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Diane Charles Breslin, Ex-Católica, Estados Unidos (parte 1 de 3)

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Descripción: Una católica ferviente pierde su fe después de leer la Biblia, pero su fe en Dios la lleva a explorar otras religiones.

  • Por Diane Charles Breslin
  • Publicado 31 Mar 2008
  • Última modificación 12 May 2008
  • Impreso: 569
  • Visto: 18345 (promedio diario: 4)
  • Clasificación: 4.6 De 5
  • Clasificado por: 5
  • Enviado por email: 1
  • Comentado: 0

Cuando me preguntan cómo me convertí en musulmana, respondo que siempre sentí que creía en el DIOS ÚNICO, pero recién me di cuenta de lo que eso significa al oír sobre una religión llamada “Islam”, y un libro llamado “El Corán”.

Pero permítanme comenzar con un breve resumen de mi entorno estadounidense extremadamente católico irlandés.

Fui católica

Mi padre dejó el seminario después de un período de tres años para formarse como misionero.  Era el mayor de trece hijos, todos nacidos y criados en el área de Boston.  Dos de sus hermanas se hicieron monjas, como también una de sus tías maternas.  El hermano menor de mi padre también estaba en el seminario y abandonó después de 9 años, justo antes de tomar los votos finales.  Mi abuela se levantaba al alba para vestirse y subir la colina hasta la iglesia del pueblo para la primera misa de la mañana mientras el resto de la casa dormía.  Recuerdo que mi abuela era muy estricta, amable, bondadosa, de mucha fortaleza y muy profunda – algo inusual para esa época.  Estoy segura de que nunca había oído del Islam, y que Dios la juzgue por las creencias que tenía en su corazón.  Muchas personas que nunca han oído hablar del Islam le rezan al Único Dios por instinto, aunque han heredado diversas etiquetas de distintas denominaciones por parte de sus ancestros.

A los cuatro años, ya estaba inscripta en un jardín de infantes católico y pasé los siguientes 12 años de mi vida rodeada por altas dosis de adoctrinamiento trinitario.  Había cruces por todas partes, todo el día - incluso en las monjas, las paredes del aula, en la iglesia a la que íbamos casi a diario, y en todos los cuartos de mi casa.  Ni hablar de las figuras e imágenes sagradas - dondequiera que mirase, había un niño Jesús y su madre María - a veces felices, a veces tristes, pero siempre con la representación anglosajona tradicional, de facciones blancas.  Los ángeles también hacían su aparición, junto con los santos, según la festividad que se aproximara.

Tengo claros recuerdos de ir a recoger lilas y lirios de nuestro patio para hacer ramos que colocábamos luego en el florero al pie de la imagen de la Virgen María más grande que teníamos en casa, en el pasillo superior junto a mi cuarto.  Allí nos arrodillábamos y rezábamos, disfrutando el agradable aroma de las flores frescas y contemplando serenamente lo bello que era el cabello castaño de María.  Puedo decir sin equivocarme que nunca le recé A ELLA misma ni sentí que tenía poder alguno para ayudarme.  Al igual que cuando rezaba el rosario a la noche en la cama.  Repetía los rituales de súplica del Padre Nuestro y Ave María y el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, mientras miraba hacia arriba y decía con todo mi corazón: “sé que eres solo Tú, el todopoderoso, sólo Tú, digo esto porque es lo único que aprendí”.

Cuando cumplí doce años, mi mamá me regaló una Biblia.  Como católicos, se nos alentaba a leer solamente el catecismo de Baltimore, sancionado por el Vaticano.  Toda introspección comparativa era negada y descalificada.  Pero yo leía con mucho entusiasmo, buscando saber lo que esperaba sería una historia sobre mi creador.  Pero me confundía cada vez más.  Este libro obviamente era obra de los hombres, algo confuso y difícil de entender.  Pero, una vez más, era lo único que tenía disponible.

Al promediar mi adolescencia, comencé a ir menos a la iglesia, como era la norma entre los de mi generación, y al llegar a los veinte años, prácticamente no tenía una religión formal.  Leía mucho de Budismo, Hinduismo e incluso intenté ir a la iglesia Bautista durante unos meses.  Ninguna me llamaba la atención lo suficiente, las primeras eran muy exóticas, la última, muy corriente.  Pero en todos esos años de no practicar la religión formalmente, no pasaba ni un día en que no “hablara con Dios” especialmente antes de dormir, ya que siempre le agradecía por mis bendiciones y le pedía ayuda por mis problemas.  Ciertamente, era el mismo ÚNICO Dios al que le pedía, seguramente Él escuchaba y me daba Su amor y cuidado.  Nadie me había enseñado eso, era puro instinto.

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