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N.K., Ex-Católico, USA (parte 1 de 5)
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Descripción: Un católico que rechazó su fe y se interesó por la filosofía, y más tarde aceptó el Islam debido a muchos cuestionamientos sin respuestas. Parte 1: Dudando de la Fe.
Por N.K.
Publicado 16 Nov 2009 - Última modificación 10 Jan 2010
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> Historias de nuevos musulmanes
> Hombre
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Nacido en 1954 en la parte agrícola
del noroeste de los Estados Unidos, me crié en una familia religiosa como
Católico Romano. La iglesia suministraba un mundo espiritual incuestionable en
mi niñez, mucho mas real que el mundo físico alrededor de mi, pero al crecer, y
especialmente después de ingresar en una universidad católica y leer más, comencé
a cuestionarme mi relación con la religión, la creencia y la práctica.
Una razón fue los frecuentes
cambios en la liturgia y el ritual que ocurrió en el despertar del Segundo
Consejo del Vaticano de 1963, sugiriéndome que la Iglesia no poseía estandartes firmes. Para ello, el clérigo hablaba de la flexibilidad y la
relevancia litúrgica, pero para los católicos ordinarios, parecía andar a
tientas en la oscuridad. Dios no cambia la revelación, ni tampoco las necesidades
del alma humana, y ni existía una revelación nueva del cielo. Sin embargo, llamábamos
al cambio, semana tras semana, año tras año; sumando, sustrayendo, cambiando la
lengua del latín al inglés, introduciendo finalmente guitarras y música folklórica.
Los curas explicaban y explicaban, y los demás sacudían sus cabezas. La búsqueda
de la relevancia convenció a muchos de que no había mucho en primer lugar.
Un Segundo motivo era la
cantidad de dificultades doctrinarias, como la doctrina de la Trinidad, que nadie en la historia del mundo, ni curas ni hombres, han podido explicar de un
modo convincente, lo que terminó siendo, para la mente pensante al menos, en un
tipo de comité de dios, del cual formaban parte el Dios Padre, quien gobernaba
el mundo desde el cielo; Su hijo Jesucristo, quien salvó a la humanidad en la
tierra; el Espíritu Santo, que se muestra como una paloma blanca y al parecer tenía
un papel menos importante. Recuerdo desear tener amigos especiales con solo uno
de ellos para poder arreglar mis asuntos con los otros, y con este fin, a
menudo pedía a uno u otro; pero los otros dos seguían allí. Finalmente decidí
que el Dios Padre debía estar a cargo de los otros dos, y esto fue lo que obstaculizó
mi camino en el catolicismo: la divinidad de Cristo. Además, la reflexión deja
en claro que la naturaleza del hombre contradice la naturaleza de Dios en cada aspecto,
lo limitado y finito por un lado, y lo absoluto e infinito por el otro. Que Jesús
era Dios es algo que no puedo recordar creer, durante mi niñez o mas tarde.
Otro punto de incredulidad fue
el comercio de la Iglesia y los lazos con el mas allá llamados indulgencias,
los “haz esto, haz lo otro por tantos años serán remitidos de tu sentencia en
el purgatorio” que ha sido tan falso para Martín Lutero en el comienzo de la Reforma.
También recuerdo desear la
sagrada escritura, algo parecido a un libro que sirve como guía. Me regalaron
una Biblia para Navidad, una edición bonita, pero al intentar leerla, encontré
que se iba por las ramas y desprovista de un hilo de coherencia que era difícil
de suponer como la base de nuestras vidas. Solo mas tarde descubrí como la Navidad resolvió la dificultad en la práctica, los protestantes creando las teologías
sectarias, cada uno enfatizando los textos de su secta y minimizando los demás;
los católicos minimizando todos, excepto por los pedazos mencionados en su
liturgia. Algo faltaba en el libro sagrado por lo cual no podía leerse como una
unidad íntegra.
