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Justo después del atardecer, la masa de
peregrinos prosigue hacia Muzdalifah, una planicie abierta a mitad de camino
entre Arafat y Mina. Allí oran primero y luego recogen una cantidad fija de
piedras del tamaño de un guisante para utilizar en los días subsiguientes.
Antes del alba, al día siguiente, los
peregrinos avanzan en masa de Muzdalifah a Mina. Allí arrojan las piedras
recogidas contra los pilares blancos, una práctica asociada con el Profeta
Abraham. Al arrojar las siete piedras contra cada uno de los pilares, los
peregrinos recuerdan el relato del intento de Satán de persuadir a Abraham para
que ignore el mandamiento de Dios de sacrificar a su hijo.
Arrojar las piedras es un símbolo del
intento de los seres humanos de alejar el mal y el vicio, no una sino siete
veces – siendo que el número siete simboliza la infinidad.
Luego de arrojar las piedras, la
mayoría de los peregrinos sacrifican una cabra, oveja o algún otro animal, tras
lo cual dan la carne a los pobres, y en algunos casos, guardan una pequeña
parte para consumo propio.
Este rito está asociado con la voluntad
que Abraham demostró para sacrificar a su hijo según el deseo de Dios. Simboliza
la voluntad del musulmán para abandonar lo que es más preciado y nos recuerda
del espíritu del Islam, en el que la sumisión a Dios juega un papel
preponderante. Este acto también le recuerda al peregrino que debe compartir
los bienes mundanos con los menos afortunados, y sirve de ofrenda para dar
gracias a Dios.
En esta etapa, como los peregrinos ya
han completado una gran parte del Hayy, pueden abandonar el ihram y
ponerse su ropa habitual. En este día, los musulmanes de todo el mundo comparten
la felicidad que sienten los peregrinos y se unen a ellos realizando
sacrificios idénticos e individuales en una celebración mundial llamada ‘Eid
al-Adha, “el Festival del Sacrificio”. Los hombres se afeitan la cabeza o se
cortan el cabello y las mujeres se recortan un mechón simbólico, para marcar su
liberación parcial. Esto se hace en símbolo de humildad. Todas las
proscripciones, excepto la de mantener relaciones conyugales, se levantan.
Aún en viaje a Mina, los peregrinos
visitan La Meca para realizar otro rito esencial del Hayy: El tawaf, las siete
vueltas alrededor de la Kaaba, con una plegaria recitada durante cada circuito.
La circunvalación a la Kaaba, el símbolo de la unicidad de Dios, implica que
toda actividad humana debe tener a Dios en el centro.
Thomas Abercrombie, un musulmán
converso, escritor y fotógrafo de la revista Nacional Geographic,
realizó el Hayy en la década del ‘70 y describió la sensación de unidad y
armonía que sienten los peregrinos durante este recorrido:
“Siete veces giramos en torno a la Kaaba repitiendo las devociones rituales en árabe: ‘Señor, desde tan distantes lugares hemos llegado.... garantízanos
seguridad bajo tu Trono’. Capturados allí girando, elevados por la poesía de
las oraciones, giramos en torno a la casa de Dios como lo hacen los átomos, en
armonía con los planetas”.
Al hacer sus circuitos, los peregrinos
pueden besar o tocar la Piedra Negra. Esta piedra oval, montada por primera
vez en un marco de plata en el siglo XVII, tiene un lugar especial en los
corazones de los musulmanes pues, según algunos dichos del Profeta, es el único
resto de la estructura original construida por Abraham e Ismael. Pero quizás
la razón más importante para besar la roca es porque el Profeta lo hizo.
Sin embargo, no se le asigna ningún
significado de devoción a la roca, pues no es, ni nunca lo ha sido, un objeto
de adoración. El segundo califa, Umar ibn al-Jattab, lo dejó claro cuando, al
besar la roca emulando al Profeta, proclamó:
“Sé que no eres más que una roca, incapaz de beneficiar
o perjudicar. Si no hubiera visto al Mensajero de Dios besarte – la paz y las
bendiciones de Dios desciendan sobre él – no te besaría”
Luego de completar el Tawaf, los peregrinos oran,
preferentemente tras la Estación de Abraham, el sitio donde Abraham se paró
mientras construía la Kaaba. Luego se bebe el agua de Zamzam.
Otro rito, y a veces final, es el sa’i o “corrida”.
Se trata de una dramatización de un episodio memorable de la vida de Hagar,
quien fue llevada a lo que el Corán llama el “valle árido” de La Meca, con su pequeño hijo Ismael, para establecerse allí.
