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Ibrahim, excatólico, Estados Unidos

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Descripción: Ibrahim, un adolescente de Pennsylvania, explica cómo las dificultades con las enseñanzas de la iglesia sobre la divinidad de Jesús lo llevaron del catolicismo al Islam.

  • Por Ibrahim
  • Publicado 12 Jan 2015
  • Última modificación 11 Jan 2015
  • Impreso: 47
  • Visto: 1931 (promedio diario: 1)
  • Clasificación: No se ha valorado
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Llega un momento en la vida de toda persona, o al menos espero que así sea, cuando se da cuenta de que no solo debe creer lo que cree, sea esto lo que sea, sino que debe salir a proclamarlo al mundo. Por fortuna, ese momento me llegó temprano. Tengo 17 años, y el Islam es la creencia que estoy proclamando.

Fui criado como católico, no tanto interna como externamente. Asistí a la escuela dominical católica, llamada CCD, pero la visión católica de Dios nunca jugó un papel importante en mi infancia. Era una cosa de los domingos. En todo caso, comencé a disfrutar de la misa hacia el séptimo grado. Me hacía sentir bien hacer lo correcto. Siempre fui una persona más bien moral, pero nunca estudié realmente los fundamentos del catolicismo. Solo sabía que me sentía bien al adorar a mi Creador.

Realmente me gustaba el catolicismo, pero siempre lo vi como nosotros (los católicos) junto a Jesús adorando a Dios, no nosotros adorando a Dios y a Jesús como uno solo. Veía a Jesús (que la paz de Dios sea con él) como mi ejemplo de cómo ser un buen siervo de Dios sometido a Su voluntad, pero no como a Dios mismo.

Antes de mi confirmación en octavo grado, en el otoño de 1999, aprendí mucho acerca de qué era el catolicismo. El catolicismo de la Iglesia claramente veía a Jesús como Dios. Nada similar a mi línea de pensamiento de "Dios indivisible siendo adorado por mí con Jesús como ejemplo". Fue como si acabaran de abrir una lata de confusión fría e ilógica e intentaran hacérmela comer. No me sentí bien.

Continué con la Iglesia Católica y seguí en la adoración. Pero hablé con muchas personas de la Iglesia acerca de mis sentimientos respecto a que Jesús no era Dios, sino más bien un Profeta, un ejemplo. Ellos me dijeron que yo debía aceptarlo como Dios y como un sacrificio, etcétera. Yo simplemente no me lo tragaba. Traté de asimilarlo, pero supongo que Dios lo evitó para mi propio beneficio, había algo mucho mejor para mí. Continué en la Iglesia.

Hacia mediados de diciembre de 1999, sin ninguna razón en particular que yo recuerde, comencé a leer sobre el Islam en enciclopedias. Recuerdo haber hecho una lista de palabras nuevas en el artículo sobre Islam en un viejo Almanaque Mundial Grolier de 1964 que encontré en mi armario, y las estudié. Por alguna razón, estaba asombrado con esta fe y con el hecho de que en ella todo era acerca de Dios y tenía todo lo que yo había creído durante mi vida. Anteriormente, había aceptado que no había fe similar a la que yo albergaba dentro de mí, pero me sorprendió haber encontrado esta fe. ¡Había descubierto que mi "fe personal" tenía nombre y millones de seguidores!

Sin haber leído nunca el Corán ni haber hablado jamás con un musulmán, dije mi Shahada (declarando mi fe en que no hay divinidad excepto Dios) el 31 de diciembre de 1999. Con el pasar de los meses, aprendí más. Pasé por muchos períodos de confusión, felicidad, duda y sorpresa. El Islam me llevó por una travesía de iluminación sobre mí, sobre los demás y sobre Dios.

La transición fue lenta, yo seguía asistiendo a misa cinco meses después de mi cambio de fe; cada vez que iba me sentía más y más distante de la congregación, pero más y más cerca de Dios y del Profeta Jesús (que la paz de Dios sea con él).

