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Iman Yusuf, excatólica, Estados Unidos (parte 2 de 4)

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Descripción: Encontrando una gran verdad en su vida por la misericordia del Señor Glorioso.

  • Por Iman Yusuf
  • Publicado 23 Jan 2017
  • Última modificación 23 Jan 2017
  • Impreso: 7
  • Visto: 2385 (promedio diario: 3)
  • Clasificación: No se ha valorado
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  • Comentado: 0

Además, deduje que el camino de Dios tenía que ser para toda la humanidad en todas las épocas. Nadie es especial, nadie es elegido y nadie es excluido. Ni los que vivimos ahora ni quienes vivieron antes que nosotros ni los que vendrán después.

No podía creer en un Dios Misericordioso si Él no había hecho que Su religión fuera conocida por la humanidad desde el inicio de los tiempos. De alguna manera, al comienzo, desde la creación de Adán, yo sabía que tenía que haber un "secreto"; algo que yo me había perdido desde el inicio mismo era la clave de todo.

Hubo problemas en mi familia, mi hermano menor era alcohólico, era mentalmente inestable y tenía ataques de ira. Mi madre, sin embargo, siempre se puso de su lado y nunca lo confrontó, eso me estresaba mucho. Tuve que dejar la universidad porque no podía concentrarme en mis estudios.

También odiaba tener que dejar a mi hija en la guardería para asistir a clases, quería cuidar de ella tiempo completo. La salud de mi abuelo se agravaba a diario; una mañana, después que mi madre salió a trabajar, incendió su silla al tirar un cigarrillo encendido entre los cojines. Creí que estaba soñando cuando escuché el zumbido de la alarma de humo, ni siquiera el olor acre del humo me despertó. Fueron los gritos de mi hija llamándome desde su cuarto, "mamá, mamá", lo que por fin me despertó y me hizo levantar.

Abrí la puerta de mi habitación y encontré toda la casa llena de humo. Agarré a mi hija de su cuna, desperté a mi hermano y salimos de la casa. Los bomberos llegaron, pero para entonces mi hermano ya había sacado la silla ardiendo al patio. Para eso, tuvo que quitar primero a mi abuelo del camino, ya que estaba sentado en el piso frente a la silla tratando de apagar el fuego golpeándola con una vara. Era obvio que mi abuelo necesitaba más supervisión de la que ninguno de nosotros le podía brindar.

Fue en ese momento que mi madre comenzó a pensar seriamente en ponerlo en un asilo para ancianos. De ese modo, además, mis "servicios" ya no serían necesarios, así que ella me dijo, en términos inequívocos, que tendría que mudarme. No había espacio para mí y mi hija en su vida.

Sin mi abuelo por quien preocuparse, y con mi hermano borracho la mayor parte del tiempo, mi madre podía ahora tener más tiempo de intimidad con su novio. Ella sentía que era su momento de "vivir la vida como siempre había querido".

Yo estaba anonadada. Mi esposo y yo seguíamos en proceso de divorcio, no podía obtener de él pagos de bienestar mientras siguiera casada. Si lo intentaba, ellos habrían ido tras él primero por la manutención de los hijos, de lo que yo no había visto un céntimo.

Me amenazó con que, si lo demandaba por la manutención de los hijos, él lucharía por la custodia de nuestra hija. Su amante estaba detrás de él, exhortándolo. Yo no sabía cómo sobreviviría sin un trabajo, y eso significaba volver a poner a mi niña en una guardería. Era una agonía sentirme tan sola y sin ninguna solución a la vista. Comencé a sentir que yo era la única persona sana en medio de toda esa locura, aunque incluso eso llegué a cuestionarlo.

Me sentía como una clavija cuadrara martillada en un agujero redondo. Simplemente no parecía encajar en la familia después de la muerte de mi abuela, y poco a poco fui sacada de ella por completo. En mi desesperación, acudí nuevamente a Dios rogándole por soluciones a mis problemas.

