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Dr. Moustafa Mould, exjudío, Estados Unidos (parte 1 de 5)

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Descripción: Después de un viaje espiritual de casi 40 años, un lingüista judío de Boston halló el Islam en África. Parte 1.

  • Por Dr. Moustafa Mould
  • Publicado 03 Mar 2014
  • Última modificación 03 Mar 2014
  • Impreso: 41
  • Visto: 5076 (promedio diario: 3)
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Una odisea es un viaje largo y sorprendente. La palabra viene de Odiseo (en latín, Ulises), un héroe del poema épico de Homero, La Odisea. Su viaje a casa tomó diez años y estuvo lleno de desgracias, desvíos, peligros y aventuras. En retrospectiva, mi viaje hacia el Islam —mi camino de regreso a casa— parece como una odisea. Al mirar hacia atrás en mi vida, desde mi infancia temprana hasta que finalmente hice mi shahadah[1], un viaje de cerca de 40 años, en el que parece que hubo muchas señales, muchos puntos decisivos, muchos incidentes, algunos significativos, algunos triviales, todo lo cual me preparaba y me señalaba el camino hacia el Islam.

Crecí en Boston. Esta ciudad era eminentemente católica, principalmente irlandesa e italiana, con comunidades pequeñas pero significativas de negros, judíos, griegos, armenios y árabes cristianos, y en aquellos días en especial, cada grupo tenía su propio vecindario. Había gran cantidad de restaurantes griegos y sirios, y crecí amando la ensalada griega, el shish kebab, lahm mishwi, kibbi, hojas de uvas, humus, cualquier cosa que tenga cordero, etc.

Mi familia era principalmente de judíos conservadores de clase trabajadora. Mis abuelos habían huido del antisemitismo y los pogromos de la Rusia zarista, hacia 1903. Ellos y sus familias habían encontrado trabajo en talleres clandestinos en el distrito textil, unos cuantos tenían habilidades como artesanos, y eran muy activos en sus sindicatos. Fui el primero en mi familia en obtener un título universitario. Nuestro hogar no era estrictamente kosher, pero ni en sueños comíamos cerdo. Observábamos todos los días festivos y los ayunos, y durante años asistí a la sinagoga cada sábado y en los días de fiesta, con mi padre y mi tío.

La sinagoga a la cual asistíamos era conservadora, casi ortodoxa, pero modernista: era muy tradicional, pero las mujeres no estaban totalmente segregadas. Comencé la madrásah (escuela hebrea) a los seis años de edad. Era 1948, cuando vi el nacimiento del Estado de Israel, y la propaganda sionista llenó la atmósfera, así como las conversaciones y los sermones sobre los nazis y los campos de concentración, y había muchos sobrevivientes inmigrantes refugiados.

En aquella época había mucho antisemitismo en los Estados Unidos, en especial en el sur y el medio oeste, pero también en Boston. Los griegos, sirios e italianos estaban bien, pero los irlandeses de Boston eran un gran problema, que se remontaba a la generación de mis padres en la Segunda Guerra Mundial y en la década de 1920. Durante mi infancia, a menudo fui perseguido, escupido, insultado y golpeado. Ellos hasta me agarraron y me bajaron los pantalones —además de humillarme, querían ver cómo se veía la circuncisión—.

Mis profesores de hebreo fueron dos hermanos israelíes que eran ortodoxos y veteranos de la guerra de 1948. De ellos aprendí hebreo moderno y absorbí una gran cantidad de ideología sionista junto con las enseñanzas religiosas. Me hice más religioso y un sionista ávido. Creía que los judíos necesitaban su propio país en caso de que apareciera otro Hitler —aquellos niños irlandeses no hacían nada para aliviar mis miedos, y no me sentía “en casa” en Estados Unidos. Decidí que iría y pasaría mi vida en un kibutz (granja comunal).

Mi padre fue músico y era cantor (lideraba la oración). Tenía una hermosa voz de tenor, prefería las melodías tradicionales y cantaba las oraciones con mucha huzn (pena) (cuando aprendí esa palabra, comencé a preguntarme si estaría relacionada con el hebreo hazan = cantor). En nuestra sinagoga, el lector de la Torá solía utilizar un taywid que sonaba muy oriental y que me encantaba. Por extraño que pueda parecer, hace poco escuché a un amigo recitando el Corán y me pareció casi idéntico.

Una cosa que destaca claramente en mi memoria, incluso ahora durante la salah, es que en las oraciones judías hay referencias regulares a la postración (suyud). De hecho, es una costumbre en las sinagogas más ortodoxas que durante Yom Kippur, el día de ayuno más sagrado y el equivalente de Ashurah, el cantor, de parte de los fieles, hace el suyud mientras sigue cantando. Esta no es una hazaña, y mi padre, con su poderosa voz, lo hacía muy bien. Recuerdo pensar entonces que sería realmente agradable que todos nos postráramos de verdad, en lugar de solo curvarnos como suyud simbólico.

Hacia la edad de 8 o 9 años, descubrí por casualidad una estación de radio que transmitía programas de las comunidades étnicas locales. Comencé a escuchar a los yidishes, griegos y armenios, y especialmente la “Hora Árabe”. Me encantaba la música y el sonido del idioma. Usando el hebreo que sabía, trataba de entender las noticias y de descubrir las correspondencias de sonidos: Noté las diferencias entre hamzah y ‘ayn, j y h, k y q, distinciones que el hebreo moderno ha perdido. Esto mejoró notablemente mi pronunciación del hebreo y gané premios en la clase de hebreo. También recuerdo tratar de ayudar a mis amigos haciendo trampa durante las pruebas de pronunciación, repitiendo las palabras con un acento “árabe”.

