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¿Nacemos para ser libres? (parte 1 de 2): La libertad, un regalo inestimable

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Descripción: Una mirada a cuánta libertad realmente tenemos o no tenemos sobre nosotros mismos y nuestras vidas.

  • Por Ruqaiyyah Waris Maqsud
  • Publicado 26 Jan 2009
  • Última modificación 09 Mar 2009
  • Impreso: 441
  • Visto: 11349 (promedio diario: 4)
  • Clasificación: No se ha valorado
  • Clasificado por: 0
  • Enviado por email: 2
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“El libre albedrío es el regalo de Dios más difícil de apreciar y comprender.  La persona que renuncia a su propia libertad y decide ser un siervo de Dios, siempre será verdaderamente libre”.

La libertad es una de las cosas más valiosas que existen, a pesar de que no la valoramos hasta que la perdemos.  Es considerada uno de los derechos humanos básicos, e impedir ese derecho sin justa causa es un pecado muy serio.  Nos gusta pensar que somos libres, y que tenemos libre albedrío cuando hacemos nuestras elecciones en la vida; pero pensemos por un momento acerca de las realidades de esta situación.  ¿Somos realmente libres? Y si lo somos, ¿de qué manera? ¿Qué significa eso para nosotros?

Para empezar, la cantidad de libertad que tenemos actualmente es mucho más limitada de la que consideramos tener.  Veamos algunos simples ejemplos que todos podemos entender, cosas relacionadas con nuestros cuerpos.  ¿Cuánta libertad tenemos referente al bostezo, al estornudo, a la transpiración, a la circulación sanguínea, a la digestión o a la excreción? ¿Cuánta libertad tenemos sobre lo que vemos o sentimos, o sobre nuestros músculos y extremidades? Yo solía ser capaz de correr hasta un autobús y escalar montañas; pero ahora no importa cuánto insista en que soy libre para hacer estas cosas, ya no puedo hacerlas más.  Ni siquiera puedo elegir ponerme de pie: si estoy escribiendo por mucho tiempo mis piernas se quedan tan rígidas que no puedo hacerlo.  No tengo absolutamente ningún control al respecto de lo que ocurre dentro de mi cuerpo.  No tengo idea de cómo mis riñones remueven sustancias inútiles o cómo saben lo que es necesario y lo que debe ser eliminado.  No tengo idea de lo que hace a mi corazón latir, o cuándo se ha de detener.  ¡No puedo escoger si salivo, si orino, si coagulo, si duplico mis células, si envejezco o si muero!

Y respecto a las personas con las cuales me relaciono, no tuve ninguna libertad de elegir a mis padres, abuelos, hermanos y hermanas.  No pude elegir mi constitución genética.  Intenté elegir cuándo mis propios hijos deberían haber nacido, pero ni siquiera eso ocurrió como yo esperaba; y no tenía idea de cuál sería el sexo de mis hijos o cómo serían.  Algunas personas creen que es sólo cuestión de tiempo para que seamos capaces de manejar la genética a un punto tal de producir hijos a nuestro gusto; pero aún así –naturalmente– las pequeñas personitas creadas no tendrán ninguna libertad respecto a elegir cómo serían físicamente.  Entonces, cuando consideramos todo eso, realmente no parece que los seres humanos tengan mucha libertad después de todo, ¿no es así?  

Sin embargo, la creencia en la libertad del espíritu humano es uno de los asuntos claves que Dios ha revelado en todas las épocas.  En el Islam, se nos enseña que eso fue algo que Dios garantizó a los seres humanos, no así a los ángeles.  Puede que no seamos capaces de escoger lo que somos físicamente, pero tenemos que escoger lo que haremos con respecto a nuestra actividad espiritual.  Dios nos pide tener control de nosotros mismos, tomar ciertas decisiones y comportarnos de cierta forma, pero Él no nos obliga a ello.  No estamos obligados a creer en Él y podemos decidir ignorarlo o desobedecerlo, millones de personas lo hacen.      

Esto ocurre ya que no somos robots programados.  No reaccionamos del mismo modo frente a situaciones similares; algunos son mucho más desinteresados y generosos, o  dispuestos a perdonar y a cooperar solidariamente.  Pero no estamos obligados a ser así.  Si vemos una anciana cruzando la calle con gran esfuerzo, cargando pesados paquetes, podemos decidir si vamos y la ayudamos, si la golpeamos y robamos sus objetos, si la ignoramos, o si la insultamos y huimos… Eso nos lleva a una interesante reflexión.  Podemos distraernos adivinando lo que cada individuo haría con la anciana y sus objetos, pero todos tenemos un sentimiento de “deber”; pensamos que sabemos qué línea de conducta debe tomar una buena persona, una persona religiosa o una persona consciente.   

Siempre que decimos que una persona “debe hacer algo”, asumimos que esa persona es en realidad libre y apta para hacerlo.  No tendría sentido decir, por ejemplo, que alguien que está encerrado en una cárcel debería ayudar a la anciana del ejemplo anterior, o alguien que está inconsciente o vive en un país distante.  El “deber” implica “poder”.  Ahora bien, si Dios puede hacer cualquier cosa que desee; entonces, obviamente, es perfectamente posible para Él controlar nuestras mentes y nuestras decisiones.  Este es un asunto que está dentro de las capacidades de los seres humanos, y sería demasiado fácil para Dios.  Sin embargo, el simple hecho de que Él permita a las personas escoger no creer en Él y no hacer lo que Él quiere, demuestra contundentemente que Dios no robotiza la mente de las personas.

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