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Jadiya Evans, excristiana, Estados Unidos (parte 1 de 2)

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Descripción: Estadounidense, Jadiya Evans, quien experimentó con muchas denominaciones cristianas, el ateísmo e incluso la Wicca, nos cuenta cómo sus investigaciones, después del 11 de septiembre, acerca del Islam la llevaron primero a ella y luego a su esposo hacia su hogar espiritual final.

  • Por Jadiya Evans
  • Publicado 08 Apr 2013
  • Última modificación 08 Apr 2013
  • Impreso: 56
  • Visto: 4747 (promedio diario: 2)
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Mi nombre es Jadiya Evans y esta es la historia de cómo mi esposo y yo abrazamos el Islam.

Recuerdo estar en la cocina de mi casa en la que vivía cuando tenía 7 u 8 años de edad, mirando por la puerta lo que ocurría afuera. Le pedí a un Dios que no estaba segura que existiera, y Le rogué que se mostrara ante mí si era real. Nada ocurrió.

También recuerdo que cuando tenía 9 o 10 años le escribí una carta a Dios y la escondí en el radiador de mi habitación, pensando que Dios, si existía, vendría a tomarla y respondería mis preguntas. Pero al día siguiente, la carta seguía allí.

Siempre se me dificultó aceptar la existencia de Dios, y entender las creencias que enseñaban en las iglesias cristianas. Aunque mis padres no eran muy religiosos y rara vez asistían a la iglesia, pensaban que era lo mejor para mí y mis dos hermanos que fuéramos a ella. Se nos permitió escoger nuestra propia religión cuando éramos muy jóvenes. Creo que tenía unos 6 o 7 años, y mis hermanos 1 y 2 años de edad, cuando escogí una iglesia metodista solo porque quedaba a pocas calles de mi casa, y mi hermano eligió una iglesia luterana porque también quedaba cerca y yo no la había escogido.

Fui a la iglesia hasta que tuve 13 años. Fui bautizada y confirmada cuando tenía 11. Hice el bautismo y la confirmación porque todos los niños que tenían 11 años recibieron la confirmación, y si no habían sido bautizados, se hacía el bautismo al mismo tiempo. Ya para entonces sabía que mis dudas acerca de Dios y las enseñanzas cristianas eran cosas que mejor me guardaba para mí misma.

Cuando tuve 13 años mi familia se mudó a otra ciudad donde no había iglesias a las que pudiéramos llegar a pie, y a mis padres no les entusiasmaba levantarse temprano y llevar en el auto a los niños hasta la iglesia, de modo que nuestro entrenamiento religioso se detuvo hasta que tuve 15 años y mi madre halló una religión repentinamente. Ella comenzó a asistir a una iglesia Asamblea de Dios, a la que ocasionalmente arrastraba a mi padre. Yo fui voluntariamente. Había comenzado una búsqueda de Dios que no terminaría hasta que tuve 42 años de edad.

Recuerdo haber “nacido de nuevo”. Atrapada en el fervor del infierno y la condenación que predicaba el ministro de la iglesia de la Asamblea de Dios. Me hice “muy religiosa” pensando que finalmente lo había encontrado a “Él”. No lo sabía entonces, pero el fervor duró poco, ya que de nuevo comencé a tener dudas y preguntas sin respuesta.

A los 17 años conocí a la hija de un ministro asistente bautista y comencé a ir a su iglesia. Mi padre había abusado sexualmente de mí desde que tenía unos 6 años de edad y le conté sobre eso al ministro asistente. Él acordó con mis padres que me dejaran vivir con él y su familia en una especie de “hogar privado de acogida”. Mi padre le pagó $100 dólares por semana. Mis padres también asistieron a la iglesia durante algún tiempo, hasta que el ministro divulgó desde el púlpito que mi padre era un abusador de menores. Hasta ese día, mi madre, mi padre y yo estábamos bautizados en esa iglesia.

Un día, después de pasar el día con mis padres, regresé a mi casa de acogida solo para encontrar la casa vacía. Limpia. Ni un solo mueble. Nos enteramos que el ministro había sido capturado por malversación de fondos de la iglesia, y él y su familia habían huido de la ciudad. Regresé a la casa de mis padres y al abuso.

Como resultado de lo que había hecho el ministro, la poca fe que tenía en Dios se perdió por completo y me volví atea. Durante los siguientes 25 años estuve fluctuando entre el deísmo, el agnosticismo y el ateísmo.

Cuanto tenía 26 años asistí a tres meses de Derechos de Iniciación para Adultos Católicos y luego fui bautizada y confirmada en la Iglesia Católica Romana. Se me había permitido pasar por alto todo el año de clases debido a que no había llamado a la iglesia para preguntar sobre la conversión sino hasta tres meses antes de la Misia de Vigila de Pascua, cuando se llevó a cabo la confirmación de adultos.

Había entrado en la religión católica con la misma filosofía que había escuchado una vez en Alcohólicos Anónimos: “Trae tu cuerpo, tu mente lo seguirá”. Realmente no creía en Dios ni en las enseñanzas centrales de la Iglesia Católica, pero necesitaba desesperadamente creer en un poder superior a mí, tanto que asistí fielmente a misa siete días a la semana, esperando que de alguna manera empezaría a creer. Pero después de muchos meses, comencé a darme cuenta de que esto no iba a suceder, y mi asistencia a misa pasó a ser solo una vez a la semana, luego una al mes, hasta que cuando tenía 30 años y conocí al hombre que hoy día es mi marido y que no era católico, dejé de ir a misa por completo.

