Dios se convierte en un hombre
La creencia cristiana en la encarnación
de Dios tiene sus orígenes en las creencias de los antiguos griegos. Los
diversos términos utilizados para describir a Dios convertido en hombre se
encuentran en el Evangelio de Juan 1:1 y 1:14, “En el principio era el Verbo
(logos), y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Juan continúa
diciendo: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia
y de verdad…” (RVR 1995). Si bien el término griego logos se
traduce como “palabra” (o “verbo”), no existe un equivalente exacto en nuestro
idioma. Su importancia radica en su uso como vocablo técnico en el pensamiento
metafísico griego desde el siglo VI a.C. hasta el siglo III de la era
cristiana, y en su apropiación por parte de pensadores judíos y cristianos. Primero
apareció en las expresiones de Heráclito (540-480 a.C.) como el principio
motivador del universo, pero para la época de Aristóteles fue suplantado por el
poder inmaterial nous y convertido en poder material. Logos
reapareció en el sistema de los Estoicos, quienes denominaron a su principio de
teología tanto logos como Dios. Filón (fallecido en el año 50 de nuestra era),
filósofo judío alejandrino, identificó la palabra creativa del Antiguo
Testamento con el logos de los Estoicos. El logos pasó a ser un
principio trascendente, como el medio a través del cual Dios se expresa en el
mundo. Pero logos también tenía una función redentora; era el medio
hacia una naturaleza espiritual más elevada. En el Evangelio de Juan, el logos
es creador y redentor a la vez; el segundo aspecto recibe un mayor énfasis en
relación al primero.
Esta creencia exigía una razón, para la
cual se inventó el concepto del pecado original y del divino sacrificio. Se
decía que, debido al pecado de Adán, que se acumuló a través de las
generaciones hasta que fue tan grande que no habría sacrificio humano que
pudiera eliminarlo, era necesario un sacrificio divino. En consecuencia, Dios
tuvo un hijo humano, que era Dios mismo encarnado. Más tarde, el hijo de Dios
murió en una cruz como sacrificio a Dios para toda la humanidad. El hijo, que
es Dios mismo, resucitó luego y hoy se sienta a la derecha del trono de Dios,
esperando para juzgar a la humanidad cuando llegue el fin del mundo. Por eso
para los cristianos, una quinta parte de la humanidad, Dios se convirtió en
hombre en un solo momento de la historia de este mundo, y creer en Su
encarnación es esencial para la salvación.
Los hombres se convierten en Dios
Desde la perspectiva de la humanidad de
Jesús, la creencia cristiana de que él es Dios puede ser percibida como la simple
elevación de un ser humano a un estatus divino. Sin embargo, existe otro
conjunto de creencias entre algunos seguidores del Islam que, al igual que el
hinduismo y el budismo, ofrecen a los seres humanos la oportunidad de
convertirse en Dios.
El origen de esas creencias puede
encontrarse en el misticismo, cuyas raíces se hallan en las antiguas religiones
misteriosas griegas. El misticismo se define como una experiencia de
unión con Dios, y la creencia de que el principal objetivo del hombre en la
vida está en buscar esa unión. El filósofo griego Platón propuso este concepto
en sus escritos, especialmente en su Simposio. En él describe cómo el
alma humana puede ascender espiritualmente, hasta que finalmente se hace uno
con Dios nuevamente. La base de esta creencia es la enseñanza de que los seres humanos
son, de hecho, partes de Dios que han quedado atrapadas en este mundo material.
El cuerpo físico recubre el alma humana. Consecuentemente el alma, en su
opinión, es divina. La parte de Dios que está atrapada en este mundo debe
liberarse del mundo material y reunirse con Dios.
Entre los musulmanes surgió una secta
que promovió la misma idea. Sus seguidores son llamados tradicionalmente “Sufis”,
y su sistema de creencias es llamado “Sufismo”. Este término se traduce
habitualmente como “misticismo” o “misticismo islámico”. Se basa en el mismo
concepto que el de la mística griega – que dice que el alma humana es divina y
que la manera en que se reúne con Dios es a través de ciertos ejercicios
espirituales. Diversos grupos de Sufis evolucionaron hacia cultos llamados “Tariqahs”
(caminos). Cada culto recibía el nombre de su fundador real o supuesto, y cada
uno tenía sus propios ejercicios espirituales, los cuales sus miembros cumplían
estrictamente. La mayoría enseñaba que después de que los seguidores llevaran
a cabo los ejercicios espirituales, emocionales y físicos prescritos, se unificarían
con Dios. Esta unión recibió el nombre árabe de fanaa, que significa
“disolución” o wusuul, que significa “llegada”. El concepto de “unidad
con Dios” fue rechazado por los estudiosos musulmanes tradicionales, pero
aceptado por algunas masas. En el siglo X, un devoto Sufi, Al-Hallaaj
(858-922), anunció públicamente que él era Dios, y escribió poemas y un libro
llamado Kitaab at-Tawasin con ese fin. En él escribió: “Si no reconoces
a Dios, al menos reconoce Su signo; soy la única verdad absoluta porque a
través de la verdad soy la verdad eterna. Mis amigos y maestros son Iblís y el Faraón. Iblís fue amenazado con el Infierno, porque no
admitía que hubiera nada entre él y Dios, y aunque me maten y crucifiquen, y me
corten las manos y los pies, no me retractaré”.
Ibn ‘Arabi (fallecido en 1240) llevó el
concepto de unidad con Dios un paso más allá, afirmando que sólo existe Dios. En
una de sus obras escribió lo siguiente: “Gloria a Él, quien hizo aparecer todas
las cosas, a la vez que constituye su esencia”. Y en otro libro escribió: “Él es la esencia de todo lo que
aparece, y Él es la esencia de lo que está oculto cuando Él aparece. Quien Lo
ve es sólo Él y nadie se oculta de Él porque Él aparece ante Él mismo, a la vez
que está oculto”. Ese concepto es llamado Wahdatul-wuyud (unidad de la existencia)
y se hizo muy popular entre los Sufis en todo el mundo musulmán.
¿Por qué?
¿Qué fue lo que llevó a la gente a
creer que Dios se hizo hombre o que Dios y el hombre eran uno solo? La razón
fundamental era la incapacidad que esta gente tenía para entender o aceptar el
concepto de que Dios creó este mundo a partir de la nada. Ellos percibían a
Dios como a ellos mismos, creando cosas a partir de lo que ya existe. Los
humanos crean cosas manipulando lo que ya existe y modificando su estado, su
forma y su apariencia, para darles distintas funciones. Por ejemplo, una mesa
de madera fue alguna vez un árbol en el bosque, y sus clavos y tornillos alguna
vez fueron vetas de hierro en las rocas subterráneas. Los humanos cortaron el
árbol y le dieron forma de mesa; extrajeron el hierro, lo fundieron, y le
dieron la forma a las piezas que componen la mesa. Luego unieron todas las partes
para así crear la mesa con sus distintos usos. De igual manera, las sillas
plásticas en las que nos sentamos alguna vez fueron petróleo líquido,
almacenado en las entrañas de la tierra. Es imposible imaginarnos sentados
sobre petróleo de la misma manera que nos sentamos sobre una silla. Sin embargo,
gracias a la capacidad humana de manipular los componentes del petróleo, se
produce el plástico y se fabrican las sillas para que los humanos se sienten en
ellas. Esa es la esencia de la actividad humana; los humanos simplemente modifican
y transforman lo que ya existe. No crean los árboles ni producen el petróleo.
Cuando hablan de producción de petróleo, en realidad se está hablando de
extracción. El petróleo fue creado a través de millones de años de procesos
geológicos; luego los humanos lo extrajeron de la tierra y lo refinaron. Tampoco
crearon los árboles. Aún si los hubieran plantado, no crearon las semillas
originales.
En consecuencia, los humanos, en su ignorancia de Dios, a menudo conciben a Dios como un ser igual a ellos. Por ejemplo, en el
Antiguo Testamento dice lo siguiente: “Dios creó al hombre a su imagen, a
imagen de Dios lo creó”. Para los hindúes, Purusa es el Dios creador,
Brahma, en su forma humana; y tal como los humanos crean manipulando el mundo
existente que los rodea, el dios creador debe hacer lo mismo.
Según la filosofía Hindú, Purusa
es un retoño gigante de Brahma, con mil cabezas y mil ojos. De él surgió Viraay,
su contraparte femenina y compañera en el proceso de creación. Purusa
es también la ofrenda de sacrificio (vv. 6-10), y de su cuerpo desmembrado
surgieron las cuatro castas sociales tradicionales (varnas). El himno de Purusa sostiene que los Brahmanes eran la boca
de Purusa; los Ksatriyas (nobles), sus brazos; los Vaishyas,
sus muslos; y los Shudras, sus pies. La incapacidad de los hindúes de concebir a Dios como creador de
este mundo a partir de la nada, los llevó al concepto de que Dios creó al mundo
a partir de sí mismo, y a su pueblo a partir de las distintas partes de Su
cuerpo.
La capacidad humana de entender las
ideas y conceptos es limitada. Los seres humanos no pueden captar ni entender
lo infinito. La creencia que Dios le enseñó a Adán, era que Dios creó este
mundo a partir de la nada. Cuando Él quería que algo existiese, simplemente lo
decía y Su orden hacía que existieran aquellas cosas que antes no existían. Este mundo y su contenido no fueron
creados a partir de Dios mismo. De hecho, el concepto de Dios como creador del
mundo a partir de Sí mismo, reduce a Dios al nivel de sus criaturas, quienes
simplemente crean algo a partir de otra cosa ya existente. Aquellos que
sostenían y siguen sosteniendo esa creencia, son incapaces de captar el
carácter único de Dios. Él es Único y no existe nada como Él. Si Él hubiera
creado el mundo a partir de Sí mismo, sería como Sus criaturas.
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