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Corría marzo de 1993, y mi esposa y yo
disfrutábamos de unas vacaciones en el Medio Oriente. Era el mes islámico de
Ramadán, en el que los musulmanes ayunan desde el alba hasta el anochecer. Puesto
que la mayoría de las veces nos hospedábamos o nos acompañaban parientes de
nuestros amigos musulmanes de los Estados Unidos, mi esposa y yo decidimos que
también ayunaríamos, aunque sólo fuera por cortesía. Durante ese tiempo,
también comencé a realizar las cinco oraciones diarias del Islam junto con mis
nuevos amigos musulmanes del Medio Oriente. Después de todo, no había nada en
esas oraciones con lo que no estuviese de acuerdo.
Era cristiano, o al menos eso decía. Después
de todo, había nacido en una familia cristiana, había tenido una crianza
cristiana, había asistido de niño a la escuela dominical todas las semanas,
había egresado de un prestigioso seminario y me había ordenado como ministro en
una importante iglesia Protestante. Sin embargo, también era un cristiano que
no creía en la trinidad ni en la divinidad de Jesús, la paz de Dios sea con él;
que sabía muy bien que la Biblia había sido corrompida; que había dicho el
testimonio islámico de fe con mis propias palabras; que había ayunado durante
Ramadán; que decía las oraciones islámicas cinco veces al día y que estaba
profundamente impresionado por los ejemplos de conducta de los cuales era
testigo en la comunidad musulmana, tanto en Estados Unidos como en el Medio
Oriente. (El tiempo y el espacio no me permiten darme el lujo de documentar
todos los detalles de moralidad y ética personal que encontré en el Medio
Oriente). Si me preguntaran si era musulmán, podría – y de hecho lo hice – dar
un monólogo de cinco minutos detallando lo anterior y básicamente dejar la
pregunta sin responder. Estaba jugando un juego intelectual de palabras, y me
estaba saliendo bastante bien.
Nuestro viaje por el Medio Oriente se
acercaba a su fin. Un amigo entrado en edad que no hablaba inglés, y yo,
caminábamos por un pequeño camino serpenteante, en una de las zonas menos
favorecidas del Gran ‘Amman, Jordania. A medida que caminábamos, se nos acercó
un anciano que venía caminando en dirección opuesta y dijo “Salam ‘Alaykum”, es
decir, “la paz sea con vosotros”, y extendió la mano para estrechárnosla. Éramos
las únicas tres personas allí. Yo no hablaba árabe, y mi amigo y el hombre no
hablaban inglés. Mirándome, el extraño me preguntó: “¿Musulmán?”.
En ese preciso momento, me sentí total
y completamente atrapado. No había juegos de palabras que pudiera utilizar,
porque sólo me podía comunicar en inglés, y ellos sólo se comunicaban en árabe.
No había un traductor presente para sacarme de la situación y permitiera que me
ocultase detrás de mi cuidadosamente preparado monólogo en inglés. No podía
hacer de cuenta que no entendía la pregunta, porque era demasiado obvio que sí
la comprendía. Mis opciones se redujeron, repentina e inexplicablemente, a
dos: Podía decir “Na’am”, sí; o “La”, no. La decisión era mía y no tenía otra.
Tenía que elegir en ese momento; así de simple. Alabado sea Dios, respondí: “Na’am”.
Al decir esa sola palabra, todos los
juegos intelectuales de palabras quedaron atrás. Al dejar atrás los juegos de
palabras, los juegos psicológicos respecto a mi identidad religiosa también
quedaron atrás. No era un cristiano extraño y atípico. Era un musulmán. Alabado
sea Dios, mi esposa de 33 años también se convirtió en musulmana más o menos al
mismo tiempo.
Pasaron unos meses de nuestro regreso a
Estados Unidos del Medio Oriente, cuando un vecino nos invitó a su casa
diciendo que quería hablar con nosotros sobre nuestra conversión al Islam. Era
un ministro Metodista retirado, con quien ya había tenido varias conversaciones
en el pasado. Si bien habíamos tocado someramente temas como la construcción
artificial de la Biblia a partir de varias fuentes anteriores e independientes,
nunca habíamos tenido una charla profunda sobre religión. Sólo sabía que
parecía tener una sólida formación de seminario y que cantaba en el coro de la
iglesia del pueblo todos los domingos.
Mi reacción inicial fue: “Oh, oh, aquí
viene”. Sin embargo, es obligación de todo musulmán ser un buen vecino, y
también es obligación de todo musulmán hablar del Islam con los demás. Como
tal, acepté la invitación para la noche siguiente y pasé la mayor parte de
aquel día contemplando la mejor manera de enfrentar a este hombre en su tema de
conversación. Llegó la hora acordada y nos dirigimos a la casa de nuestro
vecino. Después de unos momentos de conversación trivial, finalmente me
preguntó por qué decidimos convertirnos en musulmanes. Yo estaba esperando esa
pregunta y tenía mi respuesta cuidadosamente preparada. “Como usted sabe de su
formación de seminario, hubo muchas consideraciones no religiosas que llevaron
y dieron forma a las decisiones del Concilio de Nicea”. Inmediatamente me
interrumpió con una simple frase: “No pudiste aguantar más el politeísmo,
¿verdad?”. Él sabía exactamente por qué yo era musulmán, ¡y no estaba en
desacuerdo con mi decisión! Para él, a su edad y desde su posición, estaba
eligiendo ser “un cristiano atípico”. Dios mediante, él ya ha completado su
viaje de la ‘cruz’ a la ‘media luna’.
Hay que hacer ciertos sacrificios si se
es musulmán en Estados Unidos. De hecho, hay que hacer sacrificios si se es
musulmán en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, dichos sacrificios pueden
sentirse con más fuerza en Estados Unidos, especialmente entre los conversos
estadounidenses. Algunos de estos sacrificios son muy predecibles, como
modificar la vestimenta y abstenerse del alcohol, la carne de cerdo y depositar
el dinero en una cuenta con intereses. Otros sacrificios son menos predecibles.
Por ejemplo, una familia cristiana, de quienes éramos íntimos amigos, nos
informó que ya no podrían frecuentarnos, pues no podían frecuentar a ninguna
persona “que no aceptara a Jesucristo como su salvador personal”. Además,
algunos de mis colegas de trabajo cambiaron su manera de relacionarse conmigo.
Puede que haya sido una coincidencia o no, pero mi base de referencias
profesionales se redujo, y consecuentemente experimenté una reducción de un 30%
de mi ingreso. Algunos de estos sacrificios menos predecibles fueron difíciles
de aceptar, aunque los sacrificios son sólo un pequeño precio que se paga a
cambio de lo que se recibe.
Para quienes contemplen aceptar el
Islam y someterse al único Dios, alabado y glorificado sea, puede que haya
sacrificios en el camino. Muchos de esos sacrificios son fácilmente predecibles,
mientras que otros son bastante sorprendentes e inesperados. No se puede negar
la existencia de estos sacrificios; sin embargo, no se debe caer en una
preocupación excesiva por los mismos. Al hacer el análisis final, estos
sacrificios son menos importantes de lo que uno cree. Dios mediante, usted
verá que estos sacrificios son un precio muy bajo que se paga por los “bienes”
que está comprando.
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Nota: El certificado de ordenación era
muy grande para escanearlo en su totalidad, falta la línea superior del texto
que dice “Que todos los hombres sepan que”.
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