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Seis largos meses pasaron hasta
pisar tierras egipcias una vez más. En los meses anteriores, la compañía en la
que trabajaba presentó su quiebra, y la idea de volver a El Cairo parecía cada
vez más lejana, pero estaba determinado a continuar la lectura, el aprendizaje
y las preguntas. Finalmente, en una cálida noche de verano, mientras navegaba
por Internet, me llegó una epifanía. Sentí que ya no quería aferrarme a las
cosas de mi pasado o vivir mi vida como hasta entonces. Algunas personas
hablan de ver una luz, o de escuchar una voz, o de algo similar y yo sería el
primero en decir que es algo exagerado, pero yo también oí algo más que un
suspiro, más bien una fuerza o apertura en mi corazón. Quería gritar, llorar,
bailar, correr, reír, todo al mismo tiempo. Ese día me embargaron cientos de
emociones que no puedo explicar. Hay cosas que vale la pena disfrutarlas en
vez de analizarlas. Le envié un email a Nuha para contarle cómo me sentía y
preguntarle qué debía hacer. Ella fue muy amable y me entendió completamente.
Me dijo que me relajase, que me calmase y que analice mis sentimientos. Desde
ese día en adelante, decidí que quería volver a Egipto, a mi gente, a mi hogar,
para descubrir lo que me atraía de ese lugar.
Mi oportunidad de regresar llegó
cuando trabajaba como consultor en una firma de consultoría de
telecomunicaciones. Fui allí para asesorar a una compañía egipcia líder en el
segmento del marketing. Disfruté bastante trabajando con Hatim, con quien ya
había tenido una relación comercial cultivada meses atrás a través de mis otros
amigos egipcios, Hany y Hisham, y me sentí contento de trabajar con un rostro
tan conocido y amigable. Partí hacia Egipto a finales de agosto con esperanzas
de completar mi viaje, con el anhelo de responder a un llamado que no podía
explicar.
Comencé a trabajar al día
siguiente en las oficinas donde conocí gente muy agradable que de inmediato me
hicieron sentir como en casa. Ese día, conocí a las dos personas que serían
clave en ayudarme a dar los pasos que me guiarían por el camino correcto, Muhammad
y Shariff. Al enterarse que yo quería conocer más sobre el Islam y
posiblemente convertirme, Mohammad me invitó a un grupo donde hablaban sobre el
Corán y las enseñanzas del Profeta. Al final de la reunión, todos oramos la oración
de la noche. Esa fue la primera vez que participé de una oración grupal y que
oí la Al-Fatihah (el primero y uno de los capítulos más importantes del Corán).
Fue algo muy conmovedor y solemne. No pude evitar llorar cuando las palabras
de Dios me tocaron el corazón. Al día siguiente, le conté lo sucedido a Hatim y
Shariff y demostraron mucho apoyo para conmigo. Seguí leyendo y haciendo
preguntas y sentí que mi viaje estaba llegando a su fin.
El 11 de Septiembre fue el
punto de inflexión que comenzó a acercar las cosas a su fin. Después del
ataque, todos mis compañeros de trabajo se acercaron a mí y me ofrecieron sus
condolencias y me dijeron que eso no era el Islam, sino algo muy terrible y me
pidieron por favor que no pensara que los musulmanes son malas personas. Sentía
el dolor y la tristeza en el rostro de muchos de ellos. Si se mide por el
clima reinante después de los ataques, los occidentales no creerían que los
musulmanes realmente se sentían así. Yo sentía que esas palabras de aliento
eran representativas de muchos musulmanes en todo el mundo. Con el pasar de
las semanas, quedó claro que quizás el Medio Oriente no era lugar seguro para
un estadounidense, pues el sentimiento contra la política exterior estadounidense,
no contra los ciudadanos de los Estados Unidos en sí, iba creciendo. Comencé a
sentirme agitado y no me iba a convertir, y esa era la razón por la que había
ido a El Cairo en primer lugar. Cientos de personas se convierten todos los
días en todo el mundo, pero para mí, eso tenía que tener lugar en un país árabe
islámico. Puro simbolismo, pero un simbolismo importante sin embargo. Al ver
mi frustración, Noha me presentó con un socio comercial, Sameh (mi querido
hermano). Sameh me dio un curso acelerado de cómo realizar la ablución (Wudu),
cómo orar, cómo comportarme, qué hacer y qué dejar de hacer para siempre. El 2
de octubre de 2001, Sameh me pasó a buscar para ir a dar un paseo, y terminamos
en la famosa Mezquita Al-Azhar, y allí realicé mi declaración de que no existe dios
excepto Dios y que Muhammad es Su Mensajero. No hubo nadie que no se haya
emocionado allí. Fue una experiencia para todos los presentes.
Ansiaba que llegase el día en
que todas esas personas que me ayudaron en mi viaje hacia el Islam y yo
pudiéramos celebrar juntos en el paraíso.
Por último, pero no menos
importante, me gustaría agradecer a mi madre por su comprensión en mi decisión
de sumarme al Islam. Tu fe en Dios ha sido una gran fuente de inspiración para
mí a lo largo de toda mi vida. Tu devoción por Dios es un brillante ejemplo
para quienes preguntan “adónde se fueron todos los devotos”. En ti pueden
buscar orientación. Gracias por ayudarme a ser el hombre que soy y el hombre
que quiero llegar a ser. Que Dios te muestre, madre, el camino correcto del
Islam como una extensión de lo que ya eres y un cumplimiento de los fines y la
sabiduría de tu bondad.
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