Además, cuando fui a la Universidad, me di cuenta de que la autenticidad del libro, especialmente del Nuevo
Testamento, estaba en duda debido al resultado de estudios modernos de los mismos
cristianos. En un curso de teología contemporánea, leí la traducción de Norman
Perrin de ‘The Problem of the Historical Jesus’ de Joachim Jeremías, uno
de los principales eruditos del Nuevo testamento de este Siglo. Un crítico de textos,
maestro de las lenguas originales y que pasó años con los textos, finalmente concordó
con el teólogo alemán Rudolph Bultmann, que sin duda, es verdad el dicho de que
nunca se podrá escribir una biografía de Jesús, la vida de Cristo como
realmente la vivió, no puede ser reconstruida desde el Nuevo testamento con
ningún grado de confianza. Si esto se aceptase de un amigo del cristianismo y
uno de sus más expertos en textos, concluí, ¿Qué quedaba para sus enemigos? Y qué
le quedaba a la Biblia excepto por reconocer que era un documento de verdades
mezcladas con ficciones, conjeturas proyectadas en Cristo a través de sus
futuros seguidores, ellos mismos opinando diferente acerca de quién había sido
y qué había enseñado. Como si los teólogos como Jeremías pudiesen asegurar que
en algún lugar bajo las acreditaciones del Nuevo Testamento hay algo llamado ‘la
historia de Jesús y su mensaje’, cómo puede la persona ordinaria encontrarlo, o
conocerlo, si lo encuentra…?
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N.K., Ex-Católico, USA (parte 2 de 5)
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Descripción: Un católico que rechazó su fe y se interesó por la filosofía, y más tarde aceptó el Islam debido a muchos cuestionamientos sin respuestas. Parte 2: El estudio de la filosofía y la lectura del Corán.
Por N.K.
Publicado 23 Nov 2009 - Última modificación 23 Nov 2009
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> Historias de nuevos musulmanes
> Hombre
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Estudié filosofía en la Universidad, y me enseñó a preguntarle dos cosas a quien sea que aclame tener la verdad: ¿Qué
quieres decir, y cómo lo sabes? Cuando me preguntaba esto a mi mismo, no
encontraba respuestas, y me percataba de que el cristianismo se me había escapado
de las manos. Luego me embarqué en una búsqueda que tal vez no es conocida para
muchos jóvenes en Occidente, una búsqueda de significados en un mundo sin
significado.
Comencé donde había perdido mi
fe, con los filósofos, sin embargo queriendo creer, buscando no la filosofía,
sino una filosofía.
Leí los ensayos del gran
pesimista Arthur Schopenhauer, que habló acerca del fenómeno de las edades de
la vida, y del dinero, la fama, la fuerza física y la inteligencia todo a través
del pasar de los años, pero solo persiste la excelencia moral. Aprendí esta lección
de memoria y la recordé después de años. Sus ensayos también llamaban la
atención del hecho de que se pretendía que una persona repudiara mas tarde lo
que había hecho fervientemente con anterioridad durante su juventud. Con un
deseo de encontrar la divinidad, decidí imbuirme a mi mismo con los argumentos más
convincentes de ateísmo, para poder buscar una manera de escaparme de ellos mas
tarde. Por lo tanto leí las traducciones de Walter Kaufmann de los trabajos del
inmoralista Friedrich Nietzsche. Las muchas facetas geniales diseccionaron los
juicios morales y creencias de la humanidad con brillantes argumentos psicológicos
y fisiológicos que finalizaron acusando al lenguaje humano mismo, y al lenguaje
de la ciencia del siglo diecinueve en particular, de ser tan determinante y
mediado por conceptos heredados del lenguaje de la moralidad que en la forma
presente no podrían nunca cubrir la realidad. Aparte de su inmunológico valor
en contra del escepticismo, el trabajo de Nietzsche explicado por el Occidente
era post-cristiano, y predijo exactamente el salvajismo del siglo veinte,
desacreditando el mito de que la ciencia podría funcionar como un reemplazo
moral para la religión ahora muerta.
A un nivel personal, sus
diatribas en contra del cristianismo, particularmente en la Genealogía de las morales, me brindaron el beneficio de destilar las creencias de la
tradición monoteísta en un número más pequeño de formas analizables. Él separó los
conceptos no esenciales (como el espectáculo bizarro de los omnipotentes actos
suicidas en la cruz) de los esenciales, que ahora, aunque sin creer en ellos, son
solamente tres: que Dios existió; que Él creó al hombre en el mundo y definió
la conducta que esperaba de él; y que Él juzgará al hombre adecuadamente en el
mas allá y lo recompensará eternamente o lo castigará.