La primera persona en la vida a la que le dije que no creía en Dios, fue mi esposo. No creo que me haya tomado muy en serio al principio. No creo que él haya conocido jamás a un ateo. Y él no podía entender por qué yo había ido a una iglesia si no creía en Dios.

Mi marido es 29 años mayor que yo. Hemos tenido un matrimonio maravilloso por los últimos 10 años. Cuando nos conocimos, yo aún quería desesperadamente creer, y lo hice prometerme que cuando él estuviera en el cielo le pidiera a Dios que me diera la fuerza para creer y, si era posible, él mismo me enviase una señal, una que yo no podría atribuir a mi imaginación, de modo que yo sabría que realmente hay un Dios. Él siempre me prometió que lo haría.

Vivíamos en la Alabama rural cuando yo tenía 32 años. Desarrollé úlceras en ambas córneas, estaba legalmente ciega. Debido al daño que la infección le había hecho al tejido al que tendrían que adherirse unas córneas donadas, no podía encontrar un oftalmólogo que creyera que si me trasplantaba unas córneas éstas no serían rechazadas.

Todavía estaba buscando a Dios. Buscaba una esperanza de algo mejor cuando este mundo terminara. Alguna evidencia de la posibilidad de una existencia después de la muerte. Alguna forma de conseguirla.

Cuando era adolescente había visto a Pat Robertson en el Club700, y en mi juventud escuché fielmente al tele evangelista Rev. Jimmy Swaggert. En mis treintas, vi programas de la cadena Trinity Broadcasting Network. Todo ello mientras esperaba que alguno de los ministros diría algo que haría clic en mi mente, con lo que finalmente sabría: “¡Sí, realmente hay un Dios!” Ninguno de ellos dijo nunca nada que lograra que ocurriera esa conexión, en cambio muchos dijeron cosas que me confundieron aún más.

Durante los primeros 10 años después de que quedé legalmente ciega, intenté asistir a distintas iglesias, de nuevo a la bautista, de nuevo a la Asamblea de Dios, a una no denominacional, a la Iglesia de Dios, a la mormona, e incluso estudié sobre la Wicca. Pero siempre perdía el interés después de unos cuantos meses. Las cosas que enseñan las religiones sencillamente no concordaban. Había demasiadas cosas dejadas a la mera fe. Cosas que no tenían más prueba que la fe propia. No podía creer en algo cuando la única prueba eran algunas palabras en un libro que en gran medida no tenía sentido.

Recuerdo una noche cuando tenía unos 35 años, tendida en la cama rogándole a Dios, cuya existencia aún no tenía por cierta, y pidiéndole que si Él existía me condujera hacia alguien que pudiera ayudarme a creer. Pero no hallé a nadie.

A los 36 años compré una Biblia en Braille y comencé a leerla, de nuevo con la esperanza de hallar una prueba de la existencia de Dios. Pero siendo la Biblia tan difícil de comprender, conteniendo tantas cosas que realmente no pueden explicarse, perdí el interés después de leer apenas unos pocos de sus libros. Por esa época, aunque seguía deseando encontrar a Dios, abandoné mi búsqueda. Me había desilusionado por completo con la religión.

El 11 de septiembre de 2001 estaba sentada en mi computador. Fue antes de las 9 a.m. y, como era costumbre, tenía la televisión, que estaba puesta a mi derecha, encendida para tener ruido de fondo. Escuché el sonido que suena para notificar a los televidentes que se hará un anuncio de noticias importante. Dejé lo que hacía y me volví hacia el televisor. Un reportero comenzó a hablar mientras mostraban de fondo una de las torres del World Trade Center. Decía que había ocurrido un accidente. Un aeroplano pequeño había impactado una de las torres del World Trade Center. Estoy legalmente ciega, pero pude ver lo suficientemente bien que un avión pequeño no era lo que había chocado con la torre. El agujero era enorme. Y no pensé que fuera posible golpear algo tan grande por accidente.

Mientras veía, otro avión voló hacia la otra torre. No pude ver el avión, era demasiado pequeño para que lo pudiera ver, incluso durante las repeticiones instantáneas con mi cara prácticamente pegada contra la pantalla, pero vi la bola de fuego que explotó hacia fuera del edificio.

Salté y corrí hacia la habitación diciéndole a mi esposo que se apresurara y se levantara porque los terroristas estaban volando aviones contra los edificios del World Trade Center. Él salió de inmediato de la cama y fue a la sala, se sentó en su reclinadora y comenzó a ver la televisión. Eran más o menos las 9 a.m.

Con el paso del tiempo se anunció que un avión había chocado contra el Pentágono y que otro avión secuestrado había caído en Pennsylvania. Me pregunté: ¿cuándo terminará? ¿Y qué es lo que está pasando en el mundo?

En un momento el reportero dijo haber visto que algo como “escombros” estaban cayendo de los edificios. Mi esposo dijo que era gente que estaba saltando. Algo que nunca ha podido olvidar. Me sentí agradecida de que mi vista fuera tan mala que no pude ni siquiera ver algo que pareciera “escombros”.

El reportero dijo que una parte de la primera torre había caído del edificio. Su voz se escuchaba vacilante. Ahora me pregunto si dudaba de lo que veía. Porque luego supimos que no se había desplomado una parte del edificio. El edificio entero había colapsado.

Una reportera estaba llorando y un periodista la abrazó. Yo también lloraba. Y mi esposo me abrazó.

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