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Margaret Marcus, exjudía, Estados Unidos (parte 4 de 5)

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Descripción: Margaret continúa hablando sobre cómo el Corán ha impactado su vida, y sobre sus puntos de vista respecto a las relaciones entre judíos y árabes.

  • Por Margaret Marcus
  • Publicado 05 Nov 2012
  • Última modificación 05 Nov 2012
  • Impreso: 93
  • Visto: 5723 (promedio diario: 2)
  • Clasificación: 5 De 5
  • Clasificado por: 1
  • Enviado por email: 0
  • Comentado: 0

A pesar de que encontré el Más Allá mencionado en el Nuevo Testamento, comparado con lo que dice el Sagrado Corán, es vago y ambiguo. No encontré respuesta a la pregunta de la muerte en el judaísmo ortodoxo, puesto que el Talmud predica que incluso la peor de las vidas es mejor que la muerte. La filosofía de mis padres era que uno debe evitar por completo pensar en la muerte y simplemente disfrutar, tanto como uno pueda, de los placeres que la vida nos ofrezca. Según ellos, el propósito de la vida es el disfrute y el placer logrados a través de la autoexpresión de los talentos de uno, el amor de la familia, la compañía agradable de los amigos, combinado con una vida confortable y con la indulgencia en la variedad de diversiones que el próspero Estados Unidos pone a disposición de forma tan abundante. Ellos deliberadamente cultivaban este enfoque superficial de la vida como si les garantizara una felicidad y buena fortuna continuas. A través de amargas experiencias, descubrí que la autoindulgencia sólo lleva a la miseria, y que nada grande, o que tan sólo valga la pena, se logra sin luchar a través de la adversidad y el autosacrificio. Desde mi más tierna infancia siempre quise realizar cosas importantes y significativas. Por encima de todo, antes de morir, quería asegurarme de no haber desperdiciado mi vida en actos pecaminosos o búsquedas inútiles. Toda mi vida he sido muy seria. Siempre detesté la frivolidad que es la característica dominante de la cultura contemporánea. Mi padre una vez me molestó con su convicción inquietante de que no existe nada de valor permanente, puesto que todo en esta era moderna acepta las inevitables tendencias actuales y se ajusta a ellas. Yo, sin embargo, estaba sedienta de alcanzar algo que perdurara para siempre. Y fue en el Sagrado Corán que aprendí que esta aspiración era posible. Ninguna obra buena por la causa de buscar la complacencia de Dios, se desperdicia ni se pierde. Incluso si la persona en cuestión nunca alcanza algún reconocimiento mundano, su recompensa está garantizada en el Más Allá. Por el contrario, el Corán nos dice que aquellos que no se guían por consideraciones morales que no sean de conveniencia o conformidad social, y anhelan la libertad de hacer cuanto les place, no importa cuánto éxito y prosperidad tengan en este mundo, o cuán intensamente sean capaces de disfrutar su lapso breve de vida terrenal, van a ser condenados como perdedores en el Día del Juicio. El Islam nos enseña que a fin de dedicar nuestra atención exclusiva a cumplir nuestras obligaciones para con Dios y con nuestros semejantes, debemos abandonar toda actividad vana e inútil que nos distraiga de dicho fin. Estas enseñanzas del Sagrado Corán, hechas aún más explícitas por el Hadiz, eran completamente compatibles con mi temperamento.

P: ¿Cuál es tu opinión sobre los árabes luego de haberte hecho musulmana?

R: Al pasar los años me fui dando cuenta gradualmente de que no fueron los árabes los que hicieron grande al Islam, sino que fue el Islam el que hizo grandes a los árabes. Si no fuera por el Profeta Muhammad, que la misericordia y las bendiciones de Dios sean con él, los árabes serían en la actualidad un pueblo oscuro. Y si no fuera por el Sagrado Corán, la lengua árabe sería insignificante o se habría extinguido.

P: ¿Has visto alguna similitud entre el judaísmo y el Islam?

R: El parentesco entre el judaísmo y el Islam es aún más fuerte que entre el Islam y el cristianismo. El judaísmo y el Islam tienen en común el mismo monoteísmo estricto, la importancia crucial de la obediencia total a la Ley Divina como prueba de nuestra sumisión y nuestro amor por el Creador, el rechazo del sacerdocio, el celibato y el monacato, y la sorprendente similitud entre los idiomas hebreo y árabe.

En el judaísmo, la religión está tan confundida con el nacionalismo que uno apenas puede distinguir entre los dos. El nombre “judaísmo” se deriva de Judá, una tribu. Un judío es un miembro de la tribu de Judá. Incluso el nombre de esta religión tiene la connotación de un mensaje espiritual que no es universal. Un judío no es judío por virtud de su creencia en la unicidad de Dios, sino sólo porque resulta que nació de vientre judío. Si se convierte en ateo abiertamente, no es menos “judío” ante los ojos de sus compañeros judíos.

Tan profunda corrupción con el nacionalismo ha empobrecido espiritualmente esta religión en todos los aspectos. Dios no es el Dios de toda la humanidad sino el Dios de Israel. Las escrituras no son la revelación de Dios para toda la raza humana, sino principalmente un libro de historia judía. David y Salomón, que la misericordia y las bendiciones de Dios sean con ellos, no son en pleno derecho Profetas de Dios, sino simplemente reyes judíos. Con la única excepción del Yom Kippur (el día de expiación judío), las fiestas y festivales celebrados por los judíos, como Hanukkah, Purim y Pesach, son de mucha mayor importancia nacional que religiosa.

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