Fue en ese momento que leí una traducción
admirable del Corán, entre reservas agnósticas, de la pureza con la cual se
presentaba estos conceptos. Incluso si fuesen falsos, pensaba, que no podría
haber una expresión más esencial de la religión. Como trabajo literario, la
traducción, tal vez fue para las ventas, pero sin inspiración y abiertamente
hostil para su propósito, mientras que yo sabía que la versión original en árabe
era muy conocida por su belleza y elocuencia entre los libros religiosos de la
humanidad. Sentí mucho deseo de aprender árabe para leer el original.
En vacaciones de la escuela, me
encontraba caminando en una calle sucia entre campos de trigo, y sucedió que el
sol comenzó a bajar. A través de algún tipo de inspiración, me di cuenta de que
era el momento de la adoración, un momento para inclinarse y rezarle al único
Dios. Pero no era algo que uno pudiese describir con detalles, sino un deseo, o
tal vez el comienzo de un descubrimiento de que el ateísmo era un modo de ser
no auténtico.
Sentía esta inquietud cuando me
transferí a la Universidad de Chicago, donde estudié epistemología de la teoría
ética, cómo se llegaban a los juicios morales, leyendo o buscando entre los
libros de los filósofos algo para iluminar las preguntas sin sentido, que
preocupaban a las inquietudes personales y a los problemas filosóficos de
nuestra era.
De acuerdo a algunos, la observación científica
solo describen las afirmaciones del estilo X e Y, por ejemplo, el objeto es
rojo, su peso es dos kilogramos, su medida es diez centímetros, y demás, en
cada uno de los cuales la funcionalidad era una verificación científica ‘es’,
donde en los juicios morales el elemento funcional era un ‘debería’, una afirmación
descriptiva que ninguna cantidad de significado científico podría medir o
verificar. Aparentemente ‘debería’ era insignificante, y con esto toda la
moralidad, una posición que me recordó a aquellos descriptos por Lucian
en su consejo de que quien vea un filosofo moralista en camino debe alejarse de
él como si se alejara de un perro rabioso. Estas personas se rigen por la
conveniencia, y nada se asemeja a su comportamiento más que lo que les conviene.
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N.K., Ex-Católico, USA (parte 3 de 5)
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Descripción: Un católico que rechazó su fe y se interesó por la filosofía, y más tarde aceptó el Islam debido a muchos cuestionamientos sin respuestas. Parte 3: Reflexiones acerca de la pesca en Alaska.
Por N.K.
Publicado 30 Nov 2009 - Última modificación 30 Nov 2009
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> Historias de nuevos musulmanes
> Hombre
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Como Chicago era una universidad
más cara, tuve que ahorrar dinero para mis estudios, encontré un trabajo de
verano en la costa occidental con un bote pesquero en Alaska. El mar probó ser
una escuela en sí mismo, una a la cual regresé ocho temporadas, por el dinero. Conocí
a mucha gente en los barcos, y vi algo del poder y la grandeza del viento, el
agua, las tormentas y la lluvia, y la pequeñez del hombre. Estas cosas se
desplegaban ante nosotros como un inmenso libro, pero mi compañero pesquero y
yo solo leíamos las palabras que se encontraban en nuestro contexto: para
pescar la mayor cantidad de peces posible dentro de un determinado periodo de
tiempo para vendérselo a los comerciantes. Pocos sabían como leer el libro en
su totalidad. Algunas veces, en un soplido, las olas se acrecentaban como
grandes montañas, y el capitán sostenía el timón con los nudillos blancos,
nuestra proa en un momento en lo mas profundo de un valle de aguas verdes, y en
otro momento alzándose alto en el cielo antes de toparse con la nueva ola y
hundirse nuevamente.
Al principios de mi carrera
como marinero de cubierta, leí la traducción de Hazel Barnes de ‘being and
Nothingness’ de Jean Paul Sartre, en la cual él afirmaba que el fenómeno
solo nacía de la consciencia en el contexto existencial de los proyectos
humanos, un tema del que volvió a hablar Marx en sus 1844 manuscritos, donde la
naturaleza es producida por el hombre, por ejemplo, que cuando el místico ve árboles,
su consciencia ve un objeto fenomenal totalmente diferente del que ve un poeta,
por ejemplo, o un capitalista. Para el místico, es una manifestación; para el
poeta, un bosque; para el capitalista, madera. Según esa perspectiva, una
montaña solo parece alta al proyectar su escalada, y así, de acuerdo a las
relaciones instrumentales envueltas en los diferentes intereses humanos. Pero
los grandes eventos naturales del mar que nos rodea parecen desafiar, con su
dureza, irreducible realidad, nuestros intentos de comprenderlos. De repente, estábamos
allí, sacudidos por las fuerzas alrededor nuestro sin sentido, preguntándonos
si lo lograríamos. Algunos, es verdad, piden ayuda a Dios en esos momentos,
pero cuando regresamos a salvo a la orilla, nos comportamos como hombres que
saben poco de Él, como si esos momentos hubiesen sido lapsos de demencia,
vergonzoso pensar que esos momentos son felices. Fue una de las lecciones de,
tales eventos no solo existieron sino tal vez perduraran en nuestras vidas. El
hombre era pequeño y débil, las fuerzas a su alrededor eran enormes, y él no
las podía controlar. En ocasiones un barco se hundía y hombres morían. Recuerdo
un pescador de otro barco que trabajaba cerca de nosotros, haciendo el mismo
trabajo. Me sonrió a través del agua tirando de la red del bloque hidráulico, apilándolo
en la popa para prepararlos para la próxima pesca. Algunas semanas mas tarde,
su bote se dio vuelta durante una tormenta, y él se enredó en la red y se ahogó.
Solo lo vi una vez mas, en un sueño, haciéndome señas desde su barco.
Lo tremendo de las escenas que
vivimos, las tormentas, los altísimos precipicios alcanzando verticalmente las
aguas de cientos de pies, el frío y la lluvia y la fatiga, las heridas
ocasionales y las muertes de los trabajadores, esto no nos llegaba a
impresionar. Se supone que los pescadores son duros, después de todo. En un
barco, se decía que se perdía ocasionalmente un miembro de la familia mientras
se navegaba y uno al final de la temporada, invariablemente para el miembro de
la familia que trabajaba con ellos, su pérdida era ganancia porque de otro modo
hubiesen tenido que pagarle.
El capitán de otro barco era un
hombre de veintisiete años que trasladaba millones de dólares en cangrejos cada
año en el Mar Bering. Cuando escuché hablar de él por primera vez, estábamos en
Kodiak, su barco en el puerto de la ciudad atado varios días antes. El capitán
se encontraba indispuesto en su litera, donde había estado vomitando sangre por
haber comido un vidrio la noche anterior para probar cuán fuerte era.
Se encontraba en mejores
condiciones que cuando lo volví a ver en el Mar Bering al final de un largo
invierno en la temporada de cangrejos. Trabajaba en su timonera, rodeado de
radios que podían captar la señal de cualquier lugar, computadoras, Loran,
sonar, buscadores profundos, radares. Sus paneles de luz e interruptores se
fijaban a menos de 180 grados de ventanas de antiquiebre que apuntaban al mar y
los hombres en la cubierta, con los cuales se comunicaba a través del
altoparlante. A menudo trabajaban contra reloj, sacando sus engranajes del agua
congelada bajo baterías de enormes luces eléctricas junto a los mástiles que
transformaban en días las noches eternas. El capitán tenía fama de gritón, y en
una ocasión encerró a toda su tripulación en la cubierta bajo la lluvia por
once horas porque uno de ellos había salido a tomar una taza de café sin pedir
permiso. Pocos tripulantes duraron más de una temporada conmigo, aunque lograban
casi el doble del salario anual de un abogado en seis meses. Se ganaban
fortunas en el Mar Bering esos años, antes de que la sobre pesca acabara con
los cangrejos.
