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Cuando nació mi segunda hija, en el
invierno de 1990, fue rápidamente trasladada de la sala de partos a la unidad neonatal
de cuidados intensivos, donde se le diagnosticó contracción de la aorta. Esto
significa un estrechamiento crítico en el vaso principal del corazón. De pies a
cabeza el color de su piel era gris plomo azulado, su cuerpo no recibía
suficiente sangre, así que sus tejidos se estaban asfixiando. Cuando supe el diagnóstico
quedé devastado. Siendo médico, entendía que esto representaba una cirugía torácica
de emergencia, con pocas posibilidades de supervivencia a largo plazo.
Un cirujano cardiotorácico
de consulta, del otro lado del pueblo, fue llamado al hospital pediátrico en
Washington D.C., y con su llegada se me pidió que me retirara de la unidad de
cuidados intensivos ya que me encontraba excesivamente emotivo. Sin compañía
alguna salvo mis miedos y sin sitio alguno que me contuviera mientras aguardaba
el resultado de la observación del médico, me dirigí a la sala de oración del
hospital, donde me desplomé sobre mis rodillas. Por primera vez en mi vida recé
con sinceridad y compromiso. Habiendo sido ateo toda mi vida, esa fue la
primera vez que reconocí a Dios, diría incluso que parcialmente. Digo parcialmente,
porque aún en ese momento de pánico no creía completamente, y recé una oración
algo escéptica en la que le prometí a Dios, si es que había un Dios, que si
salvaba a mi hija yo entonces buscaría y practicaría la religión que más Le complaciera.
Diez o quince minutos después, cuando regresé a la UCI neonatal, quedé conmocionado
cuando el médico consulto me dijo que mi hija estaría bien. Tal como había
dicho, luego de dos días su situación se resolvió sin medicina ni cirugía, y de
hecho creció como una niña absolutamente normal.
Sí, sé que hay una explicación médica para ello. Como dije, soy médico. Cuando
el médico consulto me explicó sobre la manifestación de un ducto arterioso
permeable, baja oxigenación y eventualmente una resolución espontánea, comprendí.
Simplemente no lo creía, menos aún el especialista de UCI neonatal que había
hecho el diagnóstico. Todavía recuerdo verlo de pie, mudo y con su cara en
blanco. Con todo, al final el médico consulto estuvo en lo cierto y la
condición retrocedió espontáneamente, y mi hija, Hannah, dejó el hospital como una
bebé normal en todos los aspectos. Muchos de los que le hacen promesas a Dios
en momentos de pánico encuentran o inventan excusas para librarse de su parte
del compromiso en cuanto pasa el peligro. Como ateo, hubiese sido fácil
mantener mi incredulidad atribuyendo la recuperación de mi hija a la
explicación médica en vez de Dios. No pude. Se tomó un ultrasonido cardíaco antes
y después, mostrando la compresión un día y su desaparición en el próximo; y en
lo único en que podía pensar era que Dios había cumplido con su parte del trato
y que yo debía cumplir con la mía. Aún habiendo una explicación médica adecuada,
eso también se encontraba bajo el control de Dios Todopoderoso, de modo que Dios
eligió efectuar Su decreto. Había respondido a mi oración. Punto. No acepté
otra explicación entonces y no la aceptaré ahora.
En los años que siguieron, aunque me
esforcé por cumplir con mi parte del compromiso, fallé. Estudié judaísmo y un sinnúmero
de sectas cristianas, pero nunca sentía que había encontrado la verdad. Luego,
asistí a una gran variedad de iglesias cristianas, pasando el período más largo
de tiempo con la Iglesia Católica Apostólica Romana. Sin embargo, no acepté la
fe cristiana. Jamás pude, por la simple razón de que no podía conciliar las
enseñanzas bíblicas de Jesús con las enseñanzas de las diversas sectas del cristianismo.
Al final solamente me quedé en casa y leí; fue en aquel entonces cuando me presentaron
el Sagrado Corán y la biografía de Muhammad escrita por Martin Lings, titulada
“Muhammad, su vida basada en las fuentes más
antiguas”.
Durante mis años de estudio había encontrado
en las escrituras judías la mención de tres profetas que seguirían a Moisés. Siendo
Juan el Bautista y Jesucristo dos de ellos, de acuerdo al Antiguo Testamento, faltaba
uno; mientras que en el Nuevo Testamento el mismísimo Jesucristo se refirió a un
profeta final al que se debía seguir. No fue hasta que descubrí la enseñanza del
Sagrado Corán respecto a la unicidad de Dios, tal como Moisés y Jesucristo
habían señalado, que comencé a considerar a Muhammad como el profeta final presagiado;
y no fue hasta que leí la biografía de Muhammad que me convencí. Y cuando me
convencí, repentinamente todo pasó a tener sentido. La continuidad en la cadena
de profetas y revelaciones, la Unidad de Dios Todopoderoso y la culminación de
la revelación en el Sagrado Corán repentinamente cobraron sentido, y a partir
de ese instante me volví musulmán.
Muy listo, ¿eh? No, para nada. Me
equivocaría enormemente si creyera que lo deduje por mi cuenta. Una de las lecciones
que he aprendido en estos diez años como musulmán es que hay muchas personas
mucho más inteligentes que yo; excepto quienes todavía no han descubierto la
verdad del Islam. En realidad, no es una cuestión de inteligencia sino de
esclarecimiento, pues Allah reveló que quienes descrean permanecerán en la incredulidad,
aún habiendo sido advertidos, ya que el castigo por haber negado a Allah es que
les serán negados los tesoros de Su verdad. Así indica Allah en el Sagrado
Corán:
“Por cierto que a los incrédulos les da lo mismo
que les adviertas o no. No creerán. Dios ha sellado sus corazones y sus oídos,
sus ojos están tapados y recibirán un castigo terrible”. (Corán 2:6-7)
Por otro lado, las buenas noticias son
que...
“…Quien crea en Dios, Él guiará su corazón”. (Corán
64:11)
“…Dios elige [para que acepte la fe] a quien
quiere, y guía hacia Él a quien se arrepiente”. (Corán 42:13)
…Y:
“…Dios guía a quien Él quiere hacia el sendero
recto”. (Corán 24:46)
Agradezco a Dios porque Él decidió
guiarme, y atribuyo esta instrucción a una simple fórmula: el reconocimiento de
Dios, rezarle a Dios únicamente, la promesa sincera de buscar y practicar Su
religión verdadera, y luego, habiendo recibido Su piedad, MATERIALIZARLA.
Copyright © 2007 Laurence B. Brown; usado
bajo permiso.
El Dr.
Laurence B. Brown es el autor de The Eighth Scroll [El Octavo
Rollo], descrito por el Senador del Estado de Carolina del Norte, Larry Shaw,
como “Indiana Jones se encuentra con El Código Da Vinci. The Eighth
Scroll es un thriller
espeluznante, controversial e irresistible que desafía los puntos de vista
occidentales sobre la humanidad, la historia y la religión. Sin lugar a dudas,
¡el mejor libro en su clase!” El Dr. Brown también es el autor de tres libros
académicos de religión comparativa: MisGod'ed, God'ed y Dando
Verdadero Testimonio (Dar-us-
Salam). Sus libros y artículos pueden ser encontrados en sus sitios web: www.EighthScroll.com y www.LevelTruth.com, y están disponibles
para la compra a través de amazon.com.
Laurence B. Brown, MD, puede contactarse a través de BrownL38@yahoo.com
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