Un día me encontré sola en la casa, mi hija estaba con su padre y mi madre y hermano habían salido. En el silencio de mi habitación, sentí una urgencia muy fuerte de rezar. Pero, ¿cómo? Me paré en medio de mi habitación sin saber por dónde comenzar, me quedé como escuchando, tratando de hallar alguna guía para el simple asunto de cómo rezar. Entonces me llegó la idea de que, para hablar con Dios, debía estar limpia. Como si hubiera sido controlada por una fuerza superior a mí, me dirigí al baño y tomé una ducha de pies a cabeza.

De regreso a mi habitación, me paré nuevamente esperando que algo (o alguien) me dijera qué hacer a continuación. De nuevo, fui guiada hacia la respuesta: sentí la necesidad de cubrirme por completo. Vestir una túnica de manga larga hasta los tobillos no era suficiente, sentí que debía cubrir mi cabello también. Envolví mi cabeza con una bufanda larga y me miré al espejo, sintiéndome extrañamente cómoda con mi apariencia. Y aunque aún no tenía idea de lo que era un musulmán ni cómo se vestían, yo básicamente estaba vistiendo un hiyab. Cualquiera que conociera el Islam habría pensado que yo era una musulmana preparándome para la oración. Pero en ese momento, gloria a Dios, yo todavía no sabía nada sobre el Islam.

Así que ahí estaba, vestida para la oración sin tener ni idea qué hacer en seguida. Me paré mirando hacia la ventana y me quedé allí, mirando hacia afuera en ese día soleado. ¿Qué hacer ahora? No quería arrodillarme, eso era lo que hacía en la iglesia, sentí que tenía que humillarme ante Él, quería estar en una posición de completa sumisión ante mi Creador (tengan en mente esa palabra, sumisión, es importante). La única idea en mi mente era ponerme bocabajo en el suelo.

Una vez más, evocaba imágenes de la iglesia, cuando los aspirantes a sacerdotes y monjas toman sus votos tirados bocabajo en el suelo, con los brazos extendidos a sus lados, básicamente formando una cruz. Por mucho que quisiera humillarme por completo frente a mi Creador, no tenía idea de cómo hacerlo.

Finalmente, me vino a la mente la idea de que debía ponerme de rodillas y luego poner mi rostro contra el suelo. Antes de hacer eso, me di cuenta de que el suelo no estaba completamente limpio; a pesar de que mi habitación estaba limpia, sentí la necesidad de prosternarme sobre algo que supiera que estaba puro. A mi lado, sobre la cuna de mi hija, había una pequeña manta que le había hecho para su cochecito. Después me di cuenta de que tenía el tamaño justo de un tapete islámico de oración. ¡Y estaba recién lavada! Así que tomé la manta y la puse delante de mí sobre la alfombra.

Asombrosamente, más tarde me enteraría de que esa era precisamente la dirección hacia la Kaaba, la dirección hacia la cual los musulmanes se dirigen durante la oración. Satisfecha de que todo estaba bien, me arrodillé y luego bajé mi parte superior hacia mis manos y puse mi rostro sobre el suelo. Mis ojos se llenan de lágrimas y un escalofrío recorre mi cuerpo cuando recuerdo ese día. Me veo en esa habitación, en esa posición, y veo que estaba vestida de forma apropiada, rezando como musulmana. Subhán Al-lah, lejos está Dios de toda imperfección, ¡cuán Misericordioso ha sido Dios al guiarme de esta manera!

En esa posición, sintiéndome finalmente conectada con Dios, lloré y Le rogué una y otra vez que me mostrara la forma en que Él quería que yo creyera… La forma en que Él quería que yo viviera. Las lágrimas no se detuvieron. Finalmente sentí como si hubiera encontrado una verdad suprema ese día. Solo necesitaba llenar los espacios en blanco. Y gracias a la guía y la misericordia de mi Señor Glorioso, pronto encontraría las respuestas.

Ya que mi madre todavía estaba considerando un asilo para mi abuelo, yo estaba obligada a buscar un nuevo lugar donde vivir. El día de acción de gracias se acercaba y yo todavía estaba en la casa.

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