|
En esa época del año, musulmanes de todo
el mundo están cada vez más inquietos. Su Hogar en el corazón del planeta los
llama. Es tiempo de rendir homenaje a Dios Amado en la Casa. Es tiempo de
regresar al Hogar. Es tiempo de ir a Casa, al Santuario Sagrado de la Ka’ba. Es
tiempo de dejarlo todo y seguirlo a Él. Es tiempo de abandonar el mundo
ilusorio e ir a la Casa de Dios. Es la época del Hayy, la Peregrinación.
Aquellos que pueden ir se dirigen a La Meca, los que no, se unirán a las
festividades dondequiera que se encuentren, celebrando el ‘Id del
Sacrificio.
El Hayy es una conmemoración de amor y
una celebración de fe. Conmemoramos el Sacrificio Supremo de Abraham por amor a
Dios en Mina. Celebramos el amor sin precedentes que su esposa Agar mostró por
su hijo Ismael y su confianza inquebrantable en la Providencia en el desierto
solitario alrededor de Safa y Marwa. Recordamos el Mayor de los Regalos de
Dios, el Corán, pasando un día en Arafat, donde descendió la revelación final.
Celebramos la fe al estar cara a cara con la Qiblah de nuestras
oraciones.
El Hayy también es un acto de
renunciación. Los musulmanes de todos los rincones del globo visten su mortaja
—dos sábanas de algodón— para representar la muerte a esta vida y enfocarse en
su Casa Primordial. Ellos pagan sus deudas, piden perdón a todos, se despiden
de todo y de todos, y se preparan para morir a este mundo para vivir en Él.
Ahora estamos listos para el Hayy hacia la Ka’ba, el lugar más especial.
La Ka’ba es un lugar especial. Fue la
primera casa de adoración construida por el primer hombre. Dios le ordenó a
Adán que hiciera un viaje. Él caminó meses incontables hasta que llegó a La
Meca guiado por Dios. Allí, se le dieron instrucciones para construir una Casa para
Él. Esta fue la primera Casa de Adoración hecha por el hombre. Fue donde
aprendimos a lamentarnos por la separación de nuestro Amado. Fue donde Adán
derramó incontables lágrimas llorando la pérdida de la gloria paradisíaca. Es
donde intentamos buscar Su cercanía. Es donde tratamos de experimentar Su
intimidad. Esta Casa es el Arquetipo que reposa bajo otra Casa situada más allá
de la esfera del universo visible y de la prisión del espacio y del tiempo.
Este es el primer acto de reconciliación con nuestro Destino Paradisíaco en la
Casa de nuestro Amado, a pesar de nuestra estancia terrestre.
La Ka’ba es un lugar especial. Se
perdió una vez para nosotros pero nuestro Amado envió a Su amigo Abraham (que
la paz de Dios sea con él) a este Santuario y le dio la tarea de restaurar esta
Casa. Nuestro padre reclutó a su hijo Ismael para la Tarea Sagrada. Durante
meses, hasta terminar, padre e hijo trabajaron bajo el sol abrasador del desierto,
sostenidos sólo por su amor ardiente por el Dios Eterno. Esta no fue una
elección al azar. Abraham fue el hombre correcto para el trabajo. Cada año,
cuando hombres y mujeres van a esta Casa bendita, lo hacen durante el décimo
día del mes de Dul-Hiyyah. En este día propicio, Dios le pidió a Abraham que
hiciera el Sacrificio Supremo, y él lo hizo. Allah le pidió a Su amigo que
sacrificara a su hijo Ismael, y él aceptó.
La Ka’ba es un lugar especial. Sus
cimientos han sido fortalecidos por el amor y la fe de la familia de Abraham. Vamos
allí a conmemorar el amor. Vamos allí a celebrar la fe. Abraham vivió el
verdadero sentido de someterse. Amó a Dios, su Amigo, por encima de todo. Dios
le dio un sueño en el que él se vio a sí mismo sacrificando a su hijo. La
persistencia del sueño lo convenció de que no era sólo un sueño sino una
alusión proveniente del Infinito. Le contó del sueño a su hijo, quien estuvo de
acuerdo fácilmente. Una vez se supo que se trataba de la Voluntad de Dios, el
hijo no presentó excusa alguna. Fue una conclusión inevitable que se haría Su
Voluntad. Padre e hijo se dirigieron al lugar designado. Cuando llegaron a su
destino, el hijo sugirió que el padre cubriera sus ojos de modo que su amor no
le abrumara y lo llevara a desobedecer a su Amo. En el mismísimo instante en
que Abraham descargó su cuchillo, el hijo fue sustituido con un cordero. Ese
momento y ese día se hicieron sagrados. Cada año, millones vienen este mismo
día. Millones siguen los pasos de estos dos en el valle de Mina, se detienen
donde ellos se detuvieron, caminan donde ellos caminaron, y finalmente llegan
donde el Sacrificio Supremo fue ofrecido. Allí, todos ofrecen un sacrificio en
Su Amor y luego se lo entregan a las personas pobres de la tierra, mientras se
maravillan del amor ardiente y la fe de Abraham hacia Dios, al punto que estuvo
dispuesto a sacrificar su más preciado amor. Aquellos que no pueden estar allí,
celebran este sacrificio maravilloso dondequiera que estén, en cualquier parte
del mundo. Porque en verdad, el amor de Dios debe ser celebrado.
|