciados por escándalos sexuales y financieros; y las
emociones justificaban el comportamiento, por más odioso que fuera. La cultura
estadounidense se volvía cada vez más una institución en bancarrota, y me
sentía muy solo en mi vigilia religiosa personal.
Me encontraba en esta
disyuntiva cuando comencé a tener contacto con la comunidad musulmana local. Unos
años antes, mi esposa y yo habíamos estado investigando activamente sobre la
historia del caballo árabe. Eventualmente, y para asegurarnos de la calidad de
unos papeles en árabe, esta investigación nos llevó a contactarnos con unas
personas árabe-estadounidenses, que resultaron ser musulmanes. Nuestro primer
contacto fue con Yamal en el verano de 1991.
Luego de una conversación
telefónica inicial, Yamal visitó nuestra casa y se ofreció para hacer las
traducciones y guiarnos en la historia del caballo árabe en el Medio Oriente. Antes
de que Yamal se fuera esa tarde, preguntó si podía usar nuestro baño para
lavarse antes de realizar sus oraciones; y nos pidió una hoja de periódico para
usar a modo de alfombra de oración, para poder decir sus oraciones antes de
irse de casa. Desde luego, nos vimos obligados, pero nos preguntamos si no
había algo más apropiado para darle en lugar de una hoja de periódico. Sin
darnos cuenta en ese momento, Yamal estaba practicando una forma muy bella de
Dawa (prédica o exhorto). No hizo ningún comentario sobre el hecho de que no
éramos musulmanes, ni tampoco nos predicó nada sobre sus creencias religiosas.
“Simplemente” nos presentó su ejemplo, un ejemplo que hablaba a gritos, si es
que uno era receptivo de la lección dada.
A lo largo de los siguientes 16
meses, el contacto con Yamal fue aumentado paulatinamente en frecuencia, hasta
que pasamos a vernos cada una o dos semanas. Durante estas visitas, Yamal
nunca me predicó nada sobre el Islam, ni me cuestionó sobre mis propias
creencias o convicciones religiosas ni tampoco me sugirió verbalmente que me
convirtiese en musulmán. Sin embargo, yo aprendía cada vez más. Primero,
estaba el constante ejemplo del comportamiento de Yamal al cumplir sus oraciones.
Segundo, estaba el ejemplo de cómo Yamal se comportaba en su vida diaria con
una ética y moral impecables, tanto en su mundo profesional como en su mundo
social. Tercero, estaba el ejemplo de cómo Yamal se relacionaba con sus dos
hijos. Para mi esposa, la esposa de Yamal también fue un ejemplo similar. Cuarto,
siempre dentro del marco de ayudarme a comprender la historia del caballo árabe
en el Medio Oriente, Yamal comenzó a compartir conmigo: 1) relatos de la
historia árabe e islámica; 2) dichos del Profeta Muhammad, la paz sea con él; y
3) versículos coránicos y su significado contextual. De hecho, cada visita
incluía al menos 30 minutos de conversación en torno a algún aspecto del Islam,
pero siempre presentado en términos de ayudarme intelectualmente a entender el
contexto islámico de la historia del caballo árabe. Nunca me dijo: “así son
las cosas”, simplemente me decía “esto es lo que normalmente creen los
musulmanes”. Dado que no me estaban “predicando”, y puesto que Yamal nunca
indagaba en mis propias creencias, no tenía la necesidad de justificar mi
propia posición. Todo se manejaba como un ejercicio intelectual, no como
proselitismo.
Gradualmente, Yamal comenzó a
presentarnos con otras familias árabes de la comunidad musulmana local. Estaba
Wa’el y su familia, Jaled y su familia, y otros más. Consistentemente,
observaba a personas y familias que llevaban vidas mucho más éticas que las de
la sociedad estadounidense en la que estábamos inmersos. Quizás había algo en
la práctica del Islam que había dejado de lado durante mis años de universidad
y seminario.
Para diciembre de 1992, comencé
a hacerme serias preguntas sobre quién era y qué estaba haciendo. Estas
preguntas se vieron alimentadas por las siguientes consideraciones:
1) A lo largo de los 16 meses previos, nuestra vida social se
había centrado casi totalmente en el componente árabe de la comunidad musulmana
local. Para diciembre de ese año, probablemente un 75% de nuestra vida social la
pasábamos con musulmanes árabes.
