|
|
|
|
|
|
Craig Robertson, ex católico, Canadá (parte 1 de 2): De mal en peor
|
   
Descripción: Después de haber sido criado en un hogar católico y pasar gran parte de su niñez yendo a la iglesia, Craig rechaza la fe católica y se lanza a la vida en el carril rápido.
Por Craig Robertson
- Publicado 31 Mar 2008 - Última modificación 31 Mar 2008
Visto: 680 - Clasificación: 4 De 5 - Clasificado por: 1 Impreso: 25 - Enviado por email: 0 - Comentado: 0
Categoría: Artículos
> Historias de nuevos musulmanes
> Hombre
|
|
Mi nombre islámico es Abdullah Al-Kanadi.
Nací en Vancouver, Canadá. Mi familia, que son todos católicos, me criaron
como católico hasta que tuve 12 años de edad. Soy musulmán desde hace
aproximadamente seis años, y me gustaría compartir con ustedes la historia de
mi viaje hacia el Islam.
Supongo que como en toda historia, es
mejor comenzar desde el inicio. Durante mi niñez asistí a una escuela
religiosa donde me enseñaron la fe católica, junto con otras materias. Religión
era mi materia favorita; tenía excelentes notas en lo que eran las enseñanzas
de la Iglesia. Mis padres me presionaron para ser monaguillo desde una edad
muy temprana, lo cual complacía mucho a mis abuelos; pero cuanto más aprendía
de mi religión, ¡más la cuestionaba! Tengo este recuerdo de mi niñez: le
pregunté un día a mi madre en la misa: “¿Nuestra religión es la correcta?”. La
respuesta de mi madre aún suena en mis oídos: “Craig, todas son iguales, todas
son buenas”. A mí eso no me parecía correcto. ¿Cuál era el caso de aprender
mi religión si todas eran igualmente buenas?
Cuando tenía doce años, a mi abuela
materna le diagnosticaron cáncer de colon y falleció unos meses después, luego
de una dolorosa batalla con la enfermedad. No me había dado cuenta que tan
profundamente me había afectado su muerte, sino hasta más tarde en mi vida. A
la temprana edad de doce años, decidí que sería ateo para castigar a Dios (si
es que uno puede siquiera imaginar algo así), era un jovencito muy enojado,
enojado con el mundo, conmigo mismo y lo peor de todo, con Dios. Pasé los
primeros años de mi adolescencia intentando hacer todo lo que podía para
impresionar a mis “amigos” de la escuela pública secundaria. Rápidamente me di
cuenta que tenía mucho que aprender, pues al estar protegido en una escuela
religiosa, uno no aprende lo que aprendería en una escuela pública. Incitaba a
mis amigos en privado a que me enseñaran las cosas que no aprendí antes, y
pronto me hice al hábito de decir malas palabras y burlarme de la gente más
débil que yo. Si bien intentaba encajar, en realidad nunca logré hacerlo. Me
golpeaban los más grandes; las chicas se burlaban de mí y demás. Para un chico
de mi edad, eso era devastador. Me retraje hacia mí mismo, en lo que uno
llamaría una ‘coraza emocional’.
Mis años de adolescencia estaban llenos
de miseria y soledad. Mis pobres padres intentaban hablar conmigo, pero yo era
agresivo y muy irrespetuoso con ellos. Me gradué de la escuela secundaria en
el verano de 1996 y sentí que las cosas tendrían que cambiar para mejor, puesto
que creí que no podría empeorar más de lo que ya estaban. Me aceptaron en una
escuela técnica local y decidí que mejoraría mi educación y tal vez ganaría
buen dinero, por lo cual sería feliz. Comencé a trabajar en un local de comida
rápida al lado de mi casa para ayudar a costear los gastos de mi estudio.
Un par de semanas antes de comenzar la
escuela, me invitaron a mudarme con unos amigos del trabajo. Esa me pareció la
respuesta a todos mis problemas. Me olvidaría de mi familia y estaría con mis
amigos todo el tiempo. Una noche, les dije a mis padres que me iría de casa. Me
dijeron que no podía, y que no estaba listo para ello y que no lo permitirían.
Tenía 17 años y era muy obstinado; insulté a mis padres y les dije todo tipo de
palabras hirientes, las cuales aún lamento hasta el día de hoy. Me sentía
envalentonado por mi nueva libertad, me sentía liberado, y podía seguir mis
deseos a mi antojo. Después de eso me mudé con mis amigos y no les hablé a mis
padres durante mucho tiempo.