Durante Ramadán de 2001, la segunda vez que ayuné (el primer año me convertí durante Ramadán y no ayuné), me iba a la biblioteca durante la hora del almuerzo. Fue mejor que sentarme a la mesa con mis amigos, puesto que hacía mis tareas en la biblioteca, mis calificaciones subieron. Como sea, comencé a hablar con el único otro musulmán de mi escuela, John. Hablamos un poco cada día sobre el Islam. Él es un hermano increíble y me llevó a la mezquita el último viernes de Ramadán. Ir allí fue una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Dios realmente respondió mis oraciones esa vez. Pensé que estaría muy nervioso, pero en realidad no fue así, fue la cosa más natural que haya hecho jamás, me sentí en casa y me di cuenta de algo antes de irme. Sentado allí en el suelo rezándole a Dios, me di cuenta de que el lugar estaba lleno de otras personas, pero todo estaba bien. En casa, cuando alguien me preguntaba qué estaba haciendo, nunca decía que estaba orando, nunca lo admití con nadie, era muy embarazoso. Pero allí, en la mezquita, estaba rezándole a Dios frente a una veintena de otros musulmanes y me sentía perfectamente bien, ¡más que bien!, me sentía seguro, a salvo. Fue lo más liberador desde que acepté a Dios en mi corazón aquella fría noche de año nuevo poco más de dos años antes.

Nunca les conté esto a mis padres, de hecho, no planeo hacerlo. Lo que me llevó a decidirme a guardar silencio al respecto fue cuando hacia la 1:00 a. m. del 16 de diciembre de 2001, finalmente le dije a mi papá que iba a ir a la mezquita por la mañana con un amigo, cuando él me preguntó acerca de por qué estaba poniendo mí alarma. Él me dijo que no podía esperar a que yo me fuera de casa, cuán molesto estaba conmigo y cuán estúpidas consideraba él mis decisiones. Nunca le hablé directamente porque me imaginé que era mejor tantear el terreno primero dándole algunas pistas, no quiero sacudir a la familia de un bombazo. Solo puedo imaginar lo que haría mi papá si supiera que soy un musulmán practicante. Él parece odiarme solo por estudiar la religión del Islam, que es lo que cree que hago. Yo entiendo que mi papá es un hombre depresivo, así que no lo culpo ni le guardo rencor. Quiero decir, es su error creerse tan inteligente que no necesita a Dios, ese pensamiento es lo que lo deprime tanto. Pero no creo que se dé cuenta cuán duro puede ser el corazón de alguien cuando niega la necesidad humana de una relación con su Creador. Así que no lo culpo, él no sabe en lo que se está metiendo. Mi mamá no sabe que soy musulmán, pero al menos ella no se ha enfurecido conmigo por ir a la mezquita. Ella se siente mal al respecto, pero al menos nunca me ha dicho que le desagrado. Tal como Dios manda, seguiré haciendo mi mejor esfuerzo por ser amable con mis padres, siempre y cuando no intenten quitarme mi Islam. Lo mejor que puedo hacer por ellos es ser un buen ejemplo, de modo que un día, in sha Al-lah, ellos puedan ver que hay una mejor forma de vivir que permanecer en el mundo oscuro de la negación de Dios.

Nunca he estado en Oriente Medio, pero estudio el Islam todos los días. Ahora soy musulmán al 100% y eso nunca cambiará, in sha Al-lah. Doy gracias a Dios porque he superado muchos períodos de duda. Cuando miro atrás veo que en esos momentos Dios no me había abandonado, sino que me estaba diciendo que era el momento de preguntarme cuánto Lo amaba y qué estaba dispuesto a hacer para entender mi fe. Una semana de lágrimas, depresión, oración, leer en extremo e ignorar la mayor parte de las demás cosas en la vida suena duro, pero la recompensa —saber mucho más sobre ti mismo, sobre Dios y sobre la relación entre ambos (Islam)— vale más que cualquier cosa material. A través de mis indagaciones y cuestionamientos obtuve el regalo más precioso de Dios: el Islam. He escuchado a cristianos decir que en el cristianismo tú "conoces a Dios a nivel personal". En el Islam, tu relación con Dios es mucho más profunda que eso. Dios está conmigo en todo momento, guiándome, enseñándome, amándome, protegiéndome, liberándome, iluminándome, reconfortándome... ¡Alhamdu lil-lah por el Islam!

El Islam ha hecho mucho por mí, más de lo que jamás hubiera imaginado. Y cada día es mejor. Pasé de vivir a punta de ensayo y error a abrazar la guía, y ahora sé cuáles son las mejores decisiones que puedo tomar. De buscar quién soy y pasar una vida en confusión, ahora soy guiado. No puedo encontrar las palabras para decir cómo es esto, pero lo intentaré de nuevo: Dios me revela lo que es la vida, ya no tengo que adivinar más.

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