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Aaminah Hernández, excristiana, EEUU (parte 1 de 2)

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Descripción: Reflexiones de una mujer estadounidense. Parte 1.

  • Por Aaminah Hernández
  • Publicado 11 Mar 2013
  • Última modificación 11 Mar 2013
  • Impreso: 59
  • Visto: 5148 (promedio diario: 2)
  • Clasificación: 5 De 5
  • Clasificado por: 1
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Crecí en los Estados Unidos en la década de 1980, mi conocimiento sobre el Islam era débil y mínimo. Mi padre nos enseñó a mi hermano y a mí a ser conscientes del mundo, a interesarnos en otras culturas y a leer mucho. En esa época, los medios de comunicación mostraban al Islam con base en la Revolución Iraní y el conflicto en Palestina. Los reportes sobre temas femeninos estaban limitados al tipo “No sin mi hija”. Aunque nunca vi la película ni leí el libro, mi entendimiento en aquel tiempo era que las mujeres musulmanas eran esclavas de sus esposos, que no había límite en el número de esposas rivales, que las esposas eran golpeadas o incluso asesinadas si daban a luz a una niña, y abandonadas si no parían rápidamente a un varón. La visión de mujeres con cubiertas negras completas, que nos hacían creer que eran muy pesadas y tenían muchas capas, incluyendo velos sobre sus rostros, atemorizaba a una chica criada en la era de Madonna y Cyndi Lauper. Además de estos problemas graves, en la escuela nos enseñaron que las mujeres de Oriente Medio no podían dejar sus casas y que vivían en pobreza extrema, compartiendo sus habitaciones con las esposas rivales y todos los niños, donde rara vez veían a sus maridos. En nuestra instrucción mínima y poco frecuente sobre la historia o la cultura del Islam, no se hacía distinción alguna entre las diferentes culturas de Oriente Medio y el Islam como religión. No tenía idea de que existían musulmanes que no eran árabes ni afroamericanos, y tampoco sabía que no todos los árabes son musulmanes.

Gracias a que mi padre me dijo que la mejor educación que jamás podría recibir era la educación que yo misma me brindaba leyendo, me convertí en una lectora crítica. Dediqué más tiempo en la biblioteca que en cualquier ambiente social, y leía tanto que cuando mis padres necesitaban castigarme, sabían que la única forma efectiva era decomisándome mis libros. Alhamdulillah, este amor por los libros ha permanecido conmigo y aunque nunca pensé que pudiera pasar, fue este amor el que me llevó hacia el Islam. Leí la Autobiografía de Malcolm X cuando estaba en quinto grado y aunque esto no abrió mi mente hacia el Islam, me negué a comer cerdo después de eso. Incluso si esto no causó un cambio profundo en mi forma de pensamiento, años después de di cuenta que plantó algo en mi mente y en mi corazón, sólo que no estaba lista para aceptarlo o para pensar mucho al respecto.

Con los años fui abusada, molestada y utilizada de diversas formas por mucha gente en mi vida. Esto me llevó a dejar la casa de mis padres cuando tenía 16 años. Mi hermano se quedó en casa luchando con sus propios problemas, incluyendo si participación en pandillas. Terminé la secundaria en el tiempo previsto y me fui a hacer mi propia vida, orgullosa de poder manejar tanta responsabilidad por mi cuenta. No pensaba mucho en Dios en esa época. Me involucré un poco con la Wicca (brujería blanca), pero sólo jugué con ella y ahora me doy cuenta de cuán bendecida fui al no causar daños mayores a mí misma ni a los demás con mis juegos. También comencé a tomar trozos de diferentes prácticas religiosas culturales, como la espiritualidad tradicional celta y de los nativos americanos (soy nativa americana e irlandesa) y el hinduismo y el budismo, sin entender realmente ninguna de ellas, ni conectarme correctamente con un Poder Supremo.