Estaba trabajando y yendo a la escuela
cuando mis amigos me hicieron conocer la marihuana. Me enamoré de ella con la
primera fumada. Fumaba un poco cuando llegaba a casa del trabajo para
relajarme y desconectarme. Pronto, comencé a fumar más y más, al punto que un
fin de semana había fumado tanto que cuando me di cuenta, ya era lunes por la
mañana, hora de ir a la escuela. Pensé: “bueno, faltaré un día a la escuela,
voy mañana, seguro no me van a extrañar”. Nunca más volví a la escuela después
de ese día. Me di cuenta de lo bien que estaba. Podía robar toda la comida
que quisiera de mi trabajo y las drogas que pudiera fumar, ¿quién necesita ir a
la escuela?
Tenía una gran vida, o al menos eso
pensé; me convertí en el chico malo ‘residente’ en el trabajo y por lo tanto,
las chicas comenzaron a fijarse en mí como nunca lo habían hecho en la escuela
secundaria. Probé drogas más fuertes, pero gracias a Dios, me salvé de esas
cosas terribles. Lo extraño era que, cuando no estaba drogado o borracho, me
sentía miserable. Sentía que no valía nada, que era insignificante. Robaba
del trabajo y a mis amigos para poder mantener mis delirios químicos. Me volví
paranoico de la gente que me rodeaba y me imaginaba que los policías me
perseguían en cada esquina. Comencé a quebrarme y necesitaba una solución, por
lo que pensé que la religión me ayudaría.
Recuerdo haber visto una película sobre
la brujería y pensé que eso sería perfecto para mí. Compré un par de libros
sobre la Wicca y la Adoración de la Naturaleza, y descubrí que ellos fomentan el uso de drogas naturales, por lo que seguí usándolas. La gente me
preguntaba si creía en Dios, y teníamos conversaciones de lo más extrañas
cuando yo estaba bajo la ‘influencia’, pero recuerdo claramente responder que
no, que de hecho no creía en Dios en absoluto, sino en muchos dioses tan
imperfectos como yo.
A lo largo de todo ese proceso, hubo un
amigo que estuvo siempre conmigo. Él era un cristiano “que renació”, y siempre
me sermoneaba, incluso cuando yo me burlaba de su fe. Era el único amigo que
tenía en ese momento y que no me juzgaba, por eso cuando me invitó un día a un
campamento juvenil, decidí ir con él. No tenía expectativas. Pensé que me
divertiría mucho riéndome de los “santurrones”. La segunda noche, dieron un
importante servicio religioso en un auditorio. Había todo tipo de música
alabando a Dios. Yo miraba cómo viejos y jóvenes, hombres y mujeres, gritaban
pidiendo el perdón y lloraban. Me conmoví y dije una oración en silencio con
las palabras: “Dios, sé que he sido una muy mala persona, por favor ayúdame, y
perdóname y déjame comenzar de nuevo”. Sentí que la emoción me embargó, y me
cayeron lágrimas por las mejillas. En ese momento decidí adoptar a Jesucristo
como mi Señor y Salvador personal. Levanté mis manos y comencé a bailar (sí, a
bailar). Todos los cristianos que me rodeaban me miraban asombrados en
silencio; ¡el que se burlaba de ellos y les decía lo tontos que eran por creer
en Dios ahora bailaba y adoraba a Dios!
Volví a mi alocada casa y me deshice
todas las drogas y alucinógenos. Les dije a mis amigos que tenían que ser
cristianos para poder salvarse. Me impactó el hecho de que me rechazaran,
porque siempre solían darme su atención hasta ese entonces. Terminé volviendo
a vivir con mis padres después de una larga ausencia y los fastidiaba con
razones para que se volvieran cristianos. Ellos eran católicos y sentían que
ya eran cristianos, pero yo no lo sentía así, pues ellos adoraban a los Santos.
Decidí volverme a ir de mi casa pero esta vez en mejores términos y con un
trabajo que me dio mi abuelo que quería ayudarme con mi “recuperación”.
Comencé a frecuentar una “casa de
jóvenes” cristianos que básicamente era una casa adonde acudían adolescentes
para salir de las presiones familiares y hablar del Cristianismo. Yo era el mayor
que todos los chicos que había allí, por lo que pasé a ser uno de los que más
hablaba e intentaba que los demás se sintieran bienvenidos. A pesar de ello,
me sentía un fraude, pues comencé nuevamente a beber y a salir con mujeres. Les
hablaba a los chicos del amor que Jesús tenía por ellos, pero en las noches
salía y bebía. Durante ese tiempo, mi único amigo cristiano intentaba
aconsejarme y mantenerme en el camino correcto.
|
Craig Robertson, ex católico, Canadá (parte 2 de 2): Aprender a aceptar
|
   
Descripción: Después de encontrar el camino de regreso al Cristianismo, Craig es traicionado por sus amigos y pierde el rumbo nuevamente, hasta que encuentra un musulmán en su trabajo.