En la preparatoria, descubrí la Biblioteca Pública de Boston y su sección de grabaciones: al lado de los clásicos, descubrí música folclórica étnica de todo el mundo, pero gravité especialmente hacia el Oriente Medio –árabe, turca, persa y luego indopaquistaní–. Aprendí a identificar varios estilos, instrumentos y ritmos regionales. Me encantaba el ‘oud, y me enseñé a mí mismo a tocar el dumbeg y acompañar las grabaciones. Una vez, un grupo de judíos yemeníes llegó a Boston desde Israel para realizar cantos y bailes folclóricos. Estaba fascinado por su aspecto, trajes y música. Incluso pronunciaban el hebreo igual que yo durante las pruebas de pronunciación.

Menciono todos estos pequeños detalles porque es un componente indiscutible del Islam: el idioma, las melodías del adhan y del Corán, las interacciones sociales y otras características, que son realmente exóticas y extrañas al occidental promedio, incluyendo a los judíos occidentales. Cuando las encontré años después en un contexto diferente, me resultaron muy familiares y placenteras, incluso al punto de la nostalgia, e hicieron que el Islam me fuera más fácil de aceptar y de seguir. Luego hablaré más sobre esto.

Mi mejor amigo en la preparatoria también fue una influencia fuerte sobre mí. Él leyó mucha filosofía, poesía y literatura religiosa. No me interesé mucho por las dos primeras, pero leí algunas escrituras religiosas hindúes, budistas, taoístas, y el Corán. Me di cuenta de que las historias del Corán eran muy similares a las de la Biblia, pero sentí que era antijudío. Quedé completamente impresionado, sin embargo, por su retrato de Jesús como Profeta, no solo como rabino. Yo acepté esto, y se convirtió en mi respuesta a mis compañeros de clase católicos cuando me preguntabas qué creía sobre Jesús. Ellos no parecían muy disgustados con esto.



Footnotes:

[1] Shahadah, el testimonio islámico de fe, es decir: “Testifico que no hay divinidad sino solo Dios, y testifico que Muhammad es el Mensajero de Dios”.

 

 

Dr. Moustafa Mould, exjudío, Estados Unidos (parte 2 de 5)

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Descripción: Después de un viaje espiritual de casi 40 años, un lingüista judío de Boston halló el Islam en África. Parte 2.

  • Por Dr. Moustafa Mould
  • Publicado 10 Mar 2014
  • Última modificación 10 Mar 2014
  • Impreso: 40
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También asistí a una madrasah avanzada, donde estudié historia judía, hebreo, Torá y agregué arameo y Talmud (fiqh judío), aunque los idiomas seguían siendo mi interés principal. Por esa misma época, a la edad de 15 años, perdí mi fe, mi creencia en Dios. Anteriormente, había concluido que si Dios nos ordena hacer ciertas cosas, ¿cómo era que yo no podía hacerlas? Así que traté de ser más ortodoxo. Entonces, un día, me vi a mí mismo diciendo: “Si Dios dice todo esto, yo debo cumplir, pero, ¿y si Dios no existe? ¿Creo en Dios? En realidad no lo sé, quizás sí, quizás no. Y si Dios no existe, no necesito hacer nada de esto”. Así que me detuve. Pueden imaginar cuánto se alteró mi padre.

Muchas personas, en particular católicos romanos y protestantes fundamentalistas que crecen en entornos religiosos ásperos, llenos de amenazas sobre el Infierno y la condenación, golpeados por las monjas en la escuela, sintiéndose culpables sobre cosas que son simplemente parte de la fitrah (naturaleza) —como sus propios cuerpos—, son felices de salirse de la religión y, de hecho, se hacen muy antirreligiosos y se sienten como si se hubieran librado de una prisión. Mi sentimiento no era similar, me sentía triste, más como si hubiera sufrido una pérdida, pero no había nada que pudiera hacer. Sabía que creer sería muy confortable, pero no podía hacerlo. A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, ocasionalmente tenía esos sentimientos y ansias.

Como dijo Jeffrey Lang en su libro acerca de su conversión al Islam, hay un vacío y una soledad que siente el ateo, que la gente de fe no puede entender. El mundo es absurdo, un accidente. La ciencia tiene, o tendrá, todas las respuestas, pero la vida no tiene un sentido o significado real. La muerte es el final. Puedes tener influencia e impacto en el mundo a través de tus hijos, puedes hacer el bien, ser recordado en los libros de historia durante cientos o incluso miles de años; cuando muera el sol, la humanidad podrá colonizar otros sistemas solares, quizás otras galaxias. Pero al final, aunque tarde 15 mil millones de años, el universo morirá o colapsará en un agujero negro, y el final es la nada absoluta, la única cosa que es definitiva es un vacío. La vida, entonces, no tiene sentido y la muerte es espantosa. La verdad y la moralidad pueden volverse relativas, lo que lleva a la confusión moral, el hedonismo y cosas peores. Pero en lugar del desprecio por la gente religiosa que muchos ateos afirman sentir, yo los respetaba y hasta los envidiaba por la seguridad, la certeza y la comodidad que experimentan.

