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Se ha dicho que un viaje de mil
kilómetros comienza con el primer paso. Mi viaje al Islam fue un poco más
complicado, pero al final me llevó a obtener la misericordia de Dios.
Escuché hablar por primera vez
del Islam en 1999 cuando trabajaba para una empresa finlandesa de software. Estaba
buscando en Internet y entré a una sala de Chat. Allí, conocí a una mujer
egipcia que tenía curiosidad sobre la tecnología inalámbrica. Seguimos
chateando y conociéndonos por Internet y hablábamos de los distintos aspectos
de las soluciones inalámbricas y el futuro de la tecnología. En nuestras
charlas, le preguntaba cada vez más sobre el Islam y por qué ella creía lo que
creía. Era muy paciente y entendía mis preguntas, a la vez que era muy buena
explicándome cosas sobre el Islam y las diferencias entre el Islam y el
Cristianismo.
Mi crianza religiosa fue
alentada por mi madre, una devota cristiana con un profundo sentido de
espiritualidad y fe en Dios. En cierta manera, podría decir que el ver su fe a
lo largo de mi crianza me dejó el corazón abierto en búsqueda del verdadero
significado de la vida. Dios me ha bendecido con una madre, que de muchas
formas lleva una vida islámica a través de sus acciones cristianas de todos los
días como tener compasión y entender a quienes la rodean. Mi creciente interés
por el Islam junto con una fe en Dios ya instaurada fue quizás la razón que
necesitaba para comenzar mi viaje. Antes de mi conversión, podría haber sido
considerado un “cristiano tibio”. Básicamente, un cristiano de nombre nada más.
Si bien creía en Dios, no me había sometido a Él considerándolo como el hacedor
y creador de mi destino. Sentía que era algo que mejor lo manejaría yo antes
que dejarlo en manos de Dios. El ser criado en Occidente y sometido a las
influencias que nos bombardean constantemente no ayudaron en esta situación. En
una palabra, se podría decir que vivía bajo mis propias reglas.
A lo largo de un año,
desarrollé una relación comercial y me presentaron varios hombres musulmanes y
concretamos que viajaría a El Cairo. Coincidió que mi viaje fue en el sagrado mes
de Ramadán. Mientras estuve en El Cairo, mis anfitriones ayunaban el mes de
Ramadán, como también todas las otras personas con las que me reuní. Me
intrigaba que todos ayunaban y “desaparecían súbitamente”, para regresar 15
minutos más tarde. Al ser parte del grupo, decidí que también cumpliría con el
ayuno en señal de solidaridad con mis anfitriones. Me fui de El Cairo unas
semanas más tarde pensando en el ritual del cual acababa de participar.
Más adelante volví a El Cairo
por negocios y me reuní con una persona del área de marketing de uno de los
proveedores de Internet más importantes de la ciudad para hablar de la
integración de soluciones inalámbricas en el mercado de El Cairo. Estábamos preparándonos
para Cairo Telecomp, una importante feria de informática y comunicaciones que
exigía muchas noches en vela de preparación. Junto a mi anfitriona, la Srta. Nuha,
trabajábamos día y noche en la presentación que ofreceríamos. Notaba que en
ciertos momentos del día, ella se retiraba súbitamente y volvía 15 minutos
después. Luego de unos cuantos días de interrupciones, le pregunté qué era tan
importante para tener que detenerse en plena preparación. Tímidamente, y luego
de varios minutos de evitar las preguntas, admitió que hacía sus oraciones
diarias en los horarios establecidos. Mi sensación de molestia fue
desapareciendo transformándose en respeto y admiración. Yo también quería
sentir esa importancia de Dios en mi vida. Poco a poco comencé a hacer más
preguntas sobre el Islam y qué significa ser musulmán. Nuha nunca me obligó
sino que amablemente me guiaba hacia la información que yo necesitaba para
aprender más. Me fui de Egipto al final de la Cairo Telecomp, confundido y con un deseo y ardor en mi corazón, sin mencionar una maleta
llena de libros para saciar mi sed de aprendizaje.
Un corto viaje de cuatro días
me trajo nuevamente a El Cairo a fines de marzo de 2001. Mi primera parada fue
donde mi maestra virtual del Islam, para hacerle más preguntas sobre lo que
había leído. El tiempo pasó más rápido de lo que parecía en este viaje ya que
casi no había tiempo en el día para trabajar y hablar sobre el Islam. Algo muy
importante que advertí es que me había enamorado. Mi corazón estaba totalmente
alineado con las amables y cálidas personas que había comenzado a querer y a
sentir como mis amigos. Fue como si Dios hubiera abierto mi corazón a otra
parte de la humanidad que no conocía hasta entonces. Al ser occidental, uno
puede desconfiar o no aceptar los actos básicos de amabilidad que tan a menudo se
ven en el Medio Oriente. Sentí que mi corazón había encontrado un hogar.
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