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Muchos argumentos ateos cuestionan
la compatibilidad de un Dios amoroso con las injusticias percibidas de la vida.
La religión identifica esos reclamos como reflejos de la arrogancia del
intelecto –asumir que nosotros, como humanidad, siendo nosotros mismos un
elemento de la creación, conocemos mejor que Dios cómo debería estar ordenada
Su creación– junto con la incapacidad de apreciar un diseño mayor.
El hecho de que muchos humanos
sean incapaces de hallarle sentido a ciertos aspectos de esta vida, no debe
disuadirnos de creer en Dios. El deber del hombre no es cuestionar o negar los
atributos o la presencia de Dios, ni inclinarnos a la arrogancia de creernos
capaces de hacer un mejor trabajo, sino aceptar el papel del ser humano en esta
vida y hacer lo mejor que podamos con lo que nos ha sido dado. Por analogía, el
hecho de que a una persona no le guste la forma en que su jefe hace las cosas
en el trabajo y no logre comprender las decisiones que él toma, no niega su
existencia. Por el contrario, el deber de cada quien es cumplir con las
obligaciones de su cargo para obtener su paga y ser promovido. Del mismo modo,
la incomprensión o la aceptación de la forma en que Dios ordena Su creación no
niega Su existencia. Más bien, la humanidad debe reconocer con humildad que, a
diferencia del jefe del trabajo, quien puede estar equivocado, Dios –por
definición– es perfección absoluta, siempre está en lo correcto y nunca
se equivoca. La humanidad debe inclinarse ante Él en sumisión voluntaria, y en
reconocimiento de que la incapacidad de comprender Su diseño por nuestra parte
no refleja errores de Su parte. Al contrario, Él es el Señor y Maestro de la
Creación y nosotros no, Él lo sabe todo y nosotros no, Él ordena todos los
asuntos de acuerdo a Sus atributos perfectos, y nosotros simplemente nos
mantenemos como Sus siervos durante el viaje de nuestras vidas.
Las almas confundidas y
sensibles que encuentran difícil reconciliar la existencia de Dios con una vida
dura y dolorosa, a menudo merecen simpatía y explicación. Si una persona acepta
el hecho de que Dios sabe lo que Él está haciendo y nosotros no, se sentirá más
cómoda con el entendimiento de que en el fondo las cosas no son como parecen a
simple vista. Quizás los miserables entre la humanidad merecen su suerte en la
vida por razones imprevistas, y quizás ellos sufren sólo durante una corta vida
mundana para recibir una recompensa eterna en la siguiente vida. No debemos
olvidar que Dios le concedió a los favoritos de Su creación (es decir, a los
profetas) el mayor regalo mundano: seguridad, guía y revelación. Sin embargo,
ellos sufrieron mucho en términos mundanos. De hecho, las pruebas y
tribulaciones de la mayoría de la gente palidecen en comparación con aquellas de
los profetas. Así que aunque mucha gente sufre terriblemente, el mensaje de
esperanza es que los arquetipos de los favoritos de Dios –es decir, los
profetas– fueron privados de los placeres de este mundo a cambio de las
recompensas en el próximo. Una persona así puede esperar una recompensa
comparable para aquellos que soportan las pruebas y dificultades de esta vida,
permaneciendo firmes en la fe verdadera.
Del mismo modo, una persona no
puede ser culpada por esperar que los tiranos y opresores incrédulos tengan
todos los disfrutes de este mundo, pero ninguno del último. Algunos de los
prisioneros del Infierno se nos vienen a la mente. El Faraón, por ejemplo,
vivió una vida de opulencia y lujo al punto de proclamarse a sí mismo el dios
supremo. Muy probablemente las opiniones cambiaron cuando se tiró un gas. En
todo caso, una persona puede esperar razonablemente que él esté un poco
insatisfecho con su actual morada chamuscada; y los recuerdos de sus alfombras
mullidas, comidas finas y doncellas perfumadas habrán perdido su encanto como
consuelo, dado el calor del momento.
