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Molly Carlson, Ex cristiana, Estados Unidos (parte 2 de 2)

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Descripción: Finalmente, cómo se sintió ella respecto a que el Islam fuera parte de lo que era desde hacía mucho.

  • Por Molly Carlson
  • Publicado 02 Sep 2013
  • Última modificación 02 Sep 2013
  • Impreso: 50
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Mis exploraciones iniciales sobre el Islam comenzaron justo después del 11 de septiembre de 2001. Estaba en mi primer semestre de universidad y tenía 18 años.

Trabajé con una muchacha de Arabia Saudita. Fui tutora de una chica pakistaní con el rostro cubierto, y fui amiga de un muchacho de Palestina. Todos ellos eran musulmanes en mayor o menor grado, y todos eran personas a las que nunca había cuestionado antes en relación a sus creencias.

La chica a la que serví de tutora, desde entonces, se convirtió en una de mis mejores amigas en la Tierra, y yo quería hablar sobre su cultura todo el tiempo. Sin embargo, después del 9/11, comencé a cuestionar más en profundidad el Islam y sus creencias.

Mi razonamiento fue que conocía a estas personas musulmanas, y ninguno de ellos era terrorista, ni ninguno era extremista. Y sentí lástima porque debido a su afiliación religiosa, fueron objeto de una inmensa cantidad de odio, sobre todo en los primeros meses después de los ataques.

Quería saber más para aconsejar a mi familia y a mis amigos contra el odio, y quería saber más porque cuando no entiendes algo, le temes.

Llegué incluso al punto de pedir prestados una abaya, un hiyab, y un niqab de mi amiga pakistaní y ponérmelos para la universidad y el trabajo para saber así cuán diferente me tratarían en estas ropas de la forma como me trataban siendo una chica estadounidense normal en cualquier otro día.

La diferencia fue extrema. Fue duro, y en algunos momentos, incluso me hizo llorar. Mi respeto para con mi amiga creció, y no ha flaqueado en todos estos años desde entonces. Ella fue, es y seguirá siendo, mi heroína.

Ella y otro amigo muy cercano —un hombre que es converso él mismo y se crio en circunstancias similares a las mías— fueron dos de mis mayores influencias.

Pasé horas y horas sentada con mi amigo converso hablando sobre Islam —por qué se convirtió y cómo lo hizo, y toda la información que tenía para darme, me la dio gratuitamente.

Él había hecho las mismas preguntas que yo le hacía y sabía sus respuestas. Si no fuera por él, no sería la musulmana que soy hoy día. Mi entendimiento del Islam creció de forma sostenida a un ritmo lento durante los siguientes tres años y medio.

Respetaba el Islam, pero no había llegado al punto de pensar que me gustaría convertirme en musulmana. Y al final, sería la decisión más difícil de mi vida.

Aquí llego a un punto de mi historia que a veces cuento y a veces no. Lo importante es el esquema general de cómo me hice musulmana, pero cuando se trata de la médula misma de por qué me convertí, no tiene importancia. Sin embargo, ya que quiero ser honesta con ustedes, mis lectores, siento que es algo importante de contar.

La primera pregunta que recibo de otros musulmanes cuando ven mi hiyab es: “¿Eres musulmana?” Y entonces, el 99% del tiempo, la segunda pregunta que me llega es: “¿Estás casada con un musulmán?” El sentido es si me casé con un hombre que era musulmana y luego me convertí bajo su influencia.

A esto siempre respondo que no, pero decir que ningún hombre tuvo nada que ver sería mentir. El paso final hacia mi conversión fue involucrarme con un musulmán. Para su privacidad, y por respeto a él, no hablaré mucho al respecto, pero siento que debo tocar el tema.

Esto es porque la gente que ve a una mujer o a un hombre que se ha convertido mientras estaba casado o involucrado con una persona musulmana, cree que ellos lo hicieron por sus parejas. Quiero ser un ejemplo permanente de que no, esto no es siempre automáticamente de ese modo.

Si me hubiera convertido por él, me habría casado con él cuando me lo propuso, pero no lo hice, y esa fue la segunda decisión más difícil de mi vida. Él no estaba en mi destino, él era la puerta por la que necesitaba pasar. Fue a través de él que conocí a algunas de las personas que son las más importantes de mi vida, como persona y como musulmana.

La familia Osman me acogió sin miramientos. Ellos ni siquiera le reprocharon a mi novio que me llevara con ellos, y los respeto por eso y por muchas otras cosas. Recuerdo que la primera noche que los conocí me hicieron sentir “en casa” junto con ellos, y lo mucho que me hicieron sentir parte de ellos.

Creo que el padre sabía, que Dios puso en su corazón el conocimiento, de que yo era alguien que ellos debían acoger. Puedo decirles, queridos lectores, con 100% de convicción, que si nunca hubiera conocido a la familia Osman, nunca me habría hecho la mujer musulmana que soy, y posiblemente nunca habría abrazado el Islam.

Bhai-ji y su familia fueron y son mis grandes héroes, mis grandes amores, y mis mayores influencias, así como mis mayores maestros. A ellos les debo todo.

Cuatro meses después de conocerlos, a comienzos de marzo de 2005, y no mucho después del momento en que iba manejando y me di cuenta de en quién me había convertido, hice mi Shahadah en la sala de su casa, rodeada de la gente que me ha amado más de lo que jamás entenderé.

El sentimiento dentro de mí en el momento después que juré a la creencia más verdadera que jamás he tenido: “Atestiguo que no hay divinidad sino Dios y atestiguo que Muhammad es el Mensajero de Dios,” es un sentimiento que jamás podré describir con palabras.

Sentí como si brillara tan fuerte desde mi interior, que explotaría en chispas de luz. Sentí la mano de Dios dentro de mí llevándose mis pecados y haciéndome nueva. La felicidad suprema de ese momento, vivirá en mí por siempre, porque vislumbré el paraíso en ese segundo eterno.

Recuerdo el momento en que supe que todo había cambiado. Recuerdo el momento en el que todo cambió. A lo largo de mi vida, siempre fui la persona que soy ahora, por la voluntad de Dios, solo que me tomó 22 años llegar a darme cuenta de ello.

Desde ese día, desde esa decisión, nunca he mirado hacia atrás. Nunca he lamentado lo que hice puesto que he encontrado más sentido y más placer en mi vida este último año y medio de lo que lo hice en los 22 años que me llevaron a ello.

Nunca seré nadie distinto a quien soy ahora. Y esa, amigos míos, es la verdadera conversión de mi alma.

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