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Estudié filosofía en la Universidad, y me enseñó a preguntarle dos cosas a quien sea que aclame tener la verdad: ¿Qué
quieres decir, y cómo lo sabes? Cuando me preguntaba esto a mi mismo, no
encontraba respuestas, y me percataba de que el cristianismo se me había escapado
de las manos. Luego me embarqué en una búsqueda que tal vez no es conocida para
muchos jóvenes en Occidente, una búsqueda de significados en un mundo sin
significado.
Comencé donde había perdido mi
fe, con los filósofos, sin embargo queriendo creer, buscando no la filosofía,
sino una filosofía.
Leí los ensayos del gran
pesimista Arthur Schopenhauer, que habló acerca del fenómeno de las edades de
la vida, y del dinero, la fama, la fuerza física y la inteligencia todo a través
del pasar de los años, pero solo persiste la excelencia moral. Aprendí esta lección
de memoria y la recordé después de años. Sus ensayos también llamaban la
atención del hecho de que se pretendía que una persona repudiara mas tarde lo
que había hecho fervientemente con anterioridad durante su juventud. Con un
deseo de encontrar la divinidad, decidí imbuirme a mi mismo con los argumentos más
convincentes de ateísmo, para poder buscar una manera de escaparme de ellos mas
tarde. Por lo tanto leí las traducciones de Walter Kaufmann de los trabajos del
inmoralista Friedrich Nietzsche. Las muchas facetas geniales diseccionaron los
juicios morales y creencias de la humanidad con brillantes argumentos psicológicos
y fisiológicos que finalizaron acusando al lenguaje humano mismo, y al lenguaje
de la ciencia del siglo diecinueve en particular, de ser tan determinante y
mediado por conceptos heredados del lenguaje de la moralidad que en la forma
presente no podrían nunca cubrir la realidad. Aparte de su inmunológico valor
en contra del escepticismo, el trabajo de Nietzsche explicado por el Occidente
era post-cristiano, y predijo exactamente el salvajismo del siglo veinte,
desacreditando el mito de que la ciencia podría funcionar como un reemplazo
moral para la religión ahora muerta.
A un nivel personal, sus
diatribas en contra del cristianismo, particularmente en la Genealogía de las morales, me brindaron el beneficio de destilar las creencias de la
tradición monoteísta en un número más pequeño de formas analizables. Él separó los
conceptos no esenciales (como el espectáculo bizarro de los omnipotentes actos
suicidas en la cruz) de los esenciales, que ahora, aunque sin creer en ellos, son
solamente tres: que Dios existió; que Él creó al hombre en el mundo y definió
la conducta que esperaba de él; y que Él juzgará al hombre adecuadamente en el
mas allá y lo recompensará eternamente o lo castigará.
Fue en ese momento que leí una traducción
admirable del Corán, entre reservas agnósticas, de la pureza con la cual se
presentaba estos conceptos. Incluso si fuesen falsos, pensaba, que no podría
haber una expresión más esencial de la religión. Como trabajo literario, la
traducción, tal vez fue para las ventas, pero sin inspiración y abiertamente
hostil para su propósito, mientras que yo sabía que la versión original en árabe
era muy conocida por su belleza y elocuencia entre los libros religiosos de la
humanidad. Sentí mucho deseo de aprender árabe para leer el original.
En vacaciones de la escuela, me
encontraba caminando en una calle sucia entre campos de trigo, y sucedió que el
sol comenzó a bajar. A través de algún tipo de inspiración, me di cuenta de que
era el momento de la adoración, un momento para inclinarse y rezarle al único
Dios. Pero no era algo que uno pudiese describir con detalles, sino un deseo, o
tal vez el comienzo de un descubrimiento de que el ateísmo era un modo de ser
no auténtico.
Sentía esta inquietud cuando me
transferí a la Universidad de Chicago, donde estudié epistemología de la teoría
ética, cómo se llegaban a los juicios morales, leyendo o buscando entre los
libros de los filósofos algo para iluminar las preguntas sin sentido, que
preocupaban a las inquietudes personales y a los problemas filosóficos de
nuestra era.
De acuerdo a algunos, la observación científica
solo describen las afirmaciones del estilo X e Y, por ejemplo, el objeto es
rojo, su peso es dos kilogramos, su medida es diez centímetros, y demás, en
cada uno de los cuales la funcionalidad era una verificación científica ‘es’,
donde en los juicios morales el elemento funcional era un ‘debería’, una afirmación
descriptiva que ninguna cantidad de significado científico podría medir o
verificar. Aparentemente ‘debería’ era insignificante, y con esto toda la
moralidad, una posición que me recordó a aquellos descriptos por Lucian
en su consejo de que quien vea un filosofo moralista en camino debe alejarse de
él como si se alejara de un perro rabioso. Estas personas se rigen por la
conveniencia, y nada se asemeja a su comportamiento más que lo que les conviene.
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