Pasé de la noche a la mañana de ser casi ortodoxo a ser ateo, aunque todavía amaba la lengua, la cultura, la música, la comida y la historia judías. Era un judío “étnico” y un sionista. El sionismo todavía era principalmente una filosofía política, no tanto una religiosa. De hecho, en aquella época había todavía bastante oposición hacia el sionismo entre la mayoría de los ortodoxos. El sionismo actual de corte religioso mesiánico en realidad no fue desarrollado hasta 1967 – 1973, cuando Israel se tomó Jerusalén. También decidí que quería ser un lingüista histórico especializado en idiomas semíticos, pero las universidades que elegí no me aceptaron, y la única que lo hizo no ofrecía árabe, ni siquiera lingüística.

En mi universidad, a comienzos de la década de 1960, entré en contacto con una gran variedad de personas. Por vez primera, conocí a una gran cantidad de protestantes, afroamericanos y estudiantes extranjeros que eran musulmanes. Yo ya no encontraba antisemitismo, y comencé a disfrutar y a apreciar la diversidad de los Estados Unidos y mi exposición a los estudiantes internacionales. Hacia el final de mi año de estudiante de segundo año comía tocino y chuletas de cerdo, y al mismo tiempo ayudé a organizar y fui el presidente del capítulo del campus de la Organización Sionista Estudiantil. Fui el vicepresidente de dicha organización en Nueva Inglaterra en mi último año.

Muchos de nosotros éramos políticamente de izquierda, provenientes de familias de la clase trabajadora, cuyo espectro iba desde los demócratas liberales hasta los comunistas. Apoyábamos a los obreros, la Unión de Libertades Civiles Estadounidense, y estábamos en contra de McCarty y Nixon. Reverenciábamos a Franklin D. Roosevelt, Hubert Humphrey y Adlai Stevenson. Trabajábamos a favor del sionismo y los kibutz. Hay algo que quiero enfatizar, debido al profundo efecto que tuvo en mí años después: en aquella época, la mayoría de los judíos aún eran socialistas o demócratas liberales, muchos pertenecían aún a la clase obrera, no eran tan exitosos como ahora. Recuerdo con claridad el partido de derecha Herut, su ideología expansionista y sus actividades terroristas en la década de 1940. Los considerábamos fanáticos y lunáticos.

Tomé un seminario sobre Oriente Medio. A los 19 años, creía que ya lo sabía todo. Mi profesor era sirio, y creí que era musulmán, así que iba a enseñarle algunas cosas. Él fue sorprendentemente paciente y tolerante conmigo, considerando su posición obviamente antisionista y anti Israel. Sus críticas sobre mis artículos fueron objetivas y suaves, en particular sobre aquellos que eran demasiado sesgados. Comencé a ponerle atención al otro lado, y me di cuenta de cuánta propaganda había absorbido y cuánta información había ignorado. No alcancé un buen grado, pero aprendí una valiosa lección. Fue el profesor Haddad quien me mostró que uno podía ser secular y religioso a la vez.

Al mismo tiempo, me involucraba más y más en los movimientos de derechos civiles y antiguerra de Vietnam. Me afilié al Comité Estudiantil Coordinador de la No Violencia (SNCC por sus siglas en el inglés) y a la NAACP. Ayudé a fundar el capítulo de nuestro campus de la entonces levemente radical Sociedad Estudiantil para la Democracia (SDS por sus siglas en inglés). Me especialicé en gobierno, tomando muchos cursos sobre ley constitucional y relaciones internacionales. Fui a Washington, D. C. en agosto de 1963 para tomar parte en la “marcha sobre Washington” y estuve de pie a menos de 20 metros del Dr. King cuando dio aquel maravilloso discurso.

Yo había perdido mi fe a los 15 años de edad, y a los 22 había perdido el sionismo. Pero todavía tenía mi herencia étnica, aunque había comenzado a sentirme incómodo con el chovinismo de muchos judíos. Me veía a mí mismo como un estadounidense normal luchando por causas estadounidenses. Me preparé para ser profesor de estudios sociales, pero el mercado laboral no estaba bien. Después de dos años como profesor sustituto y un cargo temporal en mi antigua preparatoria, me uní a los Cuerpos de Paz, para que la aventura y el idealismo mejoraran mis perspectivas laborales más adelante —y para evitar ser reclutado y enviado a Vietnam—. Fui seleccionado para ir a Uganda, en África Oriental.

Yo era muy feliz en ese bello país, viviendo donde el Nilo sale del Lago Victoria, enseñando a estudiantes que querían aprender en una sociedad donde los profesores eran respetados. Aprendí nuevos idiomas y culturas. Desarrollé el gusto por la cocina africana y la indopakistaní. Ya que no había mucho por hacer en una pequeña villa campestre, comencé a ir a películas indias. Me gustaba particularmente Mohammed Rafi, el famoso cantante, en especial sus cawalis; me recordaba la música cantorial de mi padre. También disfruté del ambiente islámico árabe omaní que encontré en la costa: Mombasa, Dar As-Salam, Zanzíbar. Fue la primera vez que escuché, en una película que no era de Hollywood (ni de Bombay) el Adhán (la llamada a la oración en el Islam). Incluso en las películas, sus melodías tristes siempre emocionaban todo mi cuerpo. Aprendí dos idiomas africanos, swahili y luganda. El swahili me resultó muy fácil, la mitad de su vocabulario proviene del árabe y es prácticamente igual al hebreo. Pero el swahili es una lengua bantú, y estaba fascinado con las similitudes y diferencias entre el swahili y el luganda. Entonces me dije: “Esta es mi última oportunidad de hacer lo que siempre quise, estudiar lingüística”, pero ahora con lenguas bantú en lugar de lenguas semíticas. Así que me presenté a la escuela de posgrado.