En ese momento, estaba anclado
y fue lo suficientemente amigable cuando nos acercamos a él, y él abordó nuestro
barco para sentarse a hablar con nuestro capitán. Hablaron durante un tiempo,
por momentos mirando pensativos hacia el mar a través de la puerta o las
ventanas, por momentos mirándose entre ellos cuando algo los animaba, como por
ejemplo el tema de qué pensaban sus competidores de ellos. “Se preguntan porque
tengo bastante dinero”, dijo. “Bien, dormí en mi propia casa sólo una noche el
año pasado”.
Mas tarde hizo que su tripulación sacara las
sogas y levantara el ancla, sus ojos mirando fijo el agua desde las ventanas de
la casa mientras que se alejaba. Su vigilancia, su psiquis como una morsa, sus
interminables viajes después de juegos y mercados, me hacían recordar otro
animal predador del mar. Tales personas, buenas para ganar dinero pero obviando
cualquier fin y propósito, me impresionaron, y comencé a preguntarme si los
hombres no necesitaban principios para guiarlos y decirles por qué estaban allí.
Sin esos principios, nada parecía distinguirnos de nuestras plegarias excepto
por ser mas rigurosos y tecnológicamente capaz de cazar por más tiempo,
en una escala mas vasta, y con mayor devastación que los animales que cazábamos.
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N.K., Ex-Católico, USA (parte 4 de 5)
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Descripción: Un católico que rechazó su fe y se interesó por la filosofía, y más tarde aceptó el Islam debido a muchos cuestionamientos sin respuestas. Parte 4: Más preguntas sin respuestas acerca de la filosofía y lecturas sobre el Islam.
Por N.K.
Publicado 07 Dec 2009 - Última modificación 07 Dec 2009
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> Historias de nuevos musulmanes
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Estas consideraciones
estuvieron en mi mente en mi segundo año estudiando en Chicago, donde me percaté
a través de estudios de sistemas de morales filosóficas que la filosofía no ha
podido influenciar las morales de las personas en el pasado ni prevenir las
injusticias, y me di cuenta de que había pocas chances de que lo hiciera en el
futuro. Encontré que la comparación de los sistemas culturales humanos y las
sociedades en su sucesión histórica y multiplicidad llevó a muchos
intelectuales al relativismo moral, ya que ningún valor moral podría ser
descubierto que en sus propios méritos fuese válido, un reflejo que lleva al
nihilismo, la perspectiva que ve a las civilizaciones humanas como plantas que
crecen en la tierra, floreciendo de sus varias semillas y suelos, viviendo un
tiempo y muriendo luego.
Algunos anunciaron esto como la
liberación intelectual, entre ellos Emile Durkheim en sus ‘Formas
Elementales de Vida Religiosa’, o Sigmund Freud en su “Tótem y Tabú”,
que discutía la humanidad como si fuese un paciente y diagnosticara sus
tradiciones religiosas como un modo de neurosis colectiva que ahora podemos
curar, aplicándoles un riguroso ateismo, un estilo de salvación a través de la
ciencia.
Sobre este aspecto, compré la
traducción de un libro de Jeremy Shapiro “Knowledge and Human Interests”
de Jurgen Habermas, quien sostenía que no existía algo llamado “ciencia pura”
de lo que pudiéramos confiarnos para forjar audazmente una mejora en si mismo y
en el mundo. Llamó tal malentendido cientismo, no ciencia. La ciencia en
el mundo real, dijo, no estaba desprovista de valores, y menos de intereses.
Este tipo de búsquedas que obtienen fondos, por ejemplo, donde una función de
lo que su sociedad estimó significativo, expediente, rentable, o importante. Habermas
ha sido de una generación de académicos alemanes que, durante los treinta y los
cuarenta, supo lo que pasaba en su país, pero insistió en que se introdujeran
simplemente en la producción intelectual, que se encontraban viviendo en el
reino de la erudición, y no necesitaban preocuparse de ellos mismos con quien
sea que elija el estado para hacer su búsqueda. La horrible pregunta que
acompañaba a los intelectuales alemanes cuando las atrocidades nazis se
hicieron públicas después de la guerra hicieron que Habermas pensara
profundamente en las ideologías de la ciencia pura. Si algo era obvio, es que
el optimismo de los pensadores del siglo diecinueve como Freud y Durkheim ya no
era defendible.
