|
“La mayor tragedia en la vida es perder a Dios y no echarlo de
menos”.
—F.W. Norwood
Los ateos pueden afirmar que no
reconocen la existencia de Dios, pero la opinión de algunos cristianos y
musulmanes es que, en algún nivel, incluso el ateo confirmado afirma la
presencia de Dios. La conciencia innata pero olvidada de Dios, típicamente sale
a flote en la conciencia del ateo sólo en momentos de gran preocupación, como
lo ejemplifica un dicho de la Segunda Guerra Mundial: “No hay ateos en una
trinchera”.
Es innegable que hay momentos –ya
sea durante los días de agonía de una enfermedad prolongada, los momentos
aparentemente eternos de un asalto violento y humillante, o la fracción de
segundo en que se anticipa el impacto de un choque inminente de autos– cuando
todo ser humano reconoce la realidad de la fragilidad humana y la falta de
control del hombre sobre el destino. ¿A quién implora ayuda una persona en
tales circunstancias sino al Creador? Tales momentos de desesperación recuerdan
a cada persona, desde el erudito religioso hasta el ateo profeso, la
dependencia de la humanidad de una realidad mucho más grande que nosotros
mismos. Una realidad mucho más grande en conocimiento, poder, voluntad,
majestuosidad y gloria.
En esos momentos de angustia,
cuando todos los esfuerzos humanos han fallado y ningún elemento de existencia
material puede preverse para proporcionar comodidad o rescate, ¿a Quién llama
una persona instintivamente? En esos momentos de prueba, ¿cuántos llamamientos
inducidos por la angustia son hechos a Dios, complementados con promesas de
fidelidad para toda la vida? Sin embargo, ¿cuán pocas se mantienen?
Sin duda, el día de mayor
aflicción será el Día del Juicio, y una persona sería desafortunada al estar en
posición de conocer la existencia de Dios por primera vez ese día. La
poetisa inglesa Elizabeth Barrett Browning, habló de la ironía de la apelación
humana en la dificultad en El Lamento del Humano:
“Y los labios dicen ‘desgraciado sea Dios’,
Quien nunca dijo ‘alabado sea Dios’.
El ateo reflexivo, lleno de
escepticismo pero temeroso de la posibilidad de la existencia de Dios y del Día
del Juicio, tal vez quiera considerar la “oración del escéptico” como sigue:
“Oh Dios –si es que hay un Dios–,
Salva mi alma –si es que tengo una–”.
Frente a la creencia bloqueada
por el escepticismo, ¿cómo puede una persona equivocarse con la oración
anterior? En el caso de que los ateos continúen en su incredulidad, no serán
peores que antes; y para el caso de que la creencia haga una aparición sincera,
Thomas Jefferson tenía lo siguiente que decir:
“Si encuentras razones para creer que hay un Dios, una conciencia de
que estás actuando bajo Su ojo, y que Él te aprueba, habrá una motivación mucho
mayor: Si habrá un estado futuro, la esperanza de una existencia feliz en él
incrementa el apetito de merecerlo…”.
Puede sugerirse que si un
individuo no ve la evidencia de Dios en la magnificencia de Su creación, haría
bien en dar una segunda mirada. Como se reporta que comentó Francis Bacon:
“Prefiero creer en todas las fábulas de las leyendas, y el Talmud, y en Alcorán
(es decir, el Corán), que en que esta estructura universal existe sin una
voluntad”.
Y luego comentó: “Dios nunca hace milagros para convencer a los ateos, porque
sus obras ordinarias son convincentes”.
Digno de contemplación es el hecho de que aún los elementos más simples de la
creación de Dios, aunque tal vez sean obras ordinarias en Sus términos, son
milagros en los nuestros. Tomemos el ejemplo de un animal tan pequeño como una
araña. ¿Alguien realmente cree que una criatura tan extraordinariamente
intrincada evolucionó a partir de una sopa o caldo primordial? Sólo uno de
estos pequeños milagros puede producir hasta siete tipos diferentes de seda,
algunos tan delgados como la longitud de onda de la luz visible, pero más
resistentes que el acero. Estas sedas van de filamentos elásticos, tanto adhesivos
como no adhesivos para trazar las líneas e hilos de la estructura, a la seda
para envolver a la presa, para hacer el saco de huevos, etc. La araña puede, a
voluntad, no sólo decidir cuál de los siete tipos de seda fabricar, sino
reabsorberla, descomponerla y rehacerla, haciendo autorreciclaje de los
elementos componentes. Y esta es sólo una pequeña faceta del milagro de la
araña.
Y aun así, el ser humano se
eleva a los niveles de la arrogancia. Un momento de reflexión debe inclinar los
corazones a la humildad. Al mirar un edificio, una persona piensa en el
arquitecto; al mirar una escultura, la persona instantáneamente comprende que
hubo un artista. Pero al examinar las complejidades elegantes de la creación,
desde la complejidad y equilibrio de la física de partículas nucleares a la
inmensidad del espacio desconocido, una persona concibe… ¿nada? Rodeados de un
mundo de complejidades sincronizadas, nosotros, como humanidad, no podemos ni
siquiera ensamblar el ala de un mosquito. ¿Y aun así el mundo entero y todo el
universo existen en un estado de orquestación perfecta como producto de
accidentes aleatorios que modelaron el caos cósmico en una perfección
balanceada? Algunos votan por el azar; otros, por la creación.
|