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Con la muerte de Muhammad, la comunidad
musulmana debía resolver la cuestión de la sucesión. ¿Quién sería su líder?
Había cuatro personas que con toda seguridad serían candidatas para el liderazgo:
Abu Baker as-Siddiq, quien además de haber acompañado a Muhammad hasta Medina
diez años atrás, había sido nombrado para tomar el lugar del Profeta como líder
de la oración grupal durante su última enfermedad; Umar Ibn Al-Jattab,
compañero fiel y de confianza del Profeta; Uzmán Ibn ‘Affan, un hombre respetado
que estuvo entre los primeros conversos; y ‘Ali Ibn Abi Talib, primo y yerno de
Muhammad. Todos ellos poseían el mismo nivel de excelentes virtudes y capacidad
para gobernar los asuntos de la Nación Islámica. En una reunión llevada a cabo
para decidir quién sería el nuevo líder, Umar, realizando la tradicional señal
de reconocimiento de un nuevo líder, tomó la mano de Abu Baker y le juró lealtad.
Para el anochecer todos estuvieron de acuerdo y Abu Baker fue nombrado el
Califa (sucesor) de Muhammad. La palabra Califa indica el rol de gobernar de
acuerdo al Corán y la práctica del Profeta.
El califato de Abu Baker fue breve pero
importante. Líder ejemplar, vivía de manera sencilla, cumplía con sus
obligaciones religiosas asiduamente, era accesible y amable con su gente.
También demostró firmeza cuando algunas tribus, que habían aceptado el Islam sólo
de palabra, renunciaron a él en cuanto falleció el Profeta. Un logro muy
importante fue que Abu Baker los disciplinó rápidamente. Mas tarde, consolidó
el apoyo de las tribus dentro de la Península Arábiga y posteriormente fusionó
sus energías contra los poderosos imperios de Oriente: los sasánidas en Persia
y los bizantinos en Siria, Palestina y Egipto. En pocas palabras, él demostró
la viabilidad del Estado Musulmán.
El segundo Califa, Umar, designado por
Abu Baker, continuó demostrando dicha viabilidad. Bajo el título de Amir Al-Muminin
(Líder de los creyentes), Umar extendió el dominio del Islam sobre Siria,
Egipto, Irak y Persia en lo que, desde un punto de vista puramente militar,
fueron victorias asombrosas. Cuatro años después de la muerte del Profeta, el
Estado Musulmán había extendido su influencia sobre toda Siria y había minado
el poder de los bizantinos –cuyo gobernante, Heraclio, poco tiempo atrás había
rechazado el llamado a aceptar el Islam– en una famosa batalla librada durante
una tormenta de arena cerca del Río Yarmuk.
Más asombroso aún, el Estado Musulmán
administró los territorios conquistados con una tolerancia casi sin precedentes
en ese tiempo. En Damasco, por ejemplo, el jefe musulmán, Jalid Ibn Al-Walid,
firmó un tratado que decía lo siguiente:
“Jalid Ibn Al-Walid le proporcionará a
los habitantes de Damasco lo siguiente: promete brindarles seguridad para sus
vidas, propiedades e iglesias. El muro de vuestra ciudad no será demolido y ninguno
de los musulmanes ocupará vuestras casas. Con ello les daremos el pacto de Dios
y la protección de Su Profeta, los califas y los creyentes. Mientras paguen el
impuesto correspondiente, nada excepto el bien les sucederá”.
Esta tolerancia era característica del
Islam. Un año después de Yarmuk, Umar, en el campamento militar de al-Yabiah,
sobre los Altos del Golán, recibió la noticia de que los bizantinos estaban
listos para entregar Jerusalén. Por consiguiente, se trasladó hasta allí para
aceptar la rendición en persona. De acuerdo a una descripción, entró a la
ciudad solo y vistiendo una túnica sencilla, dejando pasmado a un pueblo
acostumbrado a la vestimenta suntuosa y las ceremonias de las cortes bizantinas
y persas. Los sorprendió más aún cuando les quitó sus miedos al negociar un
generoso tratado en el cual les decía: “En el nombre de Dios... sus iglesias
serán absolutamente aseguradas, no serán ocupadas por musulmanes ni destruidas”.
Esta política demostró ser exitosa en
todas partes. En Siria, por ejemplo, muchos cristianos que habían estado
involucrados en serias disputas teológicas con las autoridades bizantinas –y fueron
perseguidos por ello– le dieron la bienvenida al Islam como una forma de
finalizar la tiranía. Y en Egipto, tierra que ‘Amr Ibn Al-As, tomó de los
Bizantinos luego de una audaz marcha a través de la Península del Sinaí, los
cristianos coptos no sólo dieron la bienvenida a los árabes, sino que además
los ayudaron con entusiasmo.
Este modelo se repitió a través de todo
el Imperio Bizantino. El conflicto entre los griegos ortodoxos, sirios monofisitistas,
coptos y cristianos nestorianos contribuyó al fracaso de los bizantinos
–siempre considerados como intrusos– para desarrollar el apoyo popular;
mientras que la tolerancia que los musulmanes mostraron hacia cristianos y judíos,
quitó la principal causa de oposición.
Umar también tomó esta actitud respecto
a los asuntos administrativos. Aunque asignó gobernadores musulmanes para las
nuevas provincias, los gobiernos bizantinos y persas existentes fueron
conservados donde fue posible. De hecho, durante 50 años el idioma griego
permaneció como la lengua utilizada por la corte de justicia de Siria, Egipto y
Palestina; mientras que el pahlavi, la lengua de las cortes de justicia de los sasánidas,
continuó siendo utilizado en Mesopotamia y Persia.
Umar, quien se desempeñó como califa
durante diez años, terminó su mandato con una importante victoria sobre el Imperio
Persa. La disputa con el Reino Sasánida había comenzado en el año 636 en Al-Qadisiah,
cerca de Ctesifonte en Irak, donde la caballería musulmana se había enfrentado
con éxito a los elefantes utilizados por los persas como una especie de tanques
primitivos. Ahora, con la batalla de Nihavand, llamada “la conquista de
conquistas”, Umar selló el destino de Persia; que a partir de entonces se
convirtió en una de las provincias más importantes del Imperio Musulmán.
Su califato marcó un punto importante
en los inicios de la historia islámica. Fue famoso por su justicia, ideales
sociales, administración y arte de gobernar. Sus emprendimientos fueron
notables en cuanto al apoyo del bienestar social, los impuestos y la estructura
financiera y administrativa del creciente imperio.
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