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Noé continuó apelando a su pueblo y
ellos se dividieron en dos grupos. Sus palabras llegaron a los corazones de los
débiles, los pobres y los oprimidos, pero la gente rica e influyente desconfió
de esas palabras y sólo podía pensar en la posible erosión de su poder y su
estatus. Una guerra de palabras comenzó entre Noé y los incrédulos. Ellos
acusaron a Noé de no ser más que un ser humano cualquiera, de no ser nada
especial. Noé estuvo de acuerdo con esta observación y dijo que, en efecto, no
era más que un ser humano, pero uno que traía una advertencia clara. Y Dios
Todopoderoso nos dice:
“Por cierto que enviamos a Noé a su pueblo [y
les dijo]: Yo soy para vosotros un amonestador evidente, no adoréis sino a
Allah, pues temo que os azote el castigo de un día doloroso [el Día del
Juicio]. Los líderes de la incredulidad de su pueblo dijeron: No eres más que
un mortal como nosotros, y sólo te siguen los pobres y débiles de nuestro
pueblo que no piensan. Ciertamente no os creemos mejores que nosotros, sino que
os consideramos mentirosos”. (Corán 11:25-27)
Noé explicó a su pueblo rebelde que iban
a recibir beneficios si se volvían hacia Dios y pedían Su perdón. Él los
bendeciría con abundante lluvia,
con progenie y riqueza. Él les otorgaría jardines generosos y ríos que fluyen.
Sin embargo, los incrédulos rechazaron sus palabras, ellos se sentían seguros
en su arrogancia y orgullo.
El conflicto se intensificó
Aquellos que estaban en contra de Noé y
su llamado comenzaron a negociar con él. Le dijeron que estos dos grupos
distintos, los humildes y pobres y los ricos y poderosos, no podían coexistir en
la misma fe. Aunque era continuamente ofendido e intimidado por los incrédulos,
Noé reaccionó de manera amable y gentil. Explicó que él nunca daría la espalda
a los creyentes humildes y débiles que habían atendido a su llamado. Esta
gente, les informó, eran los invitados de Dios. Noé hizo un llamado a su
pueblo. Intentó razonar con ellos y hacerles ver la realidad de su situación.
Sin ninguna ganancia personal y con un corazón humilde pero valiente, Noé
refutó sus argumentos.
“¡Oh, pueblo mío! No os pido retribución
alguna a cambio [de transmitiros el Mensaje], pues Allah será Quien me
recompensará, y no voy a rechazar a los creyentes [como me pedís], ciertamente
ellos se encontrarán con su Señor [Quien los recompensará por su fe]; y veo que
sois un pueblo de ignorantes. ¡Oh, pueblo mío! ¿Quién me protegerá de Allah [y
Su castigo] si los rechazo? ¿Es que no recapacitáis? No os digo que poseo los
tesoros de Allah, ni conozco lo oculto, ni os digo ser un Ángel, pero tampoco
digo que Allah no recompensará [en la otra vida] a aquellos que vosotros
consideráis inferiores [los débiles y los pobres, como pretendéis], pues Allah
bien sabe lo que hay en sus corazones, y si así lo dijese me contaría entre los
inicuos”. (Corán 11:29-31)
Los desacuerdos continuaron hasta que
los incrédulos se quedaron sin argumentos. Se burlaron de Noé y de los
creyentes, pero Noé continuó difundiendo su mensaje. Finalmente, no pudo más y
se volvió hacia Dios con súplicas sinceras. Noé no perdió la paciencia, se
mantuvo paciente, amable y gentil. Pero se había dado cuenta de que los incrédulos
no harían más que difundir la corrupción y la incredulidad en toda la región.
Ellos podrían desviar y corromper a los creyentes y entregar un legado de
incredulidad a sus hijos. Noé oró a Dios. Dijo:
“Si les dejaras, extraviarían a Tus siervos y
no engendrarían sino a pecadores e incrédulos”. (Corán 71:27)
Así que Dios aceptó las súplicas de
Noé.
El Arca
Dios instruyó a Noé para que
construyera el Arca y castigó a los incrédulos con un diluvio.
“Construye el Arca bajo Nuestra observancia y
según Nuestra orden, y no Me pidas compasión por quienes obraron injustamente,
pues ellos serán ahogados”. (Corán 11:37)
Noé eligió un sitio fuera de la ciudad
y lejos del mar para construir este Arca. Los incrédulos se burlaron y rieron,
haciendo comentarios acerca de la ubicación de la embarcación, lejos de
cualquier fuente de agua. Los incrédulos no tenían comprensión del poder y la
magnificencia de Dios, de modo que no podían entender por qué Noé construiría un
barco en la cima de una colina, lejos del océano. Ellos lo llamaban loco y se
reían de él a carcajadas. La embarcación comenzó a tomar forma y, cuando estuvo
terminada, Noé esperó pacientemente las órdenes de Dios.
“Cuando llegue Nuestro designio y [como señal
de ello] el agua brote de la tierra [e inunde todo], haz subir a ella una
pareja de cada especie, embarca a tu familia, salvo a quienes de ellos
decretamos que serían destruidos, y a los creyentes. Y ciertamente unos pocos
creyeron en él”. (Corán 11:40)
Cuando el agua comenzó a brotar de la
tierra y a caer desde el cielo, Dios instruyó a Noé para que entrara al Arca
con su familia y con los creyentes. Dios también le ordenó a Noé llevar con
ellos una pareja (macho y hembra) de cada animal, pájaro e insecto con él. Los
incrédulos lo observaron con escepticismo, preguntándose qué pretendía hacer
con los animales.
La esposa de Noé no lo acompañó, puesto
que nunca creyó en el mensaje que Noé había predicado, ni tampoco su hijo
mayor, que prefirió huir a un monte elevado. Los eruditos del Islam sostienen
diferentes opiniones respecto al número de personas en el Arca, pero el mayor
estimado es 80. En cuanto los creyentes y los animales entraron al Arca, el
agua brotó de cada grieta en la tierra y la lluvia cayó del cielo en cantidades
nunca antes vistas. Hora tras hora los niveles de las aguas crecieron, y los
mares y ríos invadieron la tierra.
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