Llevé una vida bastante desenfrenada de sexo, consumo de drogas suaves, fiestas y discotecas. “Amaba” a todo el mundo y disfrutaba mi vida en cada manera hedonista que me era posible, sin preocuparme por mi futuro en esta Tierra ni en el Más Allá. Sufría también de depresiones severas; de hecho, las depresiones comenzaron cuando era muy joven, en parte debido a las restricciones que sentía que mis padres cristianos me imponían. En ocasiones tuve tendencias suicidas y fue solo por la gracia de Allah que mis intentos no causaron un daño permanente en mi cuerpo o mi mente.

Aunque mantenía una consciencia social y era la primera en apoyar todo tipo de causas, en realidad vivía de modo muy irresponsable. No podía mantener un trabajo de forma regular, vivía al diario y procuraba no preocuparme por nada. A pesar que vivía con muy poco, en realidad era muy materialista y egoísta. No hice nada realmente valioso para la sociedad y era una carga para mi familia y mis amigos.

Fue durante este tiempo que conocí a un compañero de pandilla de mi hermano y me involucré seriamente. Si bien debido a mi relación, mi hermano y su amigo dejaron la pandilla, aún había muchas pruebas esperándonos. Mi nuevo hombre tenía una adicción grave a las drogas, y yo no tenía suficiente experiencia para manejarla ni sabía qué hacer. Terminamos metidos en toda clase de problemas legales y nos escapamos a otro estado para evitarlos. En esos momentos toqué fondo, viviendo en el parque, cerca de la inanición, sufriendo abortos espontáneos y haciendo cosas por dinero que nunca pensé que haría.

Cuando regresamos a nuestro estado natal, mi novio fue arrestado y descubrí que estaba embarazada de nuevo. Por algún milagro de Allah, mi hijo era saludable y fuerte y pude llevar a buen término el embarazo. Entre tanto, mi hermano había estado en la cárcel y se había convertido al Islam, pero cuando lo liberaron se mudó a otra ciudad y no teníamos contacto. Después que nació mi hijo, vino mi hermano a visitar a la familia. Me contó mucho sobre lo que estaba aprendiendo, y me impresionó con los cambios a su personalidad y sus modales. Parecía que las restricciones del Islam eran algo muy bueno para él. Le habían diagnosticado (creo que correctamente) un desorden esquizoafectivo (esquizofrenia, incluyendo alucinaciones, con depresión profunda), pero desde su conversión no había mostrado síntomas y no necesitaba tratamiento. Mi hermano se había convertido en un hombre amable que hablaba suave; se vestía con ropas tradicionales y se trataba a sí mismo con mucho respeto. Compartió conmigo las bases del Islam y me sentí feliz de que hubiera encontrado esta creencia, pero no tenía interés en cambiar mi propia vida.

 

 

Aaminah Hernández, excristiana, EEUU (parte 2 de 2)

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Descripción: Reflexiones de una mujer estadounidense. Parte 2.

  • Por Aaminah Hernández
  • Publicado 11 Mar 2013
  • Última modificación 11 Mar 2013
  • Impreso: 62
  • Visto: 5060 (promedio diario: 2)
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Con el padre de mi hijo en prisión, traté de ser más responsable y poner en orden mi vida por el bien de mi niño. Comencé a asistir a la iglesia con mi madre. Pocos meses antes, mi hermano vino de visita, regresó con una esposa cubierta con el velo, y meses después ella estaba embarazada de su primer hijo. Quería caerle bien a mi nueva cuñada, pero en retrospectiva, creo que estaba avergonzada de mi forma de vida y por ello no podía aceptar su modestia. Que Allah la bendiga por su paciencia y su voluntad de continuar compartiendo conmigo el Islam a pesar de mi actitud hacia ella. Mi hermano también trajo a casa a un amigo para que le hablara a mi madre sobre el Islam. Fue el primer musulmán, aparte de mi hermano, que conocí, y recuerdo que su visita sacó a relucir un lado de mí que no sabía que existía. Este musulmán siempre me encandilaba. Ahora sé que era porque él tenía nur (luz, brillo) en su rostro y yo me ponía muy tímida y no podía mirarlo directamente. Cada vez que él nos visitaba, yo salía corriendo a cubrir mi cuerpo a medio vestir. Aún en la actualidad, hago du`aa' (súplica) por el bienestar y la seguridad de este hermano que causó tal impresión en mí, pero nunca volví a verlo. Por esa época, conocí a un hombre que me parecía bueno y responsable, y estaba saliendo con él. Mi hermano y su esposa se mudaron con mi madre, mi hijo y yo, y mi nuevo prometido nos visitaba a diario. Pocos meses antes que naciera mi sobrino, mi hermano y su esposa se mudaron a su propio apartamento, y yo había atacado los nervios de mi pobre cuñada de tal modo, que no pudimos mantener más contacto. Luego me casé con mi prometido y también nos cambiamos de casa.