Por Craig Robertson
- Publicado 31 Mar 2008 - Última modificación 31 Mar 2008
Visto: 549 - Clasificación: 4.5 De 5 - Clasificado por: 2 Impreso: 26 - Enviado por email: 1 - Comentado: 1
Categoría: Artículos
> Historias de nuevos musulmanes
> Hombre
|
|
Aún recuerdo hoy mi primer encuentro
con un musulmán. Uno de los muchachos trajo un amigo suyo al hogar de jóvenes.
Era un chico musulmán cuyo nombre no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el
chico dijo: “Traje a mi amigo fulano de tal, es musulmán y quiero ayudarlo a
convertirse al cristianismo”. Yo estaba absolutamente asombrado de ese chico
de 14 años, tan amable y tranquilo. Créase o no, se defendió a sí mismo y también
al Islam contra un grupo de cristianos que lo insultaban a él y a su religión.
Mientras nosotros estábamos sentados tragando nuestras Biblias y enojándonos
cada vez más, él estaba tranquilo, sonriendo y hablándonos de no adorar a otros
además de Dios y de cómo, sí, hay amor en el Islam. Era como una gacela
rodeada por una jauría de hienas pero que todo el tiempo permanece en calma y
sin perder el respeto. Realmente me sorprendió positivamente.
El chico musulmán dejó un ejemplar del Corán
en la repisa, lo olvidó o lo dejó a propósito, no lo sé, pero comencé a leerlo.
No tardé mucho en enfurecerme con este libro cuando vi que tenía mucho más
sentido que la Biblia. Lo lancé contra el sofá y me fui, enfurecido, pero
después de leerlo, me quedó una duda dando vueltas en mi interior. Hice lo
mejor que pude para olvidarme del chico musulmán y disfrutar el tiempo con mis
amigos del hogar. El grupo juvenil iba a diversas iglesias los fines de semana
para participar en sesiones de oración y los sábados a la noche los pasábamos
en una gran iglesia en lugar de ir a un bar. Recuerdo estar en uno de esos
eventos llamado ‘The Well’ me seentí tan cerca de Dios que quise mostrar mi
humildad y mi amor por el Creador. Hice lo que me pareció natural, me postré.
Me postré como lo hacen los musulmanes en las oraciones diarias, pero no sabía
lo que hacía, lo único que sabía era que se sentía muy bien… sentí que era lo
correcto, más que cualquier otra cosa que haya hecho antes. Me sentí muy
piadoso y espiritual y continué haciendo lo habitual, pero comencé a sentir que
las cosas se me estaban escapando de las manos.
El Pastor siempre nos enseñaba que
debemos someternos a la voluntad de Dios, y no había nada que yo no quisiera
más; ¡pero no sabía cómo! Siempre rezaba: “Por favor Dios, haz Tuya mi
voluntad, hazme seguir Tu voluntad”, pero nada sucedía. Sentía que me estaba
alejando de la Iglesia a medida que mi fe se apagaba. Fue en ese momento que
mi mejor amigo cristiano, el que me había ayudado a acercarme a Cristo, junto
con otro amigo mío, violaron a mi novia con quien yo salía desde hace dos años.
Yo estaba ebrio en otro cuarto cuando eso sucedió y no pude hacer nada para
detenerlo. Un par de semanas después, salió a la luz que el hombre que dirigía
el hogar juvenil había acosado a uno de mis amigos.
¡Mi mundo se vino abajo! Me habían
traicionado amigos míos, gente que se suponía que estaban cerca de Dios y
acercándose al Paraíso. No tenía nada para dar, volví a estar vacío. Deambulaba
como antes, ciego y sin rumbo, trabajando, durmiendo y saliendo de fiesta. Mi
novia y yo cortamos la relación poco tiempo después. Mi culpa, mi ira y mi
tristeza se apoderaron de mi ser. ¿Cómo pudo mi Creador permitir que me
sucediera algo así? ¿Qué tan egoísta fui?
Poco después, mi supervisor en el
trabajo me dijo que había un musulmán trabajando con nosotros, que era muy
religioso y que debía intentar ser más decente en su presencia. En cuanto el
musulmán entró a trabajar, comenzó la Da’wah. No perdió tiempo en contarnos
sobre el Islam y todos le decían que no querían oír nada del Islam, excepto yo.