Comencé a volver a examinar la
vida intelectual a mí alrededor. Como Schopenhauer, sentía que una mejor educación
produce mejores personas. Pero en la universidad, encontré a personas del
laboratorio hablando entre ellas de falsificar los datos de la investigación
para asegurar los fondos para los próximos años; investigadores que no permitían
grabadoras en sus conferencias por miedo a que sus competidores se adelantaran
con la investigación y les ganaran la publicación; profesores compitiendo entre
ellos por el tamaño de sus programas. Las cualidades morales que estaba
acostumbrado a asociar con la humanidad ordinaria, parecía encontrarse
frecuentemente asociada con los académicos sofisticados como si hubiesen sido
pescadores. Si uno se pudiese burlar de los pescadores que, después de pescar
una gran cantidad de peces en una sola pasada, se pasean en frente de los demás
haciéndoles notar cuan repletos están, aparentemente buscando más peces; ¿Que
se puede decir de los doctorandos que se comportaban de la misma manera con sus
libros y sus artículos? Siento que su conocimiento no ha desarrollado sus
personas, que el secreto de los mejores hombres no yacía en su sofisticación.
Me preguntaba si no había
llegado lo mas lejos que se puede llegar en el camino de la filosofía. Mientras
había desacreditado mi cristianismo y suministrado algunos puntos de vista
genuinos, todavía no había respondido la gran pregunta. Además, sentí que esto
se conectaba de alguna manera y no sabía si como causa o efecto del hecho de
que nuestra tradición intelectual ya no parecía entenderse. ¿Que éramos
nosotros, filósofos, pescadores, basureros, o reyes, mas que jugadores en un
drama que no comprendíamos, interpretando con diligencia nuestros roles hasta
que se enviaran nuestros reemplazos, y brindáramos nuestro ultimo acto? ¿Pero
puede alguien legítimamente esperar algo más que esto? Leí “La introducción de Kojves
a la lectura de Hegel”, en la cual explicaba que para Hegel, la filosofía no
culminaba en el sistema, sino en los Hombres Sabios, alguien capaz de responder
cualquier cuestionamiento posible en las implicaciones éticas de las acciones
humanas. Esto me hizo considerar nuestra propia lucha en el siglo veinte, que
ya no puede responder a un solo cuestionamiento ético.
Fue de este modo como si un
siglo de dominio de cosas concretas sin paralelo hubiese terminado de algún
modo convirtiéndonos a nosotros en cosas. Contrasté esto con el concepto de Hegel
de lo concreto en su “Fenomenológica de la Mente”. Un ejemplo de lo abstracto, en sus términos, era la realidad física limitada de las letras que usted está
leyendo en este momento, mientras que lo concreto era su interconexión con
mayores realidades que presuponía, los modos de producción que determinaron el
tipo de tinta y papel, los estándares estéticos que dictaron su color y diseño,
los sistemas de comercialización y distribución que lo llevaron al lector, las
circunstancias históricas que llevaron el alfabetismo y gusto del lector; los
eventos culturales que mediaron su estilo y uso; en breve la mayor imagen en la
cual fue articulada y existió. Para Hegel, el movimiento de investigación filosófica
siempre se guió desde lo abstracto a lo concreto, a lo más real. Fue de este
modo posible decir que la filosofía necesariamente llevó a la teología, cuyo
objeto fue lo real, la Deidad. Esto me pareció para destacar una irreducible
falta en nuestro siglo. Comencé a preguntarme si, al materializar nuestra
cultura y nuestro pasado, no nos abstrajimos de alguna manera del amplio mundo
de la humanidad, desde nuestra propia naturaleza en relación a una realidad
superior.
En este momento, leí una gran
cantidad de trabajos acerca del Islam, entre ellos los libros de Seyyed Hossein
Nasr, que creía que muchos de los problemas del hombre occidental,
especialmente aquellos del medioambiente, se debían a haber dejado la sabiduría
divina de la religión revelada, que le enseñó su verdadero lugar como criatura
de Dios en el mundo natural para comprenderlo y respetarlo. Sin eso, quemaba y consumía
la naturaleza con estilos tecnológicos mas efectivos de explotación comercial
que arruinó su mundo dejándolo completamente vacío, porque no sabía porque existía
o con qué fin debía actuaba.
