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Duá (Súplica) (parte 4 de 4): Incluso los profetas sintieron angustia y se volvieron hacia Dios

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Descripción: Cómo hacían duá los profetas.

  • Por Aisha Stacey (© 2014 IslamReligion.com)
  • Publicado 24 Mar 2014
  • Última modificación 26 Mar 2014
  • Impreso: 51
  • Visto: 15345 (promedio diario: 8)
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En los últimos tres artículos sobre la duá (o súplica), hemos aprendido muchas cosas correctas e inspiradoras. Sabemos que la duá es el arma de los creyentes, por lo tanto, no es necesario recurrir a la desesperación o a la ira, puesto que compartir nuestra pena con Dios es una forma de aliviarla y de superar las cargas. Hemos aprendido que la duá es la esencia de la adoración y que hay una etiqueta cuando suplicamos a Dios por algo, tanto en tiempos de necesidad como cuando Lo alabamos y Le agradecemos. Hemos discutido la forma en que a veces la duá parece quedar sin respuesta; y ahora, finalmente, en nuestra parte cuarta y última, veremos la forma en que los profetas hacían duá.

Como sabemos, los profetas a lo largo del tiempo han tenido siempre relaciones especiales y cercanas con Dios. Ellos acudían a Dios en momentos de peligro y de necesidad, y nunca olvidaban alabar y agradecer a Dios por las bendiciones incontables en sus vidas. Los profetas eran conscientes de la importancia de la paciencia y de la gratitud, y por encima de todo, sus relaciones con Dios estaban fundadas en su sumisión total y absoluta a Su voluntad. Sin embargo, incluso con tanta confianza y amor, ellos a veces se también angustiaban o asustaban, y se sentían solos o abrumados.

En consecuencia, los profetas se volvían hacia Dios y Lo invocaban para que los hiciera pacientes y firmes, Le pedían ayuda en esta vida y felicidad en la siguiente. Ellos hacían un llamado a Dios para que hiciera a sus familias y compañeros justos y pacientes, y para que ellos mismos y su entorno fueran agradecidos y serenos. Aunque Dios ama que nos volvamos hacia Él y digamos las palabras que fluyan de nuestros corazones, las palabras de los profetas son más completas y sumisas a la voluntad de Dios, como esperamos ser nosotros. Suplicarle a Dios con las duá que hallamos en el Corán y en las tradiciones auténticas del Profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, es una práctica correcta y reconfortante.

Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, Adán se volvió hacia Dios arrepentido:

“¡Señor nuestro! Hemos sido injustos con nosotros mismos; si no nos perdonas y nos tienes misericordia, seremos de los perdidos”. (Corán 7:23)

La humanidad sigue cometiendo errores y pecados, pero solo nos perjudicamos a nosotros mismos. Nuestros pecados y errores no perjudican a Dios. Sin embargo, si Dios no nos perdona y no tiene misericordia de nosotros, con seguridad estaremos entre los perdedores.

Cuando el Profeta Jonás despertó en el vientre de la ballena, pensó que había muerto y que estaba acostado en la oscuridad de la tumba. Sintió a su alrededor y se dio cuenta de que no era una tumba sino el vientre de una ballena enorme. Tuvo miedo y elevó su voz invocando a Dios.

“No hay otra divinidad más que Tú. ¡Glorificado seas! En verdad he sido de los injustos”. (Corán 21:87)

A través de su vida, el Profeta Job fue puesto por Dios en muchas pruebas y problemas, pero se mantuvo firme, paciente, y se volvía continuamente a Dios pidiendo perdón. Incluso cuando se sintió en su punto más débil no se quejó, sino que se volvió a Dios y le suplicó perdón. Dijo:

“[¡Oh, Dios! Tú bien sabes que] he sido probado con enfermedades, pero Tú eres el más Misericordioso”. (Corán 21:83)

El Corán nos relata las historias de los profetas a fin de que podamos aprender de ellos. Ellos son modelos dignos y sus vidas no son muy distintas de las nuestras. ¿Cuántas veces no nos hemos hundido en una silla o en la cama por desesperación? ¿Cuántas veces nos hemos sentido tan exhaustos física o mentalmente que parece que no podremos continuar ni un segundo más?

El Profeta Moisés fue obligado a huir de Egipto y salir al desierto a enfrentar un futuro incierto. Después de caminar durante más de una semana a través de las arenas ardientes, llegó a un oasis. Fue allí que este hombre honorable ayudó a las mujeres en el pozo antes de arrojarse bajo un árbol e invocar a Dios por ayuda.

Moisés sabía que Dios era el Único que podía librarlo de su difícil situación, así que se volvió hacia Dios, y antes de que su súplica terminara, la ayuda ya estaba en camino. Moisés probablemente esperaba una rebanada de pan o un puñado de dátiles, pero Dios le dio seguridad, provisiones y una familia.

“¡Señor mío! Realmente necesito cualquier gracia que me concedas”. (Corán 28:24)

Hay lecciones para la humanidad a lo largo de la historia del Profeta Moisés. Cuando Moisés fue enviado por Dios para confrontar al Faraón, tenía miedo de no ser capaz de cumplir con las exigencias de Dios, pero en lugar de quejarse o de desesperarse, Moisés se volvió hacia Dios e hizo duá.

 “¡Oh, Señor mío! Abre mi corazón [y dame valor], facilita mi misión, suelta el nudo que hay en mi lengua para que comprendan mis palabras”. (Corán 20:25-28)

Después de que Moisés supo del gran mal que su gente había cometido al forjar el becerro de oro, se enojó. Sin embargo, incluso en medio de tal fechoría, invocó a Dios pidiéndole que tuviera misericordia de todos ellos.

“Tú eres nuestro Protector, perdónanos y ten misericordia de nosotros. Tú eres el más Indulgente. Concédenos bienestar en esta vida y en la otra”. (Corán 7:155-156)

El Rey (y Profeta) Salomón era muy consciente del poder de Dios. Siempre alababa a Dios por cualquier condición que pusiera sobre él. Dijo: “¡Alabado sea Dios!, Quien nos ha favorecido sobre muchos de Sus siervos creyentes” (Corán 27:15). Salomón también entendió que ningún poder ni fuerza serían suyos a menos que se los pidiera a Dios. El hizo duá y pidió por un reino que nunca fuera superado. Dios le concedió su pedido y el Profeta Salomón reinó sobre un imperio que no podemos imaginar. Dijo:

“¡Oh, Señor mío! Perdóname y concédeme un reino tan poderoso, que nadie pueda igualarlo después de mí; Tú eres el Dadivoso”. (Corán 38:35)

Estas son una pequeña muestra de cómo hacían duá los Profetas. Sus historias y sus duás es encuentran por todo el Corán. Cuando leemos las historias de los profetas Salomón, José, Jacob o Abraham, hallamos que ellos, y todos los demás profetas, estaban completamente sometidos a Dios. Ellos levantaron sus manos en súplica y pidieron ayuda solo de Dios.

Como creyentes, no debemos olvidar nunca que Dios escucha nuestras duás, nuestras súplicas, y las responde. A veces, la sabiduría detrás de la respuesta está más allá de nuestra comprensión, pero Dios solo desea lo mejor para nosotros. Al poner su confianza en Dios y someterse a Su voluntad, el creyente puede enfrentar cualquier tormenta y levantarse de cara a la adversidad. Nunca estamos solos.

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