El sa’i conmemora a Hagar y su frenética búsqueda de
agua para saciar la sed de Ismael. Fue y volvió siete veces entre dos colinas
rocosas, al-Safa y al-Marwah, hasta que encontró el agua sagrada conocida como
Zamzam. Esta agua, que fluía milagrosamente a los pies del pequeño Ismael,
provenía de los mismos manantiales del agua que beben los peregrinos hoy.
Una vez que se culminan estos ritos,
los peregrinos están totalmente liberados: Pueden retomar todas las actividades
normales. Luego regresan a Mina, donde permanecen hasta el 12 o 13 del mes de
Dhul-Hiyyah. Allí arrojan las piedras sobrantes contra cada uno de los pilares
en la manera practicada o aprobada por el Profeta. Luego se despiden de los
amigos que conocieron durante el Hayy. Sin embargo, antes de partir de La Meca, los peregrinos realizan un tawaf final en torno a la Kaaba para decirle adiós a la Ciudad Sagrada.
A menudo los peregrinos realizan la
umrah, o “peregrinación menor” antes o después del Hayy, conocido como la “peregrinaciòn
mayor”. La umrah está establecida por el Corán y fue realizada por el Profeta.
La umrah, a diferencia del Hayy, tiene lugar solamente en La Meca y puede realizarse en cualquier época del año. El ihram, la talbiyah y las
restricciones requeridas por el estado de consagración son igualmente
esenciales en la umrah, que también comparte otros tres rituales con el Hayy:
El tawaf, el sa’i y afeitarse o recortarse el cabello. El cumplimiento de la
umrah por parte de peregrinos y visitantes simboliza la veneración de la
santidad única de La Meca.
Antes o después de ir a La Meca, los peregrinos aprovechan la oportunidad que les brinda el Hayy o la Umrah para visitar la Mezquita del Profeta en Medina, la segunda ciudad sagrada en orden de
importancia en el Islam. Aquí, el Profeta está enterrado en una tumba sencilla.
La visita a Medina no es obligatoria, pues no es parte del Hayy o de la Umrah, pero la ciudad – que le dio la bienvenida a Muhammad cuando emigró allí desde La Meca – es rica en recuerdos conmovedores y sitios históricos que lo evocan como Profeta y ser
humano.
En esta ciudad, amada por los
musulmanes durante siglos, la gente siente el efecto de la vida del Profeta. Muhammad
Asad, un judío austriaco convertido al Islam en 1926 y que hico cinco
peregrinaciones entre 1927 y 1932, comenta lo siguiente sobre ese aspecto de la
cuidad:
“Aún trece siglos después, la presencia espiritual [del Profeta]
está casi tan viva como en ese entonces. Fue gracias a él que un grupo de
aldeas esparcidas llamadas Yazrib en un tiempo se convirtieron en una
ciudad y ha sido amada por todos los musulmanes hasta este día como ninguna
otra ciudad en el mundo ha sido amada jamás. Ni siquiera tenía nombre propio:
Durante más de mil trescientos años, fue llamada Madinat an-Nabi: ‘la Ciudad del Profeta’. Durante más de mil trescientos años, ha convergido aquí tanto amor que
todas las formas y movimientos han adquirido una especie de semejanza familiar,
y todas las diferencias de aspecto encuentran una transición tonal hacia una
armonía común”.
Cuando los peregrinos de distintas etnias
y lenguas regresan a sus casas, llevan consigo hermosos recuerdos de Abraham,
Ismael, Hagar y Muhammad. Siempre recordarán ese encuentro universal, donde
pobres y ricos, blancos y negros, jóvenes y ancianos, se reúnen por igual.
Regresan con un sentido de admiración y
serenidad: Admiración por su experiencia en Arafat, al sentirse cerca de Dios
pues estuvieron en el sitio donde el Profeta dio su sermón durante su primera y
última peregrinación; serenidad por haber dejado sus pecados en ese valle,
aliviándose así de tan pesada carga. También regresan con un mejor
entendimiento de las condiciones de sus hermanos en el Islam. Por lo tanto,
nace un espíritu de solidaridad por los demás y de comprender su propia riqueza
que durará todas sus vidas.
Los peregrinos vuelven radiantes de
esperanza y gozo, pues han cumplido con la obligación establecida por Dios de
realizar esa peregrinación. Por sobre todas las cosas, regresan con una
plegaria en los labios: Que Dios acepte su Hayy, y que lo que dijo el Profeta
sea cierto sobre su propio viaje individual:
“No existe recompensa para una
peregrinación piadosa aparte del Paraíso.” (Al-Tirmidhi)
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