2) Gracias a mi
formación y educación de seminario, sabía cuánto había sido tergiversada la Biblia (y en ocasiones sabía cuándo, dónde y por qué), no creía en la trinidad ni tampoco en
el carácter de “hijo de Dios” de Jesús, al menos no literalmente. En pocas
palabras, si bien ciertamente creía en Dios, era tan monoteísta como mis amigos
musulmanes.
3) Mis valores
personales y mi sentido de moralidad estaban mucho más a tono con mis amigos
musulmanes que con la sociedad “cristiana” que me rodeaba. Después de todo,
tenía los ejemplos amistosos de Yamal, Jaled y Wa’el como ilustraciones. En
pocas palabras, mi nostálgico anhelo del tipo de comunidad en el que había sido
criado encontraba gratificación en la comunidad musulmana. La sociedad
estadounidense puede estar en una bancarrota moral, pero ese no parecía ser el
caso para la comunidad musulmana con la que tenía contacto. Los matrimonios
eran estables, los esposos se comprometían mutuamente, y se hacía hincapié en
la honestidad, la integridad, la responsabilidad individual y los valores
familiares. Mi esposa y yo habíamos intentado vivir nuestras vidas de esa
manera, pero durante muchos años sentíamos que lo hacíamos en un contexto de
vacío moral. La comunidad musulmana parecía ser distinta.
Los distintos hilos se iban
tejiendo en una única hebra. Los caballos árabes, mi educación de la niñez, mi
paso por el ministerio cristiano y mi formación de seminario, mi nostalgia de
una sociedad moral, y mi contacto con la comunidad musulmana se entrelazaban
cada vez más. Las preguntas que me hacía a mí mismo llegaron a su fin cuando
finalmente pude preguntarme qué me separaba exactamente de las creencias de mis
amigos musulmanes. Supongo que le podría haber hecho esa pregunta a Yamal o Jaled,
pero no me sentía listo para dar ese paso. Nunca había hablado con ellos de
mis propias creencias religiosas y creo que tampoco quería incluir en nuestra
amistad ese tema de conversación. Como tal, comencé a sacar de la biblioteca
todos los libros sobre el Islam que había adquirido cuando estaba en el
seminario y la universidad. Por más lejanas que fueran mis creencias de la
postura tradicional de la Iglesia, yo seguía identificándome como cristiano,
por lo que acudí a las obras de expertos occidentales. Ese mes de diciembre,
leí una media docena de libros sobre el Islam, todos escritos por autores
occidentales, incluyendo una biografía del Profeta Muhammad, la paz sea con él.
Aún más, comencé a leer dos traducciones al inglés del significado del Corán. Nunca
hablé de esta búsqueda con mis amigos musulmanes. Nunca les mencioné qué tipo
de libros leía ni tampoco por qué lo hacía. Sin embargo, en ocasiones les
hacía alguna pregunta muy circunscripta sobre alguno de los libros.
Si bien nunca hablaba con mis
amigos musulmanes sobre estos libros, mi esposa y yo teníamos numerosas
conversaciones sobre el material de lectura. Al llegar la última semana de
diciembre de 1992, me vi obligado a admitirme a mí mismo que no encontraba nada
en desacuerdo sustancial entre mis propias creencias religiosas y los conceptos
básicos del Islam. Si bien estaba listo para reconocer que Muhammad era un
profeta (alguien que habla por inspiración) de Dios, y no tenía dificultad
alguna en afirmar que no existe dios aparte de Dios, glorificado y alabado sea,
seguía vacilando en tomar la decisión. Estaba listo para admitirme a mí mismo
que tenía más en común con las creencias islámicas tal como las entendía que
con el Cristianismo tradicional de la iglesia organizada. Sólo sabía muy bien
que podía confirmar fácilmente – a partir de mi formación en el seminario –la
mayor parte de lo que el Corán dice del Cristianismo, de la Biblia, y de Jesús, la paz sea con él.
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