Mi alma lloraba y ni siquiera mi terquedad podía callar ese llanto. Comenzamos
a trabajar juntos y hablar de nuestras respectivas religiones. Yo había
abandonado por completo el Cristianismo, pero cuando comenzó a hacerme
preguntas, mi fe revivió y me sentí como en una Cruzada, defendiendo la Fe ante este musulmán infiel.
El hecho es que este musulmán en
particular no era maligno como me habían dicho. En realidad, era mejor que yo.
No decía groserías, nunca se enojaba y permanecía tranquilo; era amable y
respetuoso. Me impresionó de verdad y decidí que él sería un excelente
cristiano. Intercambiamos preguntas sobre nuestras respectivas religiones,
pero después de un tiempo sentí que me ponía cada vez más a la defensiva. En
un momento, me enojé mucho… allí estaba, tratando de convencerlo de la verdad
del Cristianismo, y sentía que él era quien tenía la verdad. Comencé a
sentirme más confundido y no sabía qué hacer. Sólo sabía que tenía que
aumentar mi fe, por lo que me subí al auto y me dirigí a ‘The Well’. Estaba
convencido de que si podía orar allí una vez más, podría recuperar el
sentimiento y la fe, y luego podría convertir al musulmán. Llegué allí,
después de recorrer el camino a toda velocidad, pero estaba cerrado. No había
nadie a la vista, por lo que comencé a buscar por todas partes un lugar similar
para ‘recargarme’, pero no encontré nada. Desilusionado, volví a casa.
Comencé a darme cuenta que estaba
siendo empujado en cierta dirección, por lo que le recé a mi Creador para
someter mi voluntad a la Suya. Sentí que respondía mi oración; fui a casa, me
recosté en la cama y en ese momento me di cuenta de que necesitaba orar como
nunca antes lo había sentido. Me senté en la cama y lloré diciendo: ‘¡Jesús,
Dios, Buda, quienquiera que seas, por favor ayúdame, oriéntame, te necesito! He
hecho tanto mal en mi vida y necesito Tu ayuda. ¡Si el Cristianismo es el
camino correcto, pues hazme fuerte, y si es el Islam, entonces guíame hacia él!’.
Dejé de rezar, las lágrimas se fueron y mi alma se sintió en calma y en paz,
supe cuál era la respuesta. Fui a trabajar al día siguiente y le dije al
hermano musulmán: “¿cómo te digo ‘hola’?”. Él me preguntó qué quise decir con
eso, y le dije: “Quiero ser musulmán”. Él me miró y dijo: “¡Allahu Akbar!
(Dios es Grandioso)”. Nos abrazamos por un minuto más o menos y le agradecí
por todo, y allí comencé mi viaje hacia el Islam.
Miré hacia atrás e hice un repaso de
todos los sucesos de mi vida, y me di cuenta de que me estaba preparando para
ser musulmán. Dios me había demostrado mucha misericordia de su parte. De
todo lo que sucedió en mi vida, siempre hubo algo que aprender. Aprendí la
belleza de la prohibición islámica del uso de embriagantes, la prohibición del
sexo ilícito, y la necesidad del Hijab. Ahora estoy en equilibro, ya no estoy
volcado en una sola dirección; llevo una vida moderada, y hago lo mejor que
puedo para ser un musulmán decente.
Siempre hay desafíos, que estoy seguro todos
hemos experimentado. Pero a través de esos desafíos, a través de esos dolores
emocionales, nos hacemos más fuertes, aprendemos, espero, a acudir a Dios. Para
aquellos que hemos aceptado el Islam en algún momento de nuestras vidas, somos
muy bendecidos y afortunados. Nos han dado la oportunidad, la mayor de las
misericordias. Una misericordia que no merecemos, pero que Dios nos seguirá
dando el Día de la Resurrección. Me he reconciliado con mi familia y he
comenzado con la idea de tener la mía, Dios mediante. El Islam es un camino de
vida, y aún si sufrimos un mal trato por parte de hermanos musulmanes o no
musulmanes, debemos siempre recordar que tenemos que ser pacientes y acudir sólo
a Dios.
Si he dicho algo incorrecto, es mío, y
si algo que he dicho es correcto, es de Dios, Suyas sean todas las alabanzas, y
que Dios otorgue Su piedad y sus bendiciones a su noble Profeta Muhammad, Amín.
Que Dios aumente nuestra fe y lo haga
según Su voluntad y nos conceda el Paraíso, ¡Amín!
|
|
|
|
|
|
En linea diariamente:
De para
(Acorde al horario de su ordenador)
|
| |
Sus favoritos |
 |
|
Sus favoritos está vacio. Puede agregar artículos a esta lista con Herramientas del artículo. |
| |
Su historial |
 |
|
|