Reversión
Dos semanas después fui al centro de Dawa.
Estaba muy asustada y temía decir algo inapropiado. Mi amigo Jaled y su esposa me
llevaron, fue muy emotivo. Al final todos terminamos con lágrimas en nuestros
ojos. Lloré todo el camino de regreso a casa.
Actualización
No obstante, no todo estaba en su sitio
como debería. Al modificar mi estilo de vida me hice completamente adicta a la
televisión. Toda mi vida giraba en torno a la oración y por las noches a la
tele. No estaba satisfecha con ello pero era demasiado perezosa para hacer algo
al respecto. Trataba de leer mis libros islámicos pero sentía que no podía
asimilar más. Al tiempo, me llegaron rumores que circulaban acerca de mí en el
hospital. Realmente me afligió que sucediera ya que odiaba que mi vida fuese motivo
de curiosidad de los demás y odiaba llevar a cuestas calumnias y rumores. Una
noche retorné a casa del trabajo y sentí que no podía resistirlo más. Despreciaba
llegar y mirar la tele toda la noche sin ver ni conversar con alguien, y los
fines de semana se habían convertido en una pesadilla. Podía pasar el fin de
semana entero a solas. Me sentía perdida y desolada. Cuando llegó el momento de
la oración del Isha de esa noche, sencillamente no tenía ganas de realizarla. Nunca
antes me había sucedido y eso me abatió, lloré sin parar por dos horas.
Al día siguiente, mis ojos estaban muy
hinchados y todo el día transcurrió mientras lloraba, me detenía y volvía a
llorar. Jaled me preguntaba qué sucedía constantemente, sólo que al comienzo
estaba tan avergonzada que no me atrevía a contarle. De todas formas, realicé
la oración ya que sabía que tenía que hacerla. Al final, le conté y él me
tranquilizó, dijo que en ocasiones incluso él se sentía así, de modo que no me
angustiara ni me disgustara por eso. Lo que necesitaba era cambiar mi estilo de
vida, jugar al tenis, salir de compras, leer un libro… Yo insistía en que nada
de eso ayudaría, aún así me sentiría sola si no estuviese acompañada o no
tuviese a alguien con quien hablar.
Esa noche regresé a casa y sentí que lo
estaba perdiendo, sentí que no podría continuar. Después de mi oración me
postré y supliqué fervientemente: “Por favor Dios, no permitas que te pierda,
no permitas que te pierda”. Me senté y busqué las estrofas breves al final del Corán,
donde encontré a At-Takazur; después de leerla, percibí que debía dejar todo a lo
que me había aferrado, como la tele y la preocupación por lo que pensaran de mí.
Tenía que aprender a dejarlo ir. Sentí cómo me libraba de todas mis preocupaciones,
como si brotaran a través de mi espalda y partieran flotando.
El día siguiente, en el Fayr, cuando terminé
mi oración, tuve el presentimiento de que debía colocar mis manos frente a mí
mientras recitaba mi Du´a. Había visto que las personas hacían eso, aunque
nunca comprendí por qué. Tendí mis manos y le rogué a Dios que me ayudara a
dejar todas esas cosas y a esforzarme por ser una mejor persona. Acto seguido, llevé
mis manos hacia mi rostro y percibí un hