La Campaña de Badr
En una expedición, la caravana Quraishita
en ruta a Siria había escapado de los musulmanes. Los musulmanes esperaban su
regreso. Algunos exploradores de los musulmanes vieron que la caravana,
dirigida por Abu Sufian mismo, pasó delante de ellos, e informaron de inmediato
al Profeta de ello y de su tamaño. Si esta caravana hubiese sido interceptada,
hubiese tenido un impacto económico de gran medida, uno que sacudiría la
sociedad entera de los mecanos. Los exploradores musulmanes informaron que la
caravana estaría en los pozos de Badr, y los musulmanes se prepararon para
interceptarla.
Llegaron noticias de esto a Abu Sufian en
su viaje hacia el sur, y el envió un mensaje urgente a La Meca para que un
ejercito fuera enviado para enfrentar a los musulmanes. Aprovechando las catastróficas
consecuencias de que la caravana fuese interceptada, inmediatamente reunieron
la mayor cantidad de poder posible y partieron al encuentro de los musulmanes.
En camino a Badr, el ejército recibió las noticias de que Abu Sufian había
conseguido eludir a los musulmanes conduciendo la caravana por una ruta
alternativa junto a la orilla. El ejército mecano, con unos mil hombres, se dirigió
a Badr para darles una lección a los musulmanes, disuadiéndolos del ataque a
las caravanas en el futuro.
Cuando los musulmanes se enteraron del
avance del ejército mecano, supieron que debían atreverse a dar un paso osado
en el asunto. Si los musulmanes no los enfrentaban en Badr, los mecanos continuarían
minando la causa del Islam con todas sus habilidades, posiblemente atacando Medina,
profanando las propiedades y las personas que allí se encontraban. El profeta,
que la paz y las bendiciones de Dios lo acompañen, realizó una reunión de
consejo para determinar las acciones a llevarse a cabo. El profeta no quiso
liderar a los musulmanes, especialmente a los ‘ayudantes’ quienes eran la
gran mayoría del ejército y no estaban si quiera atados al compromiso de Aqaba a
pelear por sus territorios, por algo en lo que no estaban de acuerdo.
Un hombre de los ‘ayudantes’, Sa’d ibn
Mu’aadh reafirmó su devoción al Profeta y la causa del Islam. Sus palabras
fueron las siguientes:
“¡Oh Profeta de Dios! Creemos en ti y
somos testigos de lo que has arriesgado por nosotros, y declaramos en términos inequívocos
que lo que nos ha llegado es la Verdad. Te damos nuestro juramento de
obediencia y sacrificio. Obedecemos deseosamente cualquier orden, y por Dios
quien te ha enviado con la Verdad, si nos pidieses que nos sumerjamos en el
mar, lo haríamos de inmediato, y ninguno de nosotros se quedaría detrás. No
renegamos de la idea de encontrarnos con el enemigo. Tenemos experiencia en la
guerra y somos confiables en el combate. Esperamos que Dios te demuestre a
través de nuestras manos aquellos actos de valor que el valorará. Bondadosamente
guíanos al campo de batalla en el Nombre de Dios”
Después de esta muestra de extremo soporte
y amor por el Profeta y el Islam de parte de los Emigrantes y los ‘ayudantes’,
los musulmanes, con un número cercano a 300, se dirigieron como pudieron a Badr.
Tenían solo setenta camellos y tres caballos con ellos, por lo tanto, los
hombres cabalgaban por turnos. Se adelantaban a lo que es conocido en la
historia como al- Yawm al-Furqan, el Día del criterio; el criterio entre
la luz y la oscuridad, el bien y el mal, lo correcto y lo equivocado.
Antes del Día de la batalla, el Profeta
pasó toda la noche en oración y súplica. La batalla fue peleada en el 17 de Ramadán
en el Segundo año de la Hiyra; 624 D.C. Era costumbre para los árabes comenzar
las batallas con duelos individuales. Los musulmanes ganaron una ventaja en los
duelos, y algunos notorios de Quraish cayeron derrotados. Quraish enfureció, se
dirigieron a los musulmanes para exterminarlos de una vez por todas. Los
musulmanes mantuvieron una posición defensiva estratégica, que en turnos
produjo muchas perdidas para los mecanos. El Profeta rogaba a Dios con todo su
poder en este momento, extendiendo sus manos tan altas que su traje cayó hasta
sus hombros. En ese momento, recibió una revelación que prometía la ayuda de
Dios:
“…En verdad os auxiliaré con mil ángeles que
descenderán sucesivamente.” (Corán 8:9)
Al oír las buenas noticias, el Profeta ordenó
a los musulmanes que tomaran la ofensiva. El gran ejército de Quraish estaba
abrumado por el entusiasmo, valor y fe de los musulmanes, y después de enfrentar
grandes pérdidas, no pudieron hacer nada más que escapar. Los musulmanes fueron
abandonados en el campo con algunos mecanos caídos, entre ellos el
archi-enemigo del Islam Abu Yahl. Quraish fue derrotado y Abu Yahl había muerto.
La promesa de Dios se hizo realidad:
“Pero en verdad todos ellos serán vencidos y
huirán.” (Corán 54:45)
En una de las batallas más decisivas en
la historia humana, las bajas totales se encontraban solamente entre setenta y
ochenta.
La Meca entró en shock, y Abu Sufian fue dispuesto como
figura dominante en la ciudad, y él sabía más que nadie que el asunto no podía
quedar así. El éxito respira éxito, y las tribus beduinas, siempre en búsqueda
del balance del poder, se inclinaban inmensamente hacia la alianza entre los
musulmanes, y el Islam ganó muchas conversiones en Medina.
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