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Iman Yusuf, excatólica, Estados Unidos (parte 1 de 4)

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Descripción: Cómo Dios le mostró la guía cuando ella anhelaba encontrar el camino hacia Él.

  • Por Iman Yusuf
  • Publicado 23 Jan 2017
  • Última modificación 23 Jan 2017
  • Impreso: 7
  • Visto: 2504 (promedio diario: 3)
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La conversión al Islam por parte de cualquier ser humano siempre es causa de asombro, y la mayor misericordia que Dios puede darle a quien Él ama. Sin embargo, en mi caso fue mucho más. En verdad fue un milagro, Alhamdulil-lah (alabado sea Dios).

Antes de siquiera conocer la palabra Islam o lo que era un "musulmán", Al-lah me guio a través de mi fitrah (la naturaleza innata que Dios nos ha dado) para deducir (con mi corazón y mi mente) exactamente cómo quería Él que viviera. Es una historia maravillosa, y todas las alabanzas Le pertenecen a Aquel que me guio.

Comenzando en el verano de 1981, este regalo del Islam me fue concedido lentamente a lo largo de un año, durante el punto más bajo y desafiante de mi vida.

Nací y fui criada en los Estados Unidos, pero mis abuelos provenían de Alemania y Austria.

Yo era una devota católica romana (devota en cuanto a practicar plenamente y creer de todo corazón en mi fe). Mi matrimonio había fracasado debido al hecho de que mi esposo no solo no era católico, sino que era ateo.

Si bien esto me perturbó, no fue causal de graves problemas en mi matrimonio, hasta que nació mi hija en 1979. A partir de ese momento, ello se convirtió en una fuente continua de frustración y dolor.

Aunque él me permitió bautizarla, no quería que fuera criada en ninguna religión. Ninguna cantidad de argumentos lo movía ni le recordaba que cuando se casó conmigo firmó un papel en la iglesia, prometiendo que cualquier hijo nacido de este matrimonio sería criado como católico.

Él simplemente rechazó la idea de que creciera creyendo en cualquier deidad o fe y, de hecho, comenzó a burlarse no solo de mis creencias sino del mismo Dios.

Programé una cita con un sacerdote que yo conocía de muchos años atrás, con la esperanza de que pudiera guiarme en este tema. Él me dio cierto consuelo, pero sentí que no se tomó el asunto con la seriedad con que yo lo veía. Él parecía más preocupado por salvar mi matrimonio que por la fe de mi hija. No podía comprender el dolor que sentía cada vez que escuchaba a mi esposo maldecir o burlarse de Dios. Tampoco entendía lo devastador que eso podía ser para mi hija, quien definitivamente recibiría un mensaje horriblemente mezclado a medida que crecía. Me temía que llegaría el día en que mi esposo pudiera evitar que alguno de nosotros fuera a la iglesia.

De algún modo, nuestra conversación giró en otra dirección, y comenzamos a debatir sobre los principios del catolicismo. Aunque no la recuerdo ahora, le hice una pregunta acerca de la Trinidad. Recibí la respuesta estándar: tres dioses en una persona divina. Cuando presioné más la cuestión, el sacerdote se agitó mucho y me informó que, si necesitaba hacer preguntas como esa, era porque de hecho yo no tenía fe.

Si bien ahora puedo entender su reacción (que se debió al hecho de que él no tenía una buena explicación para este "misterio"), en ese momento me impactó y me dolió. Sentí como si hubiera sido literalmente excomulgada. Con una pregunta inocente y el deseo de acercarme a Dios, había sido considerada una persona condenada, sin fe en lo absoluto.

Salí rápidamente y pensé largo y tendido acerca de los comentarios del sacerdote. Simplemente me negué a aceptar su opinión sobre mí. Sabía que era una persona de mucha fe y mucha confianza en Dios, y nadie me convencería de lo contrario. Pero, desde ese momento, ya no me consideré católica. Había demasiada agitación en la iglesia en esa época, y la gente estaba abandonando la religión en masa. Aunque nunca me imaginé ser una de ellos, de repente lo fui.