Consideré que esto podría ser verdad, pero
instalaba el cuestionamiento de la verdad de la religión revelada. Todo frente
al mundo, todos los sistemas religiosos y morales, estaban en el mismo plano, a
no ser que se pudiese asegurar el origen mas alto de uno de ellos, la sola garantía
de objetividad, la sola fuerza, o ley moral. De otro modo, la opinión de un
hombre era igual a la de los demás, y permanecíamos en un mar sin diferenciar los
intereses individuales conflictivos, en los cuales no se podía objetar el poder
de los fuertes para con los débiles.
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N.K., Ex-Católico, USA (parte 5 de 5)
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Descripción: Un católico que rechazó su fe y se interesó por la filosofía, y más tarde aceptó el Islam debido a muchos cuestionamientos sin respuestas. Parte 5: Viaje a Egipto y aceptación del Islam
Por N.K.
Publicado 14 Dec 2009 - Última modificación 14 Dec 2009
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Leí otros libros acerca del Islam,
y me encontré con algunos pasajes traducidos por W. Montgomery Watt de “That
Which Delivers from Error” por el teólogo y místico Ghazali, quien, después de
una vida de crisis de cuestionamiento y duda, se dio cuenta de que mas allá de
la luz de la revelación profética no hay otra luz en la faz de la tierra de
donde se pueda recibir la iluminación, el punto al cual llegaron mis
cuestionamientos filosóficos. Aquí se encontraba, bajo los términos de Hegel,
el hombre Sabio, en la persona de un mensajero divinamente inspirado quien tenía
la autoridad de responder cuestionamientos del bien y el mal.
También leí la traducción de A.J.
Arberry “El Corán Interpretado” y recuerdo mi temprano deseo por el libro
sagrado. Incluso traducido, la superioridad de la escritura musulmana sobre la Biblia era evidente en cada línea, como si la realidad de la revelación divina, sutilmente oída
a lo largo de toda mi vida, se colocaba en este momento frente a mis ojos. En
su estilo exaltado, su poder, su inexorable finalidad, su raro modo de
anticipar los argumentos del corazón estético por adelantado y respondiendo a
ellos; era una clara exposición de Dios como Dios y hombre como hombre, la revelación
de la inspiradora unicidad divina siendo la idéntica revelación de la justicia económica
y social entre los hombres.
Comencé a aprender árabe en Chicago,
y después de estudiar exitosamente la gramática por un año, decidí ausentarme
para intentar avanzar en la lengua estudiando en el Cairo. También, deseaba
nuevos horizontes, y después de la tercera temporada de pesca, partí al Medio
Oriente.
En Egipto, encontré algo que creo
atrajo a muchos al Islam, la marca del puro monoteísmo entre sus seguidores, y
fue lo que más me llamó la atención. Conocí a muchos musulmanes en Egipto, buenos
y malos, pero todos influenciados por las enseñanzas de su Libro sagrado más de
lo que jamás vi en otros lados. Ya han pasado quince años, y no puedo
recordarlos a todos, o a la mayoría de ellos, pero tal vez a los que puedo
recordar me servirán para mostrar las impresiones que dejaron en mí.
Uno fue un hombre en el otro lado
del Nilo cerca a los jardines de Miqyas, donde solía caminar. Me acerqué a él y
estaba rezando sobre una pieza de cartón, frente al agua. Comencé a pasar
frente a él, pero de repente caminé detrás de él, con la intención de no
molestarlo. Cuando lo observé en un momento antes de seguir mi camino, vi a un
hombre absorto en su relación con Dios ignorando mí presencia, mucho menos mis
opiniones acerca de él o su religión. Para mí, había algo magníficamente
indiferente en esto, algo muy extraño para alguien proveniente de Occidente,
donde rezar en público era algo virtualmente obsceno.
Otro fue un joven de la escuela
secundaria que me saludó cerca de Khan al-Khalili, y como hablaba algo de árabe
y él algo de inglés y me quería hablar del Islam, caminó conmigo varias millas
a lo largo de la ciudad hacia Giza, explicándome lo más que pudo. Cuando partió,
creo que dijo una plegaria para que yo me convierta en musulmán.