Mucha gente ha tenido la
experiencia de terminar un gran día de mal humor debido a algún incidente
amargo en la conclusión de eventos. Nadie valora una comida gourmet si
termina en divorcio, un interludio romántico recompensado con el SIDA, o una
noche de fiesta culminada con un asalto brutal o un paralizante accidente de
tránsito. ¿Qué tan bueno pudo ser? Del mismo modo, no hay disfrute en esta
vida, no importa qué tan grande sea el éxtasis y cuánto dure, que no sea
borrado instantáneamente de la memoria por un cuerpo quemado al 100%. Un lado
de una mano representa el 1% del área superficial total del cuerpo humano, lo
cual implica que quemarse en la cocina una fracción de la punta de un dedo es
menos que quemarse una milésima del área total de la superficie del cuerpo. Sin
embargo, ¿quién no se olvida de todo lo pequeño, de todo lo grande, de todo
durante ese momento de dolorosa aflicción térmica? La agonía de un cuerpo
totalmente quemado, especialmente si no hay recuperación –sin vuelta atrás, sin
posibilidad de hacerlo a un lado– está más allá de la capacidad de la
imaginación humana. Los pocos que han sobrevivido a tales quemaduras
concordarán. No sólo la tortura de un quemado total excede los límites de la
imaginación humana, sino que la agonía de la experiencia supera los límites del
lenguaje. El horror no sólo no puede ser expresado adecuadamente por los
infortunados que han tenido la experiencia, sino que no puede ser completamente
entendido por aquellos que han sido bendecidos con escapar de tal iniciación.
Ciertamente, puede esperarse que un laaaaaaaargo y eterno baño de cuerpo entero
en el fuego borre cualquier recuerdo placentero del pasado, lo que es
consistente con la conclusión de que…
…¿Qué es la vida mundanal comparada
con la otra, sino un goce ilusorio? (Corán 13:26)
Respecto al tema del presente
apéndice,
dos elementos de conciencia rectora merecen consideración. El primero, es que
todas las personas tienen en el fondo un conocimiento innato de la presencia
del Creador. La humanidad puede alejar intelectualmente este conocimiento en
búsqueda de las comodidades y placeres de este mundo; pero, en el fondo, toda
la humanidad sabe la verdad. Lo que es más, Dios sabe que nosotros
sabemos, y sólo Él puede calcular el nivel de rebelión y/o sumisión individual
hacia Él.
El segundo elemento que nos
ayuda a despertar la conciencia espiritual es entender que simplemente las
cosas no caen del cielo. Es raro que alguien obtenga algo por nada. Si un
hombre trabaja para un jefe al que no entiende o con el que no está de acuerdo,
al final todavía tiene que hacer su trabajo para ganar su sueldo. Nadie va a
trabajar (no por mucho tiempo, en todo caso) y no hace nada más que decir
“estoy trabajando”, esperando la llegada de un cheque de pago basado en nada
más que la asistencia improductiva. Del mismo modo, la humanidad debe satisfacer
un deber de servidumbre y alabanza a Dios si espera recibir Su recompensa.
Después de todo, ese es no sólo el propósito de la vida, sino la descripción de
nuestro trabajo. De hecho, los musulmanes declaran que esa es la descripción
del trabajo tanto de los hombres como de los Yinn (plural de “genios”, singular “Yinni”, de donde deriva la
palabra occidental ‘genio’), puesto que Dios declara en el Sagrado Corán:
“Por cierto que he creado a los
genios y a los hombres para que Me adoren”. (Corán 51:56)
Mucha gente cuestiona el
propósito de la vida, pero la posición de los creyentes de muchas religiones es
exactamente la arriba descrita: la única razón por la que la humanidad existe,
es para servir y adorar a Dios. El propósito es que todos y cada uno de los elementos
de la creación existen para apoyar o poner a prueba a la humanidad en el
cumplimiento de este deber. A diferencia de un empleo mundano, una persona
puede evadir sus responsabilidades para con Dios y se le concederá un período
de gracia. Sin embargo, al final de su periodo de prueba llamado vida, se le
cobrarán las cuentas, y en verdad no será el mejor momento para encontrar la
cuenta de uno “en rojo”.
Francis Bacon brinda un cierre
maravilloso al tema de este apéndice, declarando: “Quienes niegan a Dios
destruyen la nobleza del hombre, pues sin duda el hombre es de la estirpe de
las bestias por razón de su cuerpo; y si no fuera de la de Dios por su
espíritu, sería una criatura baja y mezquina”.
Si una persona cree que después de unos cuantos millones de años, algo digno de
cocinar una barbacoa emergerá de la espuma de la bouillabaise primordial de Stanley Miller y Harold
Urey, la humanidad aún debe dar cuenta de aquello que todos sentimos en
nosotros: el alma o espíritu. Todos y cada uno de los elementos de la humanidad
tienen una, y esa es la clave metafísica que nos separa de los animales.
De nuevo, aquellos que dudan de
lo que no puede ser experimentado directamente, hallarán excusas para negar el
alma; pero lo más probable es que se encontrarán a sí mismos en escasa
compañía. Por otra parte, la discusión luego se mueve hacia una de la
naturaleza de la verdad, el conocimiento y la evidencia, lo que lógicamente
sirve de trampolín hacia la sección siguiente, el agnosticismo.
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