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Trabajamos en un centro
comercial. Es la temporada navideña y pusieron unos puestos adicionales en los
pasillos. En uno de ellos había una chica, y teníamos que pasar justo por
delante de ella. Le decía: “Buenos días, ¿cómo estás?”. Si decía algo, era
“Hola”. Nada más.
Un día le dije: “Señorita,
usted nunca dice nada. Quería pedirle disculpas si dije algo incorrecto”.
Ella respondió: “No, lo que
pasa es que soy musulmana”.
“¿Usted es qué…?”
“Soy musulmana, y nosotras no
hablamos con hombres extraños a menos que tengamos algo específico de qué
hablar; de lo contrario, no nos relacionamos con hombres extraños”.
“Ahhhh, musulmana”.
Ella me dijo: “Sí, practicamos
la religión del Islam".
“Islam - ¿cómo se deletrea?"
“I-s-l-a-m”.
Por aquel entonces, consideraba
que los musulmanes eran todos terroristas. Ella ni siquiera tenía barba. ¿Cómo
podía ser musulmana?
“¿Cómo comenzó esta religión?”
“Bueno, hubo un profeta”.
“¿Un profeta?”
“Muhammad, la paz sea con él”.
Comencé a investigar un poco. Pero
acabo de salir de una religión. No tenía intención de convertirme en musulmán.
Pasaron las fiestas de fin de
año. El puesto fue retirado. La chica se fue.
Seguí orando, y me preguntaba
por qué mis oraciones no eran respondidas. En noviembre de 1991, iba a llevar
a mi tío Rockie a su casa después de estar en el hospital. Comencé a vaciar
los cajones para empacar sus cosas y había una Biblia de los Gedeones. Me
dije: “Dios ha respondido mis plegarias”. Esta Biblia de los Gedeones (que
desde luego, ponen en todos los cuartos de hotel). Es una señal de que Dios
está allí para enseñarme. Acto seguido, robé la Biblia.
Fui a mi casa y comencé a
rezar: Oh Dios, enséñame a ser cristiano. No me enseñes el camino de los
Testigos de Jehová. No me enseñes el camino de los católicos. ¡Enséñame tu
camino! No puedes haber hecho que esta Biblia sea tan difícil para que la
gente común, que reza sinceramente, no la pudiera entender.
Leí todo hasta el Nuevo
Testamento. Comencé con el Antiguo Testamento. Bueno, hay una parte en la
Biblia donde habla de los profetas.
¡Epa!
Me dije: un momento, esa mujer
musulmana me dijo que tenían un profeta. ¿Cómo puede ser que no esté aquí?
Comencé a pensar, los
musulmanes son unos mil millones en todo el mundo. En teoría, una de cada
cinco personas en la calle podría ser musulmana. Y pensé: ¡Mil millones de
personas! Satán es bastante bueno, por lo visto. Pero en realidad no es tan
bueno.
Decidí entonces leer su libro,
el Corán, y ver qué sarta de mentiras contenía. “Seguramente tiene alguna
ilustración de cómo desarmar un AK-47”. Fui a una librería árabe.
Me preguntaron allí: “¿En qué
le puedo ayudar?”
“Estoy buscando un Corán”
“Tenemos algunos por aquí”.
“Hay algunos muy bonitos –
treinta dólares, cuarenta dólares”.
“Mire, sólo quiero leerlo, no
quiero convertirme al Islam, ¿está bien?”
“Está bien, tenemos esta
edición económica de cinco dólares".
Volví a mi casa y comencé a
leer mi Corán desde el principio, con Al-Fatihah. Y no podía quitarle los ojos
de encima.
Miren esto. Habla de Noé aquí.
Nosotros también tenemos a Noé en nuestra Biblia. También habla de Lot y
Abraham. No lo puedo creer. No sabía que el nombre de Satán era Iblís. Qué
les parece.
Es como cuando estás viendo
televisión y la imagen tiene un poco de estática, y uno mueve el botón de
sintonía fina. Es exactamente lo que me pasó con el Corán.
Lo leí por completo. Me dije:
Bien, ya lo hice, ¿qué tengo que hacer ahora? Bien, debo ir a donde se reúnen.
Busqué en las páginas amarillas y lo encontré: Centro Islámico del Sur de
California, en Vermont. Llamé y me dijeron: “Venga el viernes”.
Ahí comencé a ponerme nervioso
porque ahora sabía que iba a tener que enfrentarme a Habib con su AK-47.