Después del nacimiento de mi sobrino y de mi matrimonio, comencé a visitar a mi hermano y su esposa. Me conmovió la tranquilidad de su hogar y su vida familiar. Mi cuñada procuró que mi hijo y yo estuviéramos cómodos cuando los visitábamos, y comenzó a contarme un poco más acerca del Islam. A mi esposo no le gustaba mi hermano y hacía comentarios peyorativos en su cara y a sus espaldas, lo que me avergonzaba. Esto causó conflictos en mi matrimonio y comencé a pasar mucho tiempo en casa de mi hermano, ya que mi marido no me permitía trabajar. Con el tiempo me interesé en el velo de mi cuñada y comencé a entender la comodidad que debía sentir al mantener su privacidad. También pude determinar que la tela no era sofocante ni calurosa como siempre pensé. Cuando le comenté a mi esposo que me gustaría cubrirme, él se burló de mí. Él siempre me había instado a vestir ropa atrevida, y creo que lo hacía sentirse bien tener una esposa “sexy”, pero yo no me sentía respetada. Pasados apenas unos cuantos meses de matrimonio, y después de sólo una semana de nuestro bautismo en la iglesia, me confesó que había estado teniendo una aventura y que no quería seguir casado. Una vez más, mi vida estaba en caos y regresé con mi hijo a casa de mi madre.

Por supuesto que, después de eso, pasé más tiempo aún con mi cuñada. Mi hermano y su esposa fueron las únicas personas que me apoyaron después que mi marido me abandonó. La iglesia a la que asistía me dijo que siempre hay una razón por la que un hombre tiene una aventura, y que es por una falencia de la esposa. Ellos también me dijeron que no debía buscar trabajo ni dejar su casa, aun cuando él me había dicho que me fuera, puesto que estaba pecando al crear una vida sin él en lugar de ser paciente y esperar a que él regresara. La iglesia no ofreció pagar por la comida ni por el vestido ni los pañales de mi hijo para que yo pudiera esperar a que “Dios cambiara el corazón de mi marido,” ellos sólo me juzgaron y esto me volvió escéptica. Mi hermano y su esposa entendieron que yo necesitaba cuidar a mi hijo y que mi matrimonio había terminado. Nos ofrecieron su hogar y mi cuñada se ofreció como niñera para que yo pudiera trabajar. Se tomaron el tiempo para explicarme la forma como plantea el Islam el matrimonio, el divorcio y los derechos de la mujer. Me sorprendió mucho descubrir que esta religión supuestamente machista en realidad era más realista y comprensiva con mi situación que lo que había sido mi iglesia.

Infortunadamente, antes que pudiera decirle a mi hermano que estaba lista para vivir con él, se vio obligado a abandonar la ciudad con su familia de manera muy repentina. Después que se asentaron, mi cuñada me escribió y comenzamos a mantener contacto. Después de sólo unos pocos meses, con mi vida todavía hecha un desorden total, decidí que estaba harta de vivir a mi modo. Encontré al exjefe de mi hermano, que era musulmán, y le rogué que me llevara junto con mi hijo a casa de mi hermano. Él cumplió feliz y me dio también un Corán para que lo leyera en el camino. Este hermano fue muy amable y respetuoso conmigo y considerado con mi hijo. Me ofreció casarse conmigo, pero quedé tan anonadada por ello que le pedí un tiempo para estar con mi hermano. Él me envió con mi hermano sin resentimientos y regresó a su negocio.

