|
“No hay otro dios mas que Dios,
y Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, es su mensajero”.
Estas son las palabras del testimonio
de fe Shahadah, creo.
El creador es conocido por
muchos nombres. Su sabiduría es siempre reconocida, y su presencia se manifiesta
en el amor, la tolerancia y la compasión presente en nuestra comunidad.
Su profunda habilidad para
guiarnos desde el individualismo de la Guerra tan desenfrenado en la sociedad norteamericana a una creencia en la gloria y dignidad de la familia humana
del Creador, y nuestras obligaciones a un miembro dentro de esta familia. Esto
describe la maduración de una personalidad espiritual, y tal vez la maduración más
deseable del ser psicológico, también.
Mi camino hacia la Shahadah comenzó
cuando un admirado director, Tony Richardson, murió de sida. El Sr. Richardson ya
era un brillante profesional reconocido internacionalmente cuando lo conocí en
el backstage de la obra Luther a los 14 años.
Escribir obras siempre ha sido
para mi una manera de encontrar grados de reconciliación espiritual y
emocional, las dos dentro de mi mismo y entre mi persona y un mundo que encontré
algo brutal debido a circunstancias de mi niñez. En lugar de pelear con el
mundo, dejé que mis conflictos volaran en mis obras. Sorprendentemente, algunos
de nosotros hasta crecimos juntos.
Por lo tanto, comencé a
acumular créditos (producciones y conferencias en el escenario), comenzando a
los 17 años, siempre retuve la esperanza de que algún día cumpliría mi sueño
desde mi niñez de estudiar y trabajar con el Sr. Richardson. Cuando siguió su
homosexualidad a Norteamérica (desde Inglaterra) y una comunidad promiscua, el
sida lo mató, y con él se fue otra porción de mi sentido de pertenencia a la
sociedad norteamericana.
Comencé a mirar fuera de la
sociedad norteamericana y occidental hacia la cultura islámica para más
orientación.
¿Por
qué en el Islam y no en otro lado?
Los ancestros de mi madre biológica
eran judíos españoles que vivieron entre los musulmanes hasta que la inquisición
los expulsó de la comunidad judía en 1492. En mi memoria histórica, que sentí
en un profundo nivel, la llamada del muecín es tan profunda como la calma en el
océano, la afirmación del amor frente a la opresión.
Sentí el nacimiento de una
historia dentro de mí y el drama tomó forma cuando conocí la humanidad de un
Califa Otomano hacia los refugiados judíos en los tiempos de la expulsión de
mis ancestros. Dios guió mi aprendizaje, y yo aprendí acerca del Islam por
figuras tan diversas como el Imam Siddiqi de la asociación islámica de South Bay;
la hermana Hussein de Rahima; y la adorada hermana adoptada, Maria Abdin, que
es una norteamericana nativa, musulmana y escritora de la revista SBIA, IQRA. Mi
primera entrevista fue en una carnicería halal [la carne degollada acorde al
rito islámico] en el Distrito de la Misión de San Francisco, donde mi entendimiento del modo de vida islámico fue profundamente afectado por la primera mujer
musulmana que conocí: una clienta que vestía hiyab, se comportaba con una
adorable bondad y gracia y también leía, escribía y hablaba cuatro lenguas.
Su resplandor, acompañado con
su asombrosa (para mi) nula arrogancia, afectó profundamente a los comienzos de
mis conocimientos de cómo el Islam podía afectar el comportamiento humano.
Poco sabía en ese entonces que
estaba por nacer una nueva musulmana.
El curso de mi investigación me
introdujo más en el Islam que los hechos, porque el Islam es una religión
viviente. Aprendí cómo los musulmanes se conducen a si mismos con una dignidad
y bondad que los coloca sobre encima del mercado de esclavos sexuales de Norteamérica
y la violencia. Aprendí que los hombres musulmanes y las mujeres pueden de
hecho estar en la presencia del otro sin romperse en pedazos, verbal y físicamente.
Y aprendí que el vestido modesto, percibido como un estado espiritual, puede
mejorar el comportamiento del ser humano y garantizar al hombre y a la mujer un
sentido de valor espiritual propio.
¿Por
qué esto parece tan sorprendente y tan increíblemente nuevo?
Como la mayoría de las mujeres Norteamericanas,
yo crecí en un mercado de esclavitud, comprendido no solo por la enfermedad
sexual de mi familia, sino por el constante juicio negativo de mi apariencia
comenzando en edades tan tempranas como los siete años. La sociedad norteamericana
me enseñó desde una temprana edad que mi valor como ser humano consistía
simplemente en mi atractivo (o, en mi casa en la falta de este). No es
necesario decir, en esta atmósfera, que niños y niñas, hombres y mujeres, a
menudo crecen para resentirse el uno al otro profundamente, dado el deseo
desesperado de aceptación de los pares, que parece casi si no totalmente
dependiente no de nuestra bondad o compasión o incluso inteligencia, pero en
vistas y en percepción de esas miradas de los otros.
Mientras que no esperaba o
buscaba la perfección humana entre los musulmanes, las diferencias sociales son
profundas, y casi increíbles para alguien como yo.
No pretendo tener ninguna
respuesta para estos conflictos del Medio Oriente, excepto de lo que los
profetas, amados en el Islam, ya ha expresado. Mis discapacidades no me dejaban
ayunar, ni rezar con las mismas posturas que la mayoría de los musulmanes.
Pero yo amo y respeto el Islam
y he llegado a conocerlo a través del comportamiento y las palabras de los
hombres y las mujeres que conocí en AMILA (American Muslims Intent on Learning
and Activism) y en otros lados, donde encontré libertad de los crueles
conflictos emocionales y un sentido de inmensa espiritualidad.
¿Qué
más siento y creo acerca del Islam?
Apoyo y admiro profundamente el
respeto de los musulmanes por la educación sexual; por los derechos de la mujer
así como de los hombres en la sociedad, por la vestimenta modesta; y mas que
nada por la sobriedad y el matrimonio, a las mas profundas fuentes de mi vida,
ya que ya llevo 21 ½ años felizmente casada. Cuán hermoso es sentir que
millones de personas musulmanas comparten mi fe en el desarrollo del carácter
que nos permite el matrimonio, y también en mi decisión de permanecer libre de
drogas y alcohol.
¿Cuál
es, entonces, el mayor regalo del Islam?
En una sociedad que se nos
presenta con constante presión para inmolarnos a nosotros mismos en los altares
del instinto desenfrenado sin respeto por las consecuencias, el Islam nos pide
considerarnos seres humanos creados por Dios con la capacidad de
responsabilidad en nuestras relaciones con los otros. A través de la plegaria,
la caridad y el compromiso de sobriedad y educación, si seguimos el camino del
Islam, tenemos la oportunidad de criar niños que serán libres de la violencia y
explotación que está robando a padres y niños de escuelas y barrios seguros, y
a menudo sus vidas.
|