Quiero que la gente entienda lo
que significa llegar al Islam para un estadounidense cristiano. Lo del AK-47
es una broma, pero no sé si estos tipos tienen dagas escondidas en la ropa. Por
eso llegué a la entrada y allí había este tipo, 110 Kg, 1,90 m, con barba y
todo, y me quedé pasmado.
Me acerqué y le dije “Disculpe,
señor”.
[Acento árabe]: “¡Pase al
fondo!”.
Él pensó que yo ya era un musulmán.
Le dije: “Sí, sí”. [Tímidamente].
No sabía para qué iba al fondo,
pero hacia allá fui de todos modos. Tenían la tienda y las alfombras estaban
afuera. Estaba allí parado, algo tímido, y había personas sentadas escuchando
el sermón. Me decían: “Siéntate hermano, siéntate”. Yo les respondía: “No
gracias, gracias, sólo vine a visitar”.
El sermón terminó. Todos se
alinearon para la oración y comenzaron con las prosternaciones. Me sentí
desconcertado.
Todo comenzó a tener sentido
intelectualmente, en mis músculos, en mis huesos, en mi corazón y en mi alma.
Las oraciones terminaron. Pensé
“¿Quién me va a reconocer aquí?”, por lo que me mezclé como un hermano más y
caminé por la mezquita, y un hermano me dijo: “Assalamu alaikum”. Pensé:
“¿Dijo “salame y bacon (jamón)?”
“Assalamu alaikum”.
Otro más me dijo “salame y
bacon”.
No tenía ni la menor idea de
qué me estaban diciendo, pero todos sonreían.
Antes de que alguien se diera
cuenta de que no debía estar allí y me llevara a la cámara de torturas, o me
degollara, quería ver lo más que pudiera. Así que fui hasta la biblioteca,
donde había un joven egipcio llamado Omar. Dios me lo envió.
Omar se acercó y me dijo:
“Disculpe. ¿Es su primera vez aquí?”. Tenía un acento muy marcado.
Le dije: “Sí, así es”.
“Oh, muy bien. ¿Es usted
musulmán?”
“No, sólo estoy leyendo un
poco”.
“Oh, ¿está estudiando? ¿Es su
primera visita a una mezquita?”
“Sí”.
“Venga, le voy a mostrar el
lugar”. Y me tomó de la mano, y allí fui caminando con otro hombre, tomados de
la mano. Vaya, estos musulmanes sí que son amistosos.
Me mostró el lugar.
“Primero que nada, este es
nuestro salón de oración, así que debe sacarse aquí los zapatos”.
“¿Qué son esas cosas?”
“Son pequeños casilleros para
poner los zapatos”.
“¿Por qué?”.
“Porque está próximo a la zona
de oración, es un sitio muy sagrado. No se puede entrar con los zapatos
puestos; lo mantenemos muy limpio".
Entonces me llevó al salón de
hombres.
“Y allí es donde hacemos wudú”.
“¡Vudú! ¡No había leído nada acerca
del vudú!”.
“No, vudú no. ¡Wudú!".
“Está bien, porque he visto
esas cosas con muñecos y alfileres, y no estoy listo para ese tipo de
compromiso todavía”.
Él me dijo: “No, wudú es cuando
nos purificamos”.
“¿Por qué hacen eso?”
“Bien, cuando le rezas a Dios,
tienes que estar limpio, por eso nos lavamos los pies y manos”.
Así aprendí todo eso. Cuando
llegó la hora de marcharme, él dijo: “Espero que regrese”.
Volví y le pedí al
bibliotecario algún librito sobre la oración, y regresé a mi casa y practiqué.
Sentía que si intentaba hacer lo correcto, Dios lo aceptaría. Seguí leyendo y
leyendo y visitando la mezquita.
Tenía un compromiso de ir a una
gira por la región del medio oeste con un grupo de comediantes. Me llevé
conmigo una alfombra de oración. Sabía que debía rezar a ciertas horas, pero
hay ciertos lugares donde no se debe rezar, y uno de ellos es el baño. Fui al
baño de hombres de una parada de turistas, desplegué mi alfombra y comencé a
realizar mis oraciones.
Volví, y al terminar Ramadán,
comencé a recibir llamados de distintos lugares del país para dar conferencias
como un ministro de los Testigos de Jehová que había adoptado el Islam. La
gente me veía como una novedad.
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