 

 

Dr. Moustafa Mould, exjudío, Estados Unidos (parte 3 de 5)

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Descripción: Después de un viaje espiritual de casi 40 años, un lingüista judío de Boston halló el Islam en África. Parte 3.

  • Por Dr. Moustafa Mould
  • Publicado 17 Mar 2014
  • Última modificación 17 Mar 2014
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Regresé a casa pasando por Oriente Medio y Europa, pero específicamente hice una parada en Israel. Era 1969. Ya no era sionista, pero aun así, me sorprendía cuán decepcionado estaba. Sé que parte de la razón fue el choque cultural de dejar una pequeña ciudad rural africana, y a la gente y el trabajo que amaba. Sin embargo, estaba sorprendido por la brusquedad y la arrogancia de los israelíes que conocí —muy al estilo del estereotipo estadounidense de los franceses—. Desde una perspectiva arqueológica e histórica, fue una buena experiencia, pero no puedo olvidar cuán alienado me sentí de la cultura y de la gente que se suponía que era mi pueblo.

Me negué en principio a visitar Cisjordania —eso fue antes de que comenzaran a construir asentamientos— excepto Jerusalén oriental, no pude resistirlo. Estando de pie frente a la pared del templo de Salomón, la Cúpula de la Roca y Al Aqsa, tuve una sensación intensa que no pude describir en ese momento. Ahora puedo describirla: fue un sentimiento de santidad; no es de sorprender que su nombre islámico sea Al Quds. Pero me afectó mucho ver directamente la discriminación y el estatus de segunda clase de los palestinos, incluso los que son ciudadanos. Había sido criado en una subcultura estadounidense donde los judíos siempre habían estado a la vanguardia de los derechos civiles, de las luchas laborales y de las libertades civiles. Para mí, lo que encontré en Israel no era judío.

Los siguientes diez años, entre 1969 y 1979, los pasé en Los Ángeles. Me había perdido 1968, uno de los años más importantes y turbulentos en la historia moderna estadounidense. Aunque no era de sorprenderse, estaba muy descorazonado a mi regreso a los Estados Unidos. Los negros se habían separado voluntariamente de los blancos, el SDS se había convertido en un manojo de maoístas delirantes, la libertad de expresión había degenerado en el discurso asqueroso. Ya no podía ser político de nuevo, excepto por alguna demostración ocasional antiguerra o anti Nixon. Estaba tan atraído como repelido por el hedonismo de la California de la década de 1970. Estuve tentado a seguir una vida licenciosa, y lo hice sin entusiasmo, pero —gracias a Dios por mi fitrah y mi buena crianza judía— no fui demasiado lejos; principalmente, me dejé crecer el cabello y la barba. Estaba demasiado absorto en mis estudios, obteniendo mi doctorado, enseñando, casándome y luego divorciándome, y buscando un trabajo académico decente.

Dos cosas durante aquella década son relevantes para esta historia. Brevemente, el gobierno del partido Likud en Israel, la construcción de asentamientos de colonos, y el tratamiento brutal de los palestinos, sin mencionar la alianza israelí con Suráfrica, me repugnaron y me enfurecieron, y me convirtieron de un no sionista a un manifiesto antisionista. Incluso peor para mí fue el apoyo ciego de la comunidad judía estadounidense, que yo creía se opondría al Likud, al menos silenciosamente. ¿No estábamos acaso de acuerdo, unos pocos años antes, que Menájem Beguin y su gente eran unos lunáticos?

Muchos de los colonos entrevistados en las noticias de televisión, eran obviamente judíos estadounidenses. ¿Cómo podían haber crecido en este país con estos valores estadounidenses —y judíos—, haber vivido la revolución de los derechos civiles, y luego irse a hacer lo que estaban haciendo allá? Había más oposición judía en Israel de la que había en los Estados Unidos. Me sentí traicionado, avergonzado, indignado. Había, por supuesto —y hay— otros judíos que sienten lo mismo que yo, principalmente los de izquierda, pero solo unos pocos se pronunciaron al respecto. Fueron notables I. F. Stone, un periodista radical y uno de mis héroes; y Noam Chomski, cuyos escritos políticos sobre la guerra de Vietnam y Palestina fueron tan revolucionarios como su teoría de la lingüística.

En 1979, recientemente divorciado, incapaz de colocarme como profesor asociado y extrañando África, regresé como profesor asistente de lingüística en la Universidad de Nairobi. Mi padre había fallecido hacía un par de meses y tenía que irme. Me hice amigo de varios miembros de la facultad, en particular de mi jefe de departamento y de un profesor de historia, ambos musulmanes de Mombasa, y del profesor de árabe, mi vecino sudanés. A menudo almorzaba con ellos en el comedor de la universidad, y por respeto a ellos (y vergüenza, porque sabía que ellos sabían que yo era judío), nunca comí cerdo cuando estaba con ellos. En poco tiempo dejé el cerdo por completo. A menudo hablábamos sobre Oriente Medio, Islam y judaísmo, y me sorprendió ver que ellos podían ser anti Israel sin ser antijudíos. A ellos les sorprendió que yo fuera judío anti Israel.