Vivir con mi hermano y su esposa resultó ser un desafío más duro de lo que esperaba, y éramos terriblemente pobres. Pero hice mi shahadah (testimonio de fe) y viví en una ciudad donde escuchaba el adhán (llamada a la oración) cinco veces al día, y estaba rodeada de musulmanes. También había muchos problemas, pero recuerdo siempre lo bello que era y extraño aquellos días. Mi hermano y su esposa me enseñaron cómo hacer wudu' (ablución), cómo rezar, cómo ser consciente de Dios, y casi todo lo demás que necesitaba saber para comenzar a vivir como musulmana.

Eventualmente, tuve que volver a casa a buscar trabajo y ofrecerle una vida mejor a mi hijo. Dejé de vestir hiyab y niqab (velo facial) e hice lo que debía para hallar trabajo. Había hecho algunas mejoras morales y declaraba orgullosamente que era musulmana, pero encontré muy difícil vivir como una. Mi ciudad no tiene una comunidad muy unida, e infortunadamente, mi pasado antes del Islam se filtró y las hermanas no querían hablar conmigo. Alhamdulillah, encontré un trabajo en el que tenía acceso a internet y comencé a buscar información sobre el Islam y a comprar libros. Esto me llevó también a comprar hiyabs y eventualmente niqabs, a pesar que mi jefe se negaba a dejarme vestir hiyab. Hice muchas amigas musulmanas por internet y construí mi propia comunidad pequeña. También encontré esposo nuevo. Debido a mi impaciencia y a mis opiniones muy estrictas, ese matrimonio falló pronto y lo dejé. Después de dejar a mi esposo, dejé de nuevo el hiyab y el niqab y comencé a vivir de forma un poco alocada. Lo oculté bien, pero no viví islámicamente por un tiempo. Hasta hoy, me pregunto cuánto habría mejorado mi vida si hubiera permanecido con ese esposo, pero aparentemente, Allah tenía otros planes para mí.

Una vez más, conocí a un hombre. Era amable, gentil y generoso, y me enamoré. Pero él no era musulmán. Fui honesta con él y le dije que era musulmana y que sólo podía casarme con un musulmán. Comencé a vestir hiyab nuevamente y él lo aceptó. Él estaba dispuesto a aceptar el Islam, así que hizo la shahadah y nos casamos. Después de algún tiempo, fui bendecida con un trabajo en un servicio por internet y construí nuevamente una comunidad de hermanas. Finalmente, comencé a hacer lo que siempre quise: escribir. Con el apoyo de hermanas en la red, comencé a escribir historias y artículos islámicos. Mi jefe apreció también el punto de vista islámico que me llevó a nuestro trabajo de servicio social, así como la integridad que llevé a la oficina. Estaban complacidos con que yo vistiera hiyab y me apoyaron tanto como pueden hacerlo los no musulmanes.

A pesar que continúo luchando duro, no siempre es fácil. Lucho como cualquier otra persona y mi fe a veces parece fallar. Pero trato de recordar que todo está en las manos de Allah y que en tanto esté luchando contra mi propio nafs (el yo humano) y Lo obedezca a Él, Él me protege. Tengo la bendición de tener muchos amigos por todo el mundo, y espero in sha Allah, mudarme a una comunidad fuerte de creyentes. Es imposible para mí olvidar que Allah utilizó a mi propio hermano menor para llevarme hacia la verdad, y reconozco que esta bendición es única. Aunque mis padres no están dispuestos a oír sobre el Islam, sé que he sido bendecida con una familia con la que puedo compartir este regalo. Pido a Allah que a través de mis escritos Lo glorifique a Él y anime a otros a buscar Su Camino —el único camino verdadero hacia la felicidad y la vida buena—, el Islam.

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