Otro fue un amigo yemení que vivía
en el Cairo quien me dio una copia del Corán ante mi pedido de ayuda para
aprender árabe. No tenía una mesa al lado de la silla donde solía sentarme y
leer en mi habitación del hotel, y era de mi costumbre apilar los libros en el
piso. Cuando coloqué el Corán con los demás, él silenciosamente se puso de pie
y lo levantó por respeto. Esto me impresionó porque sabía que no era religioso,
pero este era el afecto que tenía por el Islam.
Otra fue una mujer que conocí
mientras caminaba junto a una bicicleta en una calle sin pavimento en el lado
opuesto del Nilo desde Luxor. Yo estaba sucio, y pobremente vestido, y ella era
una mujer de edad vestida de negro de los pies a la cabeza que caminó hacia mí,
sin mirarme ni hablarme, y colocó una moneda en mi mano tan de repente que me sorprendí
y la tiré. Cuando la recogí, ella ya se había ido. Ella pensó que yo era pobre,
aunque obviamente no musulmán, me dio algo de dinero sin esperar nada a cambio
excepto lo que había entre ella y Dios. Este acto me hizo pensar acerca del
Islam, porque no la motivo otra cosa.
Muchas otras cosas pasaron por mi
mente durante los meses que estuve en Egipto para aprender árabe. Me encontré a
mi mismo pensado que un hombre debe tener un tipo de religión, y estaba más
impresionado por el efecto del Islam en las vidas de los musulmanes, un tipo de
nobleza de propósito de generosidad del alma, que jamás noté en otras
religiones o incluso en el efecto del ateismo en sus seguidores. Los musulmanes
parecían tener más de lo que teníamos nosotros.
El cristianismo tenía sus cosas
buenas seguramente, pero parecían mezcladas con confusiones, y me encontré a mi
mismo inclinándome más y más por el Islam por su completa y más perfecta
expresión. La primera pregunta que memoricé del catecismo fue: “¿Por qué fuiste
creado?” cuya respuesta correcta era: “Para saber, amar y servirle a Dios”.
Cuando reflexioné en aquellos que me rodeaban, me di cuenta de que el Islam parecía
adornar la manera más comprensible y entendible de practicar esto diariamente.
En cuanto a las poco gloriosas
fortunas de los musulmanes hoy en día, no sentía que eso se le reprochara al
Islam, o se le relegara como una posición inferior en un orden natural de ideologías,
sino que lo vi como una fase en un largo ciclo de la historia. La hegemonía
extranjera sobre las tierras de los musulmanes ya había ocurrido antes de la
destrucción de la civilización islámica en el siglo trece por una multitud de
mongoles, que arrasaron con ciudades y construyeron pirámides de cabezas humanas
desde las estepas de Asia Central al corazón de las tierras musulmanas,
después de que el destino dio fuerzas al Imperio Otomano para levantar el Mundo
de Dios y convertirlo en una vibrante realidad política que duró siglos. Fue en
ese momento, en que vi reflejado, meramente el cambio de los musulmanes contemporáneos
para luchar por una nueva cristalización histórica del Islam, algo que uno
puede aspirar a formar parte.
Cuando un amigo en el Cairo un día
me preguntó: ¿por qué no te conviertes en musulmán? encontré que Dios había
creado dentro de mí un deseo de pertenecer a esta religión, que enriquece tanto
a sus seguidores, desde los corazones más simples a los intelectos más brillantes.
No es a través de un acto de la mente o voluntad que alguien se convierte en musulmán,
sino a través de la piedad de Dios, y esto, en conclusión, fue lo que me acercó
al Islam en el Cairo en 1977.
“¿Acaso no
es hora de que los creyentes subyuguen sus corazones al recuerdo de Dios y a la Verdad que ha sido revelada y de que no se semejen a quienes recibieron el Libro
anteriormente? A éstos, a medida que transcurría el tiempo se les endurecía el
corazón. Y por cierto que muchos de ellos eran corruptos. Sabed que Dios
vivifica la tierra después de haber sido árida. Os explicamos los signos para
que reflexionéis.” (Corán 57:16-17)
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