Teniendo mucho más tiempo libre del que había disfrutado en mucho tiempo, decidí ponerme al día con mi creciente lista de lectura. Releí la Biblia, el Antiguo Testamento, para aclarar cierta confusión sobre la cronología en la historia antigua. También leí el Nuevo Testamento porque nunca lo había hecho. Y también releí el Corán. No sabía nada sobre historia islámica temprana, sirah o hadiz, pero las aprecié más esta vez. Tuve de nuevo esa reacción, pensé: ¿Por qué tiene que ser tan crítico con los judíos?, pero mi memoria se refrescó recientemente, y recordé que la propia Torá y el resto del Antiguo Testamento son igualmente críticos, si no más, que el Corán. ¿Acaso los judíos aprendieron finalmente la lección y se convirtieron realmente en la Gente del Libro cuando fueron expulsados de Israel y Jerusalén por segunda vez, y cuando los rabinos, sinagogas y oraciones remplazaron los sacerdotes, el templo y los sacrificios? ¿Y qué decir de los judíos de Medina? Ellos claramente eran reprobables, pero parecían tan diferentes de nosotros los judíos europeos, incluso de los judíos sefardíes de la época de los califas; ¿acaso ellos, como los judíos etíopes y chinos, carecían del Talmud? Todavía siento curiosidad al respecto. En todo caso, esa visión resultó más tarde ser una barrera eliminada.

Alguien sabio dijo una vez que si tu fe es débil, solo pretende tener fe, y eso la fortalecerá. Los africanos, sean cristianos, musulmanes o paganos, son gente espiritual. Ser ateo es algo incomprensible y ridículo para ellos. Sabiendo eso, nunca dije que era ateo cuando me preguntaban sobre mi religión —algo que ocurría continuamente—. Respondía que yo, por supuesto, creía en Dios, en un Único Dios, pero no en ninguna religión en particular. Eso era básicamente cierto, o al menos eso quería creer. No puedo decir que tuve una epifanía o una iluminación mística como Pablo de camino a Damasco, ni una experiencia cercana a la muerte (en realidad tuve dos, pero sin ningún efecto religioso). Me parecía que, simplemente diciéndolo y pretendiéndolo, poco a poco llegaría a mí.

Me había convertido en un agnóstico o un deísta, como otro héroe mío, Thomas Jefferson. Quizás me uniría a la Iglesia Unitaria, un grupo popular, especialmente en Nueva Inglaterra, que acepta a Jesús como Profeta, y que incluye a muchos intelectuales liberales excristianos trinitarios y exjudíos, socialmente conscientes.

Otro factor que contribuyó fue mi incorporación en aquella época a la orquesta y coro sinfónicos de Nairobi. Era un grupo aficionado, pero eran excelentes. Me había ido con unos amigos a su concierto de pascua para escucharlos tocar el Réquiem de Mozart —música para una misa fúnebre—. Esa música, intensamente religiosa, era preciosa, sublime, impresionante e inspiradora. No era solo la belleza de la música, a pesar que esa era una parte importante, sino el mensaje: glorificar a Dios, hablar de la muerte, de la resurrección, del Juicio Final y de la vida eterna. Me conmovió hasta las lágrimas. Al día siguiente, fui y me inscribí para cantar en el coro.

Durante los siguientes tres años, canté obras maestras: misas, réquiems, oratorios —Beethoven, Brahms, Bach, Verdi—. Todas ellas cristianas; y algunas de ellas, por supuesto, hacían referencia a Jesús como divinidad, pero aquellas palabras no tuvieron efecto en mí, yo estaba ayudando a hacer música hermosa. Pero las partes que hablaban de Dios me tocaron profundamente y me ayudaron gradualmente a recuperar mi fe y mi creencia en Él. Por supuesto, hoy día no cantaría cosas como “sé que mi redentor vive”.

 

 

Dr. Moustafa Mould, exjudío, Estados Unidos (parte 4 de 5)

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Descripción: Después de un viaje espiritual de casi 40 años, un lingüista judío de Boston halló el Islam en África. Parte 4.

  • Por Dr. Moustafa Mould
  • Publicado 24 Mar 2014
  • Última modificación 26 Mar 2014
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¡Entonces me enamoré! Ella era una viuda somalí inteligente, ingeniosa, encantadora y joven, con dos hijos jóvenes y guapos. Su inglés era muy limitado, y mi somalí era inexistente, pero podíamos comunicarnos fácilmente en swahili. Hablamos de matrimonio, pero había algunos problemas prácticos.

Yo sabía que no podía quedarme mucho más tiempo en la Universidad de Nairobi; ellos estaban tratando de africanizarla lo más rápido posible, y para ellos yo solo era otro extranjero blanco. Antes de hacerme más viejo, necesitaba un trabajo nuevo, posiblemente una carrera nueva, quizás con el Departamento de Estado o con una agencia sin ánimo de lucro. Desde el punto de vista de ella, el obstáculo era simplemente que yo no era musulmán. Yo pensé erróneamente que cualquier musulmana podía casarse con alguien de la Gente del Libro, pero ella me corrigió prontamente: los hombres pueden hacerlo, las mujeres no.

Ella me hablaba sobre el Islam, y yo había aprendido algunas cosas de mis colegas y otras personas. Yo ya creía en Dios el Uno, Quien fue el Creador del universo y de todo en él. También creía ya en los conceptos islámicos de tawhid y shirk y sabía acerca de la falacia de creer en cosas como la astrología o la quiromancia. Durante mucho tiempo, había creído que Jesús era uno de los profetas, y creía que Muhammad, Dios lo bendiga, fue un Profeta y un Mensajero, y había dejado de ser relevante para mí el que Muhammad no fuera un profeta judío.

