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Una vez, se suscitó una disputa entre Ali
bin Ali Talib, cuando era el Califa, y un judío que se presentó ante el juez Shuraih
al-Kindi. Shuraih relata los detalles de lo que ocurrió:
“Ali se percató que había perdido su
cota de malla, así que regresó a Kufa y la encontró en manos de un judío que la
estaba vendiendo en el mercado. Le dijo: ‘¡Oh, judío, esa cota de malla es mía!
¡No la he regalado ni la he vendido!’
El judío respondió: ‘Es mía, está en mi
poder’.
Ali dijo: ‘Haremos que la ley juzgue
esto por nosotros’.
Así que vinieron a mí y Ali se sentó a
mi lado y dijo: ‘Esa cota de malla es mía; no la he regalado ni vendido’.
El judío se sentó frente a mí y dijo: ‘Es
mi cota de malla, está en mi poder’.
Pregunté: ‘Oh, Emir de los creyentes,
¿tienes alguna prueba?’
‘Sí’, dijo Ali, ‘mi hijo Hasan y Qanbarah
pueden dar fe de que esa es mi cota de malla’.
Dije: ‘Emir de los creyentes, el
testimonio de un hijo a favor de su padre no es admisible en la corte’.
Ali exclamó: ‘¡Qué Perfecto es Dios! ¿No
puedes aceptar el testimonio de un hombre al que se le ha prometido el Paraíso?
Escuché al Mensajero de Dios decir que Hasan y Husain son los príncipes de los
jóvenes en el Paraíso’.
El Judío dijo (asombrado): ‘¡El Emir de los creyentes me lleva ante su propio juez y el juez
falla a mi favor en contra suya! Doy fe de que no existe más divinidad que Dios
y que Muhammad es Su mensajero [el judío aceptó el Islam], y que la cota de
malla es tuya, Emir de los creyentes. Se te cayó durante la noche y yo la
encontré”.
Otra historia maravillosa sobre la justicia
de los musulmanes hacia los no-musulmanes, se refiere a la conquista de la
ciudad de Samarcanda. Qutaiba, el general militar musulmán, no le dio la
posibilidad a los residentes de Samarcanda de elegir entre aceptar el Islam,
hacer una alianza de protección con los musulmanes, o enfrentarse en batalla.
Años después de la conquista, la gente de Samarcanda presentó una denuncia ante
Umar bin Abdulaziz, el décimo califa musulmán. Umar, al escuchar la denuncia,
ordenó al gobernador de la ciudad devolverla al pueblo y desalojarla, y luego
darle a la gente las tres alternativas para que eligieran. Asombrados por esta
muestra de justicia instantánea, ¡muchos de los residentes de Samarcanda
abrazaron el Islam!
Leemos también casos en los que la
población musulmana se preocupa de los derechos de las minorías no-musulmanas y
exigen a sus gobernantes que hagan justicia con los no-musulmanes. Walid ibn
Yazid, un califa omeya, exilió a los habitantes de Chipre y los forzó a
establecerse en Siria. Los eruditos del Islam no aprobaron su medida, y tras el
evento declararon que era opresivo. Cuando su hijo se hizo califa, ellos le
llevaron el asunto para que restableciera a estas gentes en su tierra natal. Él
estuvo de acuerdo con la propuesta y por ello es conocido como uno de los
gobernantes más equitativos de la dinastía omeya. Otro caso histórico similar
ocurrió cuando el gobernador del Líbano, Salih ibn Ali, expulsó a una villa
entera de no-musulmanes porque algunos de ellos se rehusaron a pagar el
impuesto sobre lo que producían. El gobernador era un asesor cercano al Califa,
sin embargo, el imán Awza’i, un famoso erudito musulmán de Siria, vino en
defensa de esta gente y escribió una carta de protesta. En parte de la carta se
lee:
“¿Cómo se puede castigar colectivamente
a un pueblo por las fechorías de unos pocos, yendo tan lejos como para
expulsarlos de sus casas? Dios declaró:
‘Nadie cargará con la carga de otro…’ (Corán 35:18)
Es la prueba más convincente a
considerar y seguir. Y la orden más digna del Profeta a preservar y seguir es:
‘Si alguien oprime a un dhimmi
o lo carga con algo que no puede soportar, yo abogaré en su contra el Día del
Juicio’.
Ellos no son esclavos a los cuales uno
pueda tomar de un lugar y trasladarlos a otro como a uno le plazca. Ellos son gente
libre de la Alianza.”
Los escritores e historiadores
seculares se han visto obligados a reconocer la justicia del Islam hacia los
no-musulmanes entre ellos. El historiador británico H.G. Wells, escribió lo
siguiente:
“Establecieron grandes tradiciones de
tolerancia. Inspiran a la gente con un espíritu de generosidad y tolerancia, y
son humanitarios y prácticos. Crearon una comunidad humana en la que era
extraño ver crueldad e injusticia social, a diferencia de cualquier comunidad
antes de ella”.
Estudiando las sectas cristianas en los
primeros siglos del gobierno Islámico, Sir Thomas Arnold escribió:
“Los principios islámicos de tolerancia
prohibieron estas acciones [anteriormente mencionadas], que siempre suponen una
opresión. Los musulmanes fueron lo contrario de los otros, y al parecer no
escatimaron esfuerzos en tratar a todos sus súbditos cristianos con justicia y
equidad. Un ejemplo fue la conquista de Egipto, cuando los jacobitas
aprovecharon la retirada de las autoridades bizantinas para despojar a los cristianos
ortodoxos de sus iglesias. Los musulmanes las devolvieron a sus legítimos
propietarios cuando los cristianos ortodoxos les mostraron pruebas de su
propiedad”.
Amari, un orientalista siciliano,
observó:
“En los tiempos del gobierno árabe musulmán,
los habitantes conquistados de la isla de Sicilia estaban más cómodos y
satisfechos que sus contrapartes italianas, que colapsaron bajo el yugo de lombardos
y francos”.
Nadhmi Luqa comentó:
“Ninguna ley puede erradicar la
justicia y los prejuicios mejor que una que declare:
‘…dad testimonio con
equidad, y que el rencor no os conduzca a obrar injustamente…’ (Corán 5:8)
Sólo cuando una persona se aferra a
estas normas, sin establecer otras, y se hace devoto a la religión con estos
nobles principios y rectitud, sin aceptar otros… sólo entonces puede pretender
haberse honrado a sí misma”.
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