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Mi primer recuerdo es del tiempo en que
yo tenía 3 años de edad. Recuerdo haberle preguntado a mi padre: “¿Qué me pasará
cuando muera?” Él se sorprendió mucho al oír tal pregunta de mi pequeña mente,
y desafortunadamente no fue capaz de contestarme. Aquí, en Estonia, durante el
mandato soviético la fe era considerada un tabú y nadie tenía permitido hablar
acerca de eso –sólo la gente loca cree en Dios (nos decían), pues ¿cómo podemos
nosotros creer en algo que no vemos? Nuestros cosmonautas fueron al espacio y
no vieron a Dios sentado en una nube, con su vestido blanco y su larga barba
gris, ¡por lo tanto, Él no existe!–. Siendo él mismo un hijo de esa sociedad,
mi padre fue totalmente incapaz de darme una respuesta adecuada. Dijo: “Bueno, querida,
tú simplemente te dormirías en el suelo...”
Nunca he escuchado algo más ilógico o aterrador
que la respuesta de mi padre ese día. Eso me hizo buscar la verdad aunque sólo
tenía 3 años. Pero había un largo camino delante de mí. Siempre he sabido, o de
hecho sentido, que Dios existía aunque no fuera capaz de darle un nombre. Yo sabía
que Él simplemente existía y que estaba siempre ahí observándome. Si yo tenía
que ser una buena niña, no era por causa de mis padres, era por Él; porque Él
era el único que me vería en cualquier parte en la que yo estuviera, y no mis
padres.
Cuando fui a la escuela, mis preguntas
se volvieron tan difíciles que mi padre me envío a ver a su madre, mi abuela. Ella
nació durante la primera república de Estonia, de manera que ella fue bautizada
como cualquier otra persona de su edad. Ella fue la primera que me dijo que
llamara Dios a Dios, y ella también me enseñó el “Padre nuestro”. De la misma
forma, ella me dijo que no la recitara en público o mis padres estarían en
problemas, yo me prometí a mí misma que aprendería más a medida que creciera.
Y así lo hice. A la edad de 11 años, al
tiempo en que obtuvimos nuestra independencia de la Unión Soviética, fui a una escuela dominical (una clase especial para niños para aprender
acerca del cristianismo, usualmente impartida por la esposa del sacerdote al
mismo tiempo en que los padres van a la iglesia)... pero de allí me expulsaron.
Ellos me dijeron que estaba haciendo muchas preguntas que no debía hacer, que
tenía una falta de fe. Yo no los entendía, no encontraba nada malo con querer
saber cómo es que Cristo es considerado el hijo de Dios si Dios no se casó con
María, y cómo es que Adán no es el hijo de Dios, aunque él no tuvo ni madre ni
padre. Pero esta clase de curiosidad fue simplemente demasiado para la profesora.
Cuando cumplí 15 años empecé a aprender
más acerca del cristianismo por mi propia cuenta. Me consideraba a mí misma una
cristiana, si podía dejar por fuera esto y aquello y… al final me di cuenta de
que no podía considerarme a mí misma una cristiana si no aceptaba tantas cosas de
esa religión. Tenía que buscar algo más…
Luego de aprender acerca de diferentes
clases de religiones, finalmente encontré el Islam. Como había estado
previamente tan decepcionada del cristianismo, me tomó un largo tiempo estudiar
el Islam en principio; pero valió la pena.
Cuando la gente me pregunta por qué me
volví musulmana, usualmente les digo que no me convertí en una, yo siempre
había sido musulmana, pero simplemente no me daba cuenta de ello. A medida que
descubría el Islam, me tomó 3 años darme cuenta que yo lo era verdaderamente. Entonces,
si alguien me pregunta si estoy segura, yo puedo contestarle, sin ninguna duda
en absoluto: ¡¡¡Sí!!! Eso es lo que yo soy, lo que siempre he sido. Entonces,
finalmente a la edad de 21 años me convertí al Islam; ¡Alabado sea Dios!
Me convertí al Islam justo después del
mes del Ramadán, en 2001. Ramadán es un tiempo hermoso y se trata de ayunar,
mantenerse lejos de los placeres físicos, hacer que tu mente domine a tu
cuerpo, y pensar acerca de los que son menos afortunados que tú. Así es
exactamente cómo me siento acerca de mi vida antes de convertirme en musulmana:
yo estaba ayunando del alimento que más necesita un ser humano, ¡la “comida” para
su mente y su corazón! Estaba continuamente trabajando para mejorarme a mí
misma, constantemente orando para encontrar la paz interior, constantemente
analizando la situación en esta vida…
Aún no tengo una explicación totalmente
lógica de por qué exactamente me convertí DESPUÉS de Ramadán y no ANTES o
DURANTE este mes. Yo ayuné todo el mes de Ramadán y luego me convertí. Me
imagino que tenía que purificarme a mí misma; tenía que tomar el último paso
hacia aceptar la perfección.
Estar privado de comida y bebida es una
cosa, pero estar privado de conocimiento o de la simple verdad, créanme, es aún
más difícil. Es por esto que cada vez que ayunamos no sólo debemos pensar
acerca de cuándo llegará el minuto que nos permitiría comer y beber y probar
todas las cosas buenas hechas por las mujeres de nuestra casa para romper el
ayuno; sino que también deberíamos pensar acerca de las otras personas que
están privadas, no sólo de la comida, sino de la bendición de ser musulmán, la
bendición de estar tan cerca de la perfección y la verdad. Como musulmanes
somos realmente bendecidos: ayunamos una vez al año para hacer de nosotros
mismos mejores personas, pero la mayoría de la gente en este mundo deben ayunar
grandes partes de sus vidas en la búsqueda de la verdad.
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