Había dejado de comer cerdo, no jugaba (juegos de azar) y muy rara vez bebía cualquier cosa más de una copa ocasional de vino en una cena gourmet. Desde mis días en los Cuerpos de Paz, ya me sentía más cómodo con las nociones africana e islámica de modestia, crianza de los hijos, etc., que con la “revolución sexual”, los “ismos” y el fenómeno de las familias desintegradas que surgieron en las décadas de 1970 y 1980 en los Estados Unidos. No parecía haber mucho que pudiera evitar que me hiciera musulmán. Estaba tan cerca en 1983, pero entonces, ¿cuál era el problema?

De hecho, había dos. Primero, estaba el asunto de mi identidad y mi herencia. Me imagino que para un cristiano no debe ser tan traumático cambiar de una religión a otra. Si un católico alemán se vuelve luterano, o incluso judío o musulmán, sigue siendo alemán. Es cierto que yo me sentía estadounidense primero y judío después —nunca pude considerarme ruso—. Pero en Estados Unidos, nación de inmigrantes, incluso los más aculturados le dan alguna importancia a los orígenes nacionales o étnicos de sus familias. A pesar de que no quería lidiar con los judíos como judíos ni como comunidad, me resistía a perder esa identidad.

El segundo obstáculo era mi familia. Si bien no eran ortodoxos, la mayoría eran muy tradicionales y todos eran pro Israel, algunos eran sionistas ávidos y muchos consideraban a los árabes como enemigos, y yo pensaba que seguramente consideraban a los musulmanes como enemigos. Temía que me iban a repudiar como loco o incluso traidor. Lo peor para mí, pues seguía amándolos, era que saldrían heridos.

Primero lo primero: dejé ese problema en el aire y cuando mi contrato expiró, no lo renové sino que regresé a los Estados Unidos con la esperanza de encontrar otro trabajo, preferiblemente de regreso en África Oriental. Fue terriblemente difícil. No tenía casa, ni ingresos, ni siquiera un traje para las entrevistas. Invertí en un traje de lana, tres corbatas y un abrigo de invierno —fue mi primer invierno en 20 años—, conseguí algunos libros sobre cómo escribir una hoja de vida y un formato SF171, y me quedé con un amigo en Washington, intentando en todas las agencias gubernamentales, consultando firmas y organizaciones privadas de voluntariado que tuvieran algo que ver con África, hasta que se me acabó el dinero. Tuve que regresar a Boston y quedarme con mi hermana, donde tenía comida y refugio, pero estaba lejos de los puestos de trabajo. Además, yo estaba pasando por un caso grave de choque cultural. Así que ahí estaba: quebrado, en invierno, con un choque cultural en medio de mi crisis de la adultez, enamorado y tomando antidepresivos.

Ahora puedo bromear al respecto, pero el dolor y el temor en esos días eran intolerables. Por primera vez en mi vida adulta, comencé a rezar. Recé duro y con frecuencia. Me prometí que, si podía regresar a África y casarme con mi amada, declararía mi sumisión a Al-lah y me haría musulmán.

Conseguí un trabajo temporal realmente horrible en un almacén, que al menos me daba para la comida, los pasajes de bus y el lavado de la ropa, y luego uno mejor pero vergonzoso como recepcionista en una oficina de consejería de una universidad local. Pude ver que los cuatro psicólogos yuppie me veían como un perdedor de 42 años de edad, y yo estaba bastante de acuerdo con ellos. Por vergüenza, no dije nada sobre mí, pero cuando el teléfono paraba de sonar con estudiantes en pánico a mitad de semestre, estaba leyendo los clasificados de trabajos y escribiendo cartas de aplicación. Encontré que una agencia gubernamental estaba contratando profesores de inglés para Egipto —suficientemente cerca— y apliqué de inmediato. Una semana después, otra agencia a la que había aplicado hacía seis meses, me invitó al D. C. para una entrevista.

En cuanto llegué a Washington llamé para del trabajo de profesor de inglés para ver si podía obtener una entrevista, ¡pero ya no quedaban vacantes! A pesar de ello, pedí una reunión con ellos, solo en caso de que surgiera algo después. Obtuve la entrevista, y fue entonces cuando me dijeron: “A propósito, pronto tendremos abierta una vacante, pero es en Somalia”.

“¡Somalia!”, prácticamente grité, “¡es fantástico!”

“¿Lo es?”, me preguntó ella con incredulidad.

“Claro, me encantaría ir allá. Ya estoy familiarizado con la cultura y la religión”, dije muy fuerte, pero pensando para mí que solo había una hora de Mogadishu a Nairobi, y que podría reunirme con mis futuros parientes políticos. Le di mis referencias, las que ella conocía personalmente. Ella dijo que los llamaría y que en lo que a ella concernía si me interesaba el trabajo, probablemente lo tendría.

Terminé mis entrevistas en la otra agencia. Ellos incluso me mostraron el cubículo en la oficina sin ventanas donde probablemente trabajaría, y regresé a Boston, eufórico. Podría tener una posibilidad, gracias a Dios. ¡Pero qué posibilidad era!: un contrato renovable a un año, en una oficina caliente y polvorienta —pero africana— cerca al Océano Índico, o una carrera en un trabajo de servicio civil con un plan de retiro en una oficina sin ventanas en Virginia del Norte.

Dos semanas después, ella me llamó para ofrecerme el trabajo de director del programa de inglés en Mogadishu diciéndome que tenía 48 horas para pensarlo. Todos me decían que la opción era obvia, tenía que aceptar el trabajo con pensión en Washington, de otro modo estaría de nuevo en el punto de partida en uno o dos años. Sostuve que yo era un africanista, y que la experiencia me ayudaría, y haría buenos contactos. Acepté el trabajo y comencé a hacer mis preparativos. Un par de semanas después, la otra agencia me envió una nota breve, sin explicaciones, informándome que no tendría el trabajo sin ventanas.

Alhamdulil-lah, hubiera podido terminar fácilmente sin ninguno de los dos trabajos, pero Al-lah me guio hacia la decisión correcta. Ahora tenía empleo y probablemente me casaría. Di mi aviso de renuncia en la universidad, y en mi último día escribí una carta a los psicólogos informándoles que me iba para aceptar un cargo de director de proyecto en la Embajada de los Estados Unidos en Somalia, firmado: M. Mould, Ph. D.

Por supuesto, tuve que parar en Nairobi durante algunos días en mi viaje a Mogadishu, donde tuve un rencuentro emotivo con la hermana somalí. Traté de hacer algunos planes futuros, pero el problema era que había sido contratado como soltero, lo que significaba que no tenía beneficios para familia ni alojamiento. Además de esto, no tenía idea de cómo sería Somalia o mi trabajo ni cuánto tiempo estaría allí. Creía que podría visitarla a menudo, y siempre estaba el teléfono. También, ella podría venir a visitar a su familia, a la que no veía desde su infancia.

El trabajo era interesante, poco de enseñanza, principalmente administración y gestión, y tratar con los funcionarios de la embajada. La mayoría de mis estudiantes eran empleados oficiales de alto rango, y algunos de ellos se hicieron buenos amigos míos. Fuera del trabajo, la historia era muy distinta. La cultura y la atmósfera en la Somalia urbana eran más medio orientales que africanas. Durante mis siete años en Uganda y Kenia, aprendí los idiomas y la gente fue abierta y amigable, y nunca tuve problemas ajustándome o adaptándome, siempre me sentí como en casa. Mogadishu me provocó un choque cultural. No conocía el idioma, nadie sabía swahili, y los somalíes educados sabían italiano, no inglés. Todas las señales y letreros estaban en somalí. Lo peor eran las comunicaciones. Las líneas telefónicas permanecían atestadas, la oficina postal sofocaba de calor, y el único servicio que era eficiente era el telégrafo. El correo no era nada fiable, excepto la bolsa diplomática. A veces, era casi imposible ponerme en contacto con Nairobi.

No me malentiendan. Yo era muy feliz allí, disfrutando los paisajes y los olores, la comida italiana y somalí, mi vista del océano, que estaba a poca distancia de mi casa y mi oficina, y descubriendo una cultura nueva. Vivía en el centro, en una de las secciones más viejas, detrás de la embajada italiana, y era despertado temprano en las mañanas por un adhan hermoso desde el altavoz de una mezquita cercana. Trabajaba con calendario musulmán: de domingo a jueves, de 7 a 3. Los viernes caminaba por ahí, y a menudo me encontraba fuera de una pequeña mezquita detrás de la embajada estadounidense, y mientras la mirra y el incienso salían de las puertas en los callejones, me detenía y escuchaba los sonidos del Jumu’ah.

 

 

Dr. Moustafa Mould, exjudío, Estados Unidos (parte 5 de 5)

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Descripción: Después de un viaje espiritual de casi 40 años, un lingüista judío de Boston halló el Islam en África. Parte 5.

  • Por Dr. Moustafa Mould
  • Publicado 31 Mar 2014
  • Última modificación 31 Mar 2014
  • Impreso: 43
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Lo primero que noté fue el murmullo de muchas voces de hombres leyendo el Corán mientras esperaban al Imam (líder de la congregación) para que diera el jutbah. Fui transportado instantáneamente de regreso en mi mente a mi vieja sinagoga y a los susurros idénticos de los ancianos leyendo los Salmos (Zabur) al comienzo de las oraciones matutinas. Esto me dio un confortable sentimiento de nostalgia. Un poco después, caminando por otro lugar, escuché al Imam recitando una surah. Eso me sonó muy similar a las lecturas de la Torá que disfrutaba las mañanas de los sábados, de nuevo confortable y nostálgico. Nada de eso hizo que quisiera regresar a ninguna sinagoga; en lugar de ello, eso hizo al Islam más confortable y familiar para mí.

Soy lingüista y he sido especialista en el campo de la investigación. Encontré un libro para aprender idioma somalí y contraté un tutor, que fue un mejor amigo que un profesor. Aprendí rápidamente los saludos, sustantivos y verbos comunes, términos de parentesco, los números y cómo decir la hora. Parte del vocabulario, tomado del árabe, era igual que en swahili y hebreo. El somalí también está lejanamente relacionado con las lenguas semíticas. La gramática era similar, sin embargo, realmente era difícil de aprender, y cuando estuve más ocupado y cansado con el trabajo, nuestras lecciones se volvieron más conversaciones sobre cultura, política y religión. Él era lo suficientemente ilustrado para distinguir entre el Islam genuino y algunos aspectos prevalecientes de la cultura y las supersticiones autóctonas preislámicas que me habían molestado.

Al cabo de poco, él se ofreció a traer a un sheij a mi casa para que yo pudiera profesar la shahadah. A pesar de todo, aún tenía dudas, en especial pensando en mi familia. Pero ellos estaban a miles de kilómetros de distancia y yo estaba viviendo cómodamente en una sociedad musulmana. Tenía buenos amigos y colegas, y me resultaba claro que gran parte de su bondad se debía al Islam. Le pedí que trajera al sheij y así lo hizo. Él me preguntó acerca de mis creencias, y le dije que yo había sido judío, no cristiano (así que no tenía problemas con la trinidad), y que hacía mucho había dejado la carne de cerdo, el alcohol, los juegos de azar y la zina, y después que él estuvo seguro de que yo entendía lo que iba a decir y que conocía los cinco pilares, declaré mi shahadah. Mi prometida me había sugerido el nombre Moustafa, que me gustó muchísimo.

Después de tanta vacilación y de posponerlo por tanto tiempo, sentí un alivio enorme y una sensación restaurada de pertenencia que había perdido más de lo que me había dado cuenta. Todos mis amigos somalíes estaban, por supuesto, encantados y me apoyaron mucho. Comenzaron a llamarme seedi (cuñado). En cuanto pude, compré algo de joyería en oro y volé hasta Nairobi. Para casarme, tuve que ir a la oficina del qadi en jefe y declarar la shahadah de nuevo ante algunos testigos, a fin de obtener un certificado oficial de conversión, cosa que no había en Somalia.

Fuimos ante el qadi e hicimos nuestro nikah. Un par de días después, tuve que volar de regreso a Mogadishu para retomar mi trabajo. Menos de un año después, a los 43 años de edad, estaba exultante y bendecido por Dios al convertirme en padre de un hermoso niño musulmán. Volé a Nairobi, y después de una breve discusión, estuve de acuerdo con la sugerencia de nombre de mi esposa. Ahora yo tenía hasta un kunya (apodo), era Abu Jalid, y él fue llamado así por el gran compañero Jalid Ibn Al Walid, que Al-lah esté complacido con él.

Probablemente se pregunten si le dije a mi familia acerca de mi conversión al Islam, y la respuesta es que no lo hice durante un tiempo. Por supuesto, le dije a mi familia sobre mi matrimonio y ellos no estuvieron sorprendidos ni disgustados.

Yo era un hombre de mediana edad que debía saber lo que hacía, y ellos principalmente estaban felices por mi felicidad. Cuando Jalid nació ellos estaban encantados y querían conocerlo y a su madre. Cuando Jalid tenía poco más de un año, volví a Boston de vacaciones y llevé conmigo a mi esposa y a mi hijo. Los dos muchachos, Ali y Yusuf, estaban lejos en un internado musulmán en el nororiente de Kenia.

Nos recibieron con calidez y cariño, como cualquiera podía esperar, y fue una gran visita. No hay duda de que un bebé, en especial un nieto, tiene el efecto más saludable y beneficioso en la gente. Mi esposa había llevado unos regalitos para mi madre, mi hermana y mis tías, y ellas tenían también regalitos para ella. Supongo que todos asumieron, como lo había hecho yo antes, que una musulmana podía casarse con un judío o con un cristiano. Ellos sabían que mi esposa y nuestros hijos eran musulmanes, y que Jalid había sido criado como musulmán, y no tenían problema con eso. También sabían que yo no había sido judío practicante por cerca de 30 años, y ya había estado casado antes con una no judía. Decidí que si me preguntaban, no mentiría; y si no, esperaría un momento más oportuno. Hace unos pocos años, finalmente me preguntaron y les conté. No puedo decir que quedaron complacidos, pero no estaban sorprendidos, enojados ni fríos conmigo, y seguimos teniendo una relación cálida y amorosa.

Pasó otro año y me fue extendido el contrato por un año más, y después de eso perdí mi trabajo. Como el nuevo faraón “quien no conocía a José”, llegó un director nuevo, quien no vio valor en los programas de inglés y decidió terminarlos. Yo ya lo había visto venir y había aplicado para un trabajo similar en Yemen, así que no hice mucha oposición, pero al final el trabajo en San’a fracasó y, como había predicho mi familia, quedé otra vez como en el principio —bueno, no del todo—.

En 1988, dejé a mi familia en Nairobi y regresé a los Estados Unidos solo y sin trabajo. Fue muy difícil (también fue en invierno), pero esta vez tenía algunos ahorros, nuevas habilidades y una hoja de vida más sólida. Era mejor como buscador de trabajo, conocía mi camino por Washington y había hecho contactos. Todavía tenía el traje. Lo mejor de todo, tenía mi fe en lugar de los antidepresivos. Rápidamente conseguí un par de trabajos de profesor de medio tiempo y un trabajo en una tienda para hombres. Los trabajos de profesor terminaron, así que vendí trajes tiempo completo durante unos tres años, siempre buscando un trabajo mejor, hasta que finalmente —me tomó dos años— logré traer a mi familia e hicimos lo mejor que pudimos, confiando en Dios.

En ese momento, hace cuatro años, un vecino musulmán nos habló de un instituto islámico nuevo que había sido abierto recientemente, donde estaban buscando un profesor de inglés. Llamé de inmediato, hice una cita y me reuní con el director. Por la gracia de Dios, fui contratado para enseñarle a parte de los empleados y hacer trabajo editorial. Irónicamente, ahora estoy en un cubículo en una oficina sin ventanas en el norte de Virginia, ¡pero qué diferencia! Estoy en un ambiente islámico, rodeado e inspirado por buenos hermanos musulmanes, muchos de ellos eruditos excelentes, a quienes amo y respeto mucho, y de quienes aprendo a diario. ¿Y en qué trabajo? Leyendo libros sobre Islam, editando manuscritos sobre Islam, y escribiendo acerca de lo que leo. En esencia, se me paga por estudiar Corán, Hadiz, Aquidah, Fiqh, Sirah, historia islámica y árabe. Doy gracias a Dios y Lo alabo todos los días por llevarme al Islam y por colmarme con todas estas bendiciones. Alhamdulil-lah Rabbil-alamin.

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