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Algo sucedió en mi vida que hizo que la poca fe que
tenía desapareciera por completo. Mi búsqueda se había detenido. Ya no
buscaba dentro de mí, en la Biblia o en la iglesia. Me había dado por vencida
momentáneamente. Era una persona amargada, hasta que un día un amigo me regaló
un libro titulado “Diálogo entre cristianos y musulmanes”.
Tomé el libro y lo leí. Me
avergüenzo de decir que durante mi búsqueda, nunca consideré ni una sola vez
otra religión. El Cristianismo era lo único que conocía, y nunca siquiera pensé
en dejarlo. Mi conocimiento del Islam era mínimo. De hecho, estaba lleno de
conceptos errados y estereotipos. El libro me sorprendió. Descubrí que no era
la única que creía que existía un solo Dios. Pedí más libros. Recibí los
libros y también algunos folletos.
Aprendí del Islam desde un
aspecto intelectual. Tenía una amiga cercana que era musulmana y le hacía
preguntas sobre las prácticas islámicas. Nunca consideré al Islam como mi fe.
Muchas cosas del Islam me resultaban extrañas.
Luego de unos meses de leer,
comenzó el mes de Ramadán. Todos los viernes, me sumaba a la comunidad
musulmana local para romper el ayuno y escuchar la recitación del Corán. Hacía
las preguntas que pudiera tener a las otras jóvenes musulmanas. Me asombraba al
ver cómo alguien podía tener tanta certeza en lo que creía y seguía. Me sentía
atraída por esa religión que me causaba extrañeza.
Al haber creído que estaba sola
durante tanto tiempo, el Islam me reconfortó de muchas maneras. El Islam llegó
como un recordatorio para el mundo. Llegó para guiar a las personas por el
camino correcto.
Las creencias no eran lo único
importante para mí. Quería una disciplina con la cual moldear mi vida. No
quería simplemente creer en alguien que fuera mi salvador y obtener así un
pasaje al Paraíso. Quería saber cómo actuar para recibir la complacencia de
Dios. Quería estar cerca de Dios. Quería estar consciente de Dios. Más que
nada, quería tener la oportunidad de llegar al Paraíso. Comencé a sentir que
el Cristianismo no me daba eso, pero el Islam sí.
Continué aprendiendo más. Fui
a la celebración del Eid (día de celebración que sigue al ayuno de Ramadán y al
rito del Hayy) y a las clases semanales [de los viernes] con mis amigas.
Con la religión uno obtiene paz
mental. Una calma general. Esto había sido algo intermitente en mí durante
unos tres años. En los tiempos de intranquilidad, me volvía más susceptible a
las tentaciones de Satán. A principios de febrero de 1997, llegué a la
conclusión de que el Islam era la religión correcta y verdadera. Sin embargo,
no quería tomar decisiones apresuradas. Decidí esperar.
En este lapso de tiempo, las
tentaciones de Satán aumentaron. Puedo recordar dos sueños en que él estuvo
presente. Satán me llamaba hacia él. Después de despertarme de esas pesadillas,
encontré refugio en el Islam. Me encontraba repitiendo el testimonio islámico
de fe (Shahadah). Estos sueños casi me hacen cambiar de opinión. Se
los conté a mi amiga musulmana. Ella me sugirió que a lo mejor Satán intentaba
alejarme de la verdad. Nunca lo había pensado de esa forma.
El 19 de marzo de 1997, luego
de regresar de una clase semanal, recité para mí misma el testimonio islámico
de fe (la Shahadah). Luego, el 26 de marzo, lo recité ante testigos y
me convertí oficialmente en musulmana.
No puedo expresar la alegría
que sentí. No puedo expresar el peso que me saqué de encima. Finalmente tenía
paz en mi mente.
Han pasado cinco meses desde
que recité la Shahadah. El Islam me ha hecho una mejor persona. Soy
más fuerte ahora y entiendo más las cosas. Mi vida cambió de forma
significativa. Tengo un propósito ahora. Mi propósito es demostrarme a mí
misma que soy digna de una vida eterna en el Paraíso. Ya tuve mi larga
búsqueda de la fe. La religión es parte de mí todo el tiempo. Lucho todos los
días para ser la mejor musulmana posible.
La gente se sorprende de cómo
una joven de quince años puede tomar una decisión tan importante en la vida. Estoy
agradecida de que Dios me haya bendecido con este estado mental con el que fui
capaz de encontrar Su guía siendo tan joven.
Es difícil luchar por ser un
buen musulmán en una sociedad dominada por cristianos. Vivir con una familia
cristiana es aún más difícil. Sin embargo, intento no desalentarme. No deseo
vivir en mi predicamento actual, pero creo que mi esfuerzo simplemente me hace
más fuerte. Una vez alguien me dijo que soy mejor que algunas personas que
nacieron en un hogar islámico, pues tuve que buscar, experimentar y darme
cuenta de la grandeza y la misericordia de Dios. He adquirido el razonamiento
de que setenta años de vida en este mundo no se comparan en nada a la vida
eterna en el Paraíso.
Debo admitir que carezco de la
aptitud para expresar la grandeza, la misericordia y la gloria de Dios. Espero
que mi relato haya ayudado a otros que pueden estar sintiéndose como yo me
sentí, o luchando de la manera en que yo luché.
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