Sin mirar atrás, fui en busca de la verdad. Traté brevemente de leer y estudiar la Biblia, un libro del que en realidad tenía poco conocimiento. Los católicos se centran más en el catecismo de la iglesia que en la lectura de la Biblia. Me pareció que la Biblia era difícil de entender, inconexa, y con poca guía sobre cómo debía vivir mi vida diaria. A mí me pareció más como un libro de cuentos.

Con la esperanza de estar equivocada, contacté a la iglesia cristiana local y pregunté si me podía unir a sus clases de religión. Mi primer encuentro con ellos fue el último. Ellos eran evangélicos y se enfocaban mucho en "hablar en lenguas" y recibir el "regalo" del Espíritu Santo. Eso era demasiado para mí. Necesitaba una religión que pudiera mantener constantemente en mi corazón, no solo algo que tuviera que conjurar con espíritus y lenguas muertas.

Luego comencé a estudiar el judaísmo que, según se me había dicho siempre, era la "verdadera" y primera religión de la humanidad. Pronto me encontré excluida de ese club debido a que no había nacido de madre judía. Aunque existía la posibilidad de convertirme al judaísmo, en muchos aspectos no sería aceptada por los propios judíos, en especial por los ortodoxos. Además, esa creencia de los judíos de ser el "pueblo elegido de Dios" me preocupó seriamente; yo no podía imaginar a un Dios que hubiera hecho Su religión disponible solo para aquellos que hubieran nacido en él y que después, a pesar de sus obras buenas o malas, serían las únicas personas admitidas en el Cielo, solo con base en un derecho de nacimiento. Eso no me parecía justo, y estaba segura de que Dios es justo.

Y así comenzó un torbellino de estudios de toda religión que pude encontrar: hinduismo, budismo, taoísmo, confucianismo, Hare Krishna… Las estudié todas y las rechacé cada vez con más rapidez. Miré en todas, excepto en el Islam, ni siquiera sabía que existía.

Y entiendo la razón por la cual Al‑lah me permitió investigar primero las otras religiones. Así, cuando finalmente encontré el Islam, estaba 100% segura de que era la única religión verdadera.

En esa época yo estaba muy deprimida. Estaba en medio de un proceso de divorcio y permanecía en casa cuidando a mi abuelo enfermo. Mi querida abuela, mi mejor amiga en todo el mundo y la única madre verdadera que conocí, había muerto repentinamente el invierno anterior, y mi madre no estaba interesada en mi búsqueda de la iluminación. Me sentía muy sola.

Estaba tratando de hacer malabarismo para volver a la universidad de tiempo completo, una hija activa, un padre enfermo, las labores domésticas y, lo peor de todo, mi distanciamiento de Dios. Ya no tenía creencias, solo la seguridad de que Dios existe. Yo era una pizarra en blanco. Toda noción anterior de Dios fue borrada, con excepción de la certeza de Su existencia, y con base solo en eso, Le oraba continuamente y siempre Le rogaba que me diera Su guía.

Durante un período agonizante de unos cuantos meses, traté de pensar de manera lógica en mi viaje para encontrar a Dios. Si había un Dios, razoné, con seguridad Él tiene Su forma única y propia en la que Él quiere que Lo conozcamos. Una manera en la que podemos adorarlo realmente y conectarnos con él, a la vez que Lo hacemos una parte constante de nuestra vida diaria, y no solo algo que podemos tomar una vez a la semana y luego alejarlo de la memoria.

Pero, por encima de todo, en mi mente me dije a mí misma: "Un Dios, una manera". Todas esas religiones proclamaban a Dios, pero con caminos muy distintos. Pero yo no podía aceptar que hubiera ningún camino hacia Dios sino uno solo, y solo necesitaba encontrar ese único camino.

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