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Extraviados por los susurros de Satanás
y llenos de envidia y orgullo, los hermanos engañaron a su padre Jacob y
traicionaron a su hermano menor. Arrojado a un pozo profundo por sus hermanos,
José, el hijo amado del Profeta Jacob, se aferró toda la noche a una repisa y
trató de poner su confianza en Dios. El tiempo pasó lentamente y el calor del
sol de la mañana cayó pesadamente sobre la tierra quemada. Más tarde ese día,
una caravana que iba hacia Egipto se acercó al pozo.
Cuando la caravana llegó, los viajeros
se dedicaron a sus obligaciones, algunos amarraban los camellos, otros atendían
los caballos, algunos desempacaban, otros preparaban la comida. El aguador fue
hasta el pozo y lanzó su cubo, feliz de pensar en obtener agua fresca y clara.
José se sorprendió cuando el cubo cayó hacia él, pero antes que alcanzara el
agua, él lo tomó y se aferró a la cuerda. Sorprendido por el peso del cubo, el
hombre se asomó por el borde del pozo. Quedó pasmado y emocionado cuando vio a
un niño aferrado a la cuerda. El hombre llamó a sus compañeros para que le ayudaran
a subir al niño del pozo y todos se asombraron de ver a este niño hermoso, no
muy pequeño, que estaba frente a ellos.
Mirando al muchacho, el aguador no pudo
ocultar su emoción y exclamó en voz alta: “¡Qué sorpresa! Hay un jovencito”
(Corán 12:19). El hombre estaba muy contento, y de inmediato decidió
vender a José, sabiendo que con él haría mucho dinero en el mercado de
esclavos. Tal como los hermanos habían previsto, el hombre de la caravana se
llevó a José a Egipto esperando venderlo por un buen precio. El mercado de
esclavos de Egipto estaba lleno de gente, algunos comprando, otros vendiendo y
otros simplemente viendo las transacciones. El bello joven hallado en el pozo
atrajo a muchos y su subasta no se hizo esperar. El precio subía más allá de las
expectativas y José fue adquirido finalmente por Aziz, el Primer Ministro de
Egipto.
Sin embargo, Dios nos dice en el Corán
que lo vendieron por un bajo precio. (12:20) Esto no parece
tener sentido ya que los hombres de la caravana estaban llenos de júbilo por el
precio que habían recibido. Dios describe el precio como bajo debido a que José
en realidad valía mucho más de lo que nadie hubiera podido imaginar jamás. Los
hombres no se dieron cuenta lo que este niño podría llegar a ser. Ellos
creyeron que, aunque hermoso, José era insignificante. Nada podía estar más
alejado de la verdad, si ellos hubieran cobrado su peso en oro, aún habría sido
un precio bajo por el hombre que llegaría a ser José, el Profeta de Dios.
En la casa de Aziz
El Primer Ministro, Aziz, percibió de
inmediato que este no era un joven común y corriente. Lo llevó a su casa, una
de las grandes mansiones de Egipto, y le dijo a su esposa:
“Recíbelo honorablemente, tal vez nos sea de
provecho [como un sirviente], o lo adoptemos como hijo. Así establecimos a José
en la tierra [de Egipto] y le enseñamos la interpretación de los sueños”. (Corán
12:21)
Dios puso a José en la casa de la
segunda persona más importante de Egipto. El Primer Ministro Aziz era más que
sólo un primer ministro, también era el tesorero de Egipto. Dios estableció a
José en la tierra para enseñarle sabiduría y entendimiento. La lucha y el
esfuerzo requeridos por José para superar la separación de su padre y su
familia, la dificultad de haber sido traicionado por sus hermanos mayores que
se suponía lo protegían, la prueba en el pozo y la humillación de ser vendido
como esclavo, fueron todas pruebas diseñadas para moldear el carácter de José.
Esos fueron los primeros pasos en la escalera hacia la grandeza. Dios usó la
traición de los hermanos de José para cumplir Su plan de establecer a José como
Profeta.
Los hermanos de José creyeron que
tenían el asunto bajo control cuando pusieron a su hermano en el pozo, pero en
realidad el asunto estaba fuera de sus manos. Dios es Quien controla todos los
asuntos. Dios fue decisivo en Su acción, y Su plan fue llevado a cabo a pesar
de la traición, la envidia y el orgullo de los demás. José se encontró en el
centro de la toma de decisiones de Egipto con un hombre que de alguna manera
parecía estar consciente de las cualidades especiales de José. Aunque lejos de
su padre y de su hermano Benjamín, José estaba bien cuidado y vivía rodeado de
lujos. José creció y maduró en la casa de Aziz y Dios le concedió buen juicio y
conocimiento.
“Y cuando alcanzó la madurez, le concedimos
sabiduría y conocimiento [a través de la revelación]; así recompensamos a los
benefactores”. (Corán 12:22)
Dios le concedió a José conocimiento y
sabiduría. No sólo una, sino ambas cualidades. Le dio la habilidad de entender
y la habilidad del buen juicio cuando aplicaba su conocimiento. Este no siempre
es el caso. Hay mucha gente a través de la historia del mundo, incluso hoy día,
que tiene conocimiento pero no tiene la habilidad o el juicio de aplicar ese
conocimiento de manera efectiva.
Uno de los grandes eruditos del Islam,
el Imam Abu Hanifa, celebraba con frecuencia grandes círculos de aprendizaje en
los que presentaba un tema de debate. El tema era discutido y las opiniones
dadas, luego el Imam Abu Hanifa daba un veredicto final. Esta forma de
enseñanza fue única en aquel tiempo. Había entre estos círculos de aprendizaje
un erudito de las narraciones del Profeta Muhammad (hadices), él recitó
uno que el Imam Abu Hanifa nunca había escuchado antes. En ese preciso momento,
una mujer se acercó al círculo e hizo una pregunta. El erudito le respondió que
no conocía la respuesta, pero que el Imam Abu Hanifa estaba capacitado para
responderle. Entonces Abu Hanifa se volvió hacia los miembros del círculo de
aprendizaje y dijo: “Sé la respuesta a esta pregunta gracias al hadiz
que nuestro hermano acaba de mencionar”. Así, es posible tener el conocimiento
pero no saber cómo aplicarlo. Al Profeta José, como a todos los Profetas de
Dios, le fue dado el conocimiento y la sabiduría para entenderlo y para
aplicarlo.
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