Los Otros
Oí hablar por primera vez del Corán
cuando me estaba preparando para obtener mi maestría. Hasta ese entonces, como
la mayoría de los estadounidenses, conocía a “los árabes” como predadores
misteriosos y oscuros que pretenden arrasar con nuestra civilización. El Islam
nunca era mencionado – solo los árabes sucios, los camellos y las tiendas en el
desierto. Cuando era niña y estábamos en clase de religión, me preguntaba
quiénes eran las otras personas. Jesús caminó por Canaán, Galilea y Nazaret,
pero tenía ojos azules - ¿quiénes eran los otros pueblos? Me daba la sensación
de que había algún eslabón perdido en algún sitio. En 1967, durante la guerra
árabe-israelí, tuvimos nuestro primer contacto con el otro pueblo, y era claro
que la gran mayoría lo veía como el enemigo. Pero yo no; a mí me caían bien, y
sin ninguna razón aparente. Hasta el día de hoy no puedo explicarlo, excepto
que ahora sé que se trataba de hermanos musulmanes.
Tenía unos 35 años cuando leí
mi primera página del Corán. Lo abrí con la intención de darle una hojeada y
empezar a conocer la religión de los habitantes de la región que sería el tema
central de mi tesis de grado. Dios hizo que el libro se abriera en el capítulo
“Los Creyentes” (Surat al-Mu’minun), versículos 52-54:
“Ciertamente
la religión de todos vosotros es una sola, y Yo soy vuestro Señor; obedecedme,
pues. Pero a pesar de ello, [los hombres] se dividieron formando diferentes
religiones, y cada grupo se contenta con su creencia. Déjalos [a los
incrédulos] en su error por un tiempo [hasta que les llegue su hora].” (Corán 23:52-54)
A la primera leída, supe que se
trataba de una verdad certera, clara y enérgica, que revelaba la esencia de
toda la humanidad y verificaba todo lo que había estudiado para la tesis. El
patético rechazo de la humanidad frente a la verdad, su incesante y vana
competencia para ser especiales y su ignorancia del fin de la existencia
plasmadas en unas pocas palabras. Países, nacionalidades, culturas, idiomas -
todos ellos sintiéndose superiores, cuando en realidad, todas estas identidades
ocultan la única realidad que deberíamos disfrutar en compartir - es decir,
servir al ÚNICO SEÑOR, que creó todo y que es dueño de todo.
Sigo amando a Jesús y María
Cuando era niña solía decir: “Santa
María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte, Amén”, palabras de la oración “Ave María”. Ahora puedo ver
cómo María fue perjudicada al representarla erróneamente como la madre de Dios.
Ya es suficiente con verla como una elegida entre todas las mujeres para dar a
luz al gran profeta Jesús, a través de una concepción milagrosa. Mi madre
defendía a menudo sus plegarias en las que invocaba la ayuda de María
explicando que ella también era madre y entendía las penurias de una madre. Sería
mucho más útil para mi madre y para otras mujeres contemplar cómo la María más pura fue calumniada por los judíos de ese entonces y acusada de un pecado
despreciable, el de la fornicación. María toleró todo esto, sabiendo que sería
reivindicada por el Todopoderoso, y que recibiría fortaleza para soportar todas
sus calumnias.
Este reconocimiento de la fe y
la confianza de María en la misericordia de Dios nos permitirá reconocerla como
una de las mujeres más sublimes, a la vez que eliminará las calumnias generadas
por llamarla madre de Dios, la cual es una acusación aún más grave que la de
los judíos de ese entonces. Como musulmán, uno ama a María y a Jesús, pero se
debe amar a Dios sobre todas las cosas, y Él es Aquel cuyos mandamientos hay
que obedecer. Él nos juzgará el día en que nadie más pueda ayudarnos. Él nos
creó, y también a Jesús y a su madre María, tal como creó a Muhammad. Todos
murieron o morirán – y Dios nunca muere.
Jesús (‘Isa en árabe) nunca
dijo ser un dios. Al contrario, él se refería a sí mismo como un enviado. Cuando
recuerdo la confusión que viví de joven, advierto que la misma se originaba en
la afirmación de la iglesia que dice que Jesús era más de lo que él mismo
admitía ser. Los padres de la iglesia formularon una doctrina para inventar el
concepto de la Trinidad. Esta confusa interpretación de la Torah original y del Evangelio (las escrituras entregadas a Moisés y Jesús) es lo que da
origen a la Trinidad.
Honestamente, alcanza con decir
simplemente que Jesús era un profeta, sí, un mensajero que vino con la palabra
de Quien lo envió. Si vemos a Jesús, la paz sea con él, a la luz correcta, es
fácil aceptar que Muhammad, la paz sea con él, es su hermano menor que vino con
la misma misión - llamar a todos a adorar al ÚNICO Todopoderoso, el que creó
todo y al que todos volveremos para que nos juzgue por nuestras acciones. No
tiene sentido alguno discutir las características físicas. Árabe, amerindio, judío,
caucásico, de ojos marrones o azules, cabello corto o largo - todo eso es
irrelevante en lo que respecta a la importancia de los mensajeros. Cuando
pienso ahora en Jesús, después de conocer el Islam, siento esa conexión que uno
observa en una familia feliz – una familia de creyentes. Uno ve a Jesús como
un “musulmán”, una persona que se somete al Señor Altísimo.
El primero de los “Diez
Mandamientos” dice:
1. Soy Dios vuestro
Señor, no adorarás falsos dioses ante mí.
2. No tomarás el nombre
de vuestro Señor en vano.
Toda persona que conozca el
significado correcto de “la ilaha ill-Allah” (no existe dios excepto Dios)
reconocerá inmediatamente la similitud de este testimonio. Entonces podemos
comenzar realmente a armar la verdadera historia de todos los profetas y
ponerle fin a las distorsiones.
“Dicen:
El Clemente tuvo un hijo. Por cierto que han dicho algo terrible; estuvieron
los cielos a punto de hendirse, la Tierra de abrirse, y las montañas de caer
derrumbadas porque Le atribuyeron un hijo al Clemente. No es propio [de la
grandiosidad] del Clemente tener un hijo. Todos los que habitan en los cielos
y en la Tierra se presentarán sumisos ante el Clemente.” (Corán 19:88-90)
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