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Tarde o temprano, en algún momento de nuestra vida, todos nos
preguntamos “¿Quién nos ha creado?” Y “¿para qué estamos en este mundo?”.
De hecho, podríamos preguntar “¿Quién creó
todo este mundo?”; Algunos hablan del Big Bang y la evolución, mientras que
otros hablamos de Dios. Responder “No lo se” no resulta deseable, ya
que si bien esta respuesta no implica negar la existencia de Dios, tampoco la
afirma.
Ahora bien, examinemos brevemente la teoría del Big
Bang; esta teoría, explica el origen del universo a partir de un pequeño núcleo
original o nube de polvo primordial; pero no nos dice nada sobre el
origen de esta nube de polvo primordial o sobre la causa ulterior detrás de estos
fenómenos físicos que describe la teoría, que en definitiva, sólo menciona lo
que ocurre con la materia y la energía, pero no puede explicar de dónde
proviene esta nube de polvo original, que además debió necesariamente
contener toda la materia que conforma nuestra galaxia y de los billones de
galaxias que existen en el universo conocido. Y entonces, ¿de dónde proviene
toda esta materia? ¿Quién o qué creó esta nube de polvo primordial?
De manera similar, la teoría de la evolución intenta explicar
el desarrollo de las especies mediante la clasificación de fósiles, pero no explica
ni se pronuncia sobre el punto central de la vida humana: el alma.
Resulta evidente que quien estudie las ciencias de la
naturaleza, la biología o la física, no tardará en notar que en el universo
está la firma del Creador. Ahora
bien, que la gente decida negar o aceptar estas evidencias es otro asunto. El punto
es, si vemos una pintura, sabemos que hay un pintor, si vemos una escultura, sabemos
que hay un escultor, si vemos una vasija, sabemos que hay un alfarero. Entonces,
cuando vemos la creación ¿porqué no deberíamos suponer que hay un Creador?
Considerar que el universo se formó a partir de una
explosión y luego por una serie de causas aleatorias se llegó a un perfecto
equilibrio, o que la selección natural es suficiente para que se desarrollen
organismos tan complejos como los existentes, es igual a creer que si hacemos
explotar muchas bombas en un campo vacío, tarde o temprano encontraremos que
alguna de las explosiones colocará junto a nosotros un inmaculado Mercedes, es
obvio que estas teorías no son más que el fruto de un ferviente deseo de encontrar
una respuesta, y no mucho más que eso.
Resulta muy evidente que sin un principio ordenador,
todos los complejos sistemas del universo degenerarían en el caos, sin embargo
las teorías del big bang y la evolución, intentan presentar la idea opuesta, en
otros términos, “del caos surge el orden y la perfección”. Pero resulta más
racional suponer que el big bang y la evolución pueden ser procesos controlados.
¿Controlados por quién? Evidentemente por Un Creador.
Existe un cuento árabe sobre un beduino que esperaba
encontrar en el desierto un majestuoso palacio junto a un oasis. Cuando
alguien le preguntó cómo esperaba encontrar esto en un desierto estéril
respondió que, obviamente, por las fuerzas de la naturaleza, el viento cortaría
la piedra y la acomodaría en perfecto orden formando las paredes, cúpulas y
torres, luego despojaría a las ovejas de su lana y tejería hermosos tapices y
alfombras que el mismo viento se encargaría de colocar en la ubicación correcta
en el recién construido palacio, de la misma forma el viento traería madera
para las puertas y ventanas. Además el viento fundiría la arena para producir
cristales hermosos y perfectamente simétricos para las ventanas. Todo el
proceso tardaría millones de años y sólo ocurriría en un solo lugar de la
tierra, y todo por meras coincidencias.
Lo grotesco de esta respuesta evidencia nuestro tema
central, un palacio requiere un arquitecto, no coincidencias. Entonces ¿a Qué
o a Quién consideraremos Creador de este complejo universo y de nuestra propia compleja
existencia?
Un argumento clásico de los ateos, es observar las
supuestas imperfecciones en la creación. Argumentan: “¿Cómo puede existir un
Dios si ocurre esto y aquello?”. Este discurso hace referencia desde los
desastres naturales hasta los defectos de nacimiento, desde un genocidio al
cáncer de la abuela. Sin embargo este razonamiento es un sofisma, ya que
implica creer que la creación necesariamente debe ser perfecta, que si existe
un Creador, necesariamente hubiera hecho nuestras vidas perfectas y hubiese
establecido una perfecta justicia en la tierra.
Mmm… parece un argumento muy poco convincente. ¿Hay
otra opción?
Nosotros simplemente diremos que Dios no diseñó la vida
en esta tierra para que sea perfecta, sin embargo, sabemos que existe un premio
o un castigo por nuestras obras, en la otra vida, y que en el día del juicio
Dios evidenciará la perfecta justicia. En apoyo a esta postura podemos
mencionar que los rectos y virtuosos muchas veces sufren injusticias en este
mundo: ¿qué podemos decir sobre los profetas?, ¿y cómo pretendemos alcanzar el
paraíso, sino manteniéndonos firmes en nuestra fe frente a las adversidades de
la vida?
Siguiendo esta línea de razonamiento, espero que por lo
menos lleguemos a un acuerdo acerca del primer “gran interrogante”. ¿Estamos
por lo menos de acuerdo que si nosotros somos creación, Dios es el creador?
Si no consideramos, a pesar de razonar, que Dios es
efectivamente El Creador, no tiene sentido continuar razonando, si por el
contrario, has llegado a la conclusión de que es Dios El Creador, podemos
continuar con la segunda de estas grandes preguntas ¿por qué fuimos creados?. O,
en otras palabras ¿Cuál es el propósito de nuestra vida?
Copyright © 2007 Laurence B. Brown.
About the Author:
Laurence B. Brown, MD, can be contacted at BrownL38@yahoo.com.
He is the author of The First and Final Commandment (Amana Publications)
and Bearing True Witness (Dar-us-Salam). Forthcoming books are a
historical thriller, The Eighth Scroll, and a second edition of The
First and Final Commandment, rewritten and divided into MisGod’ed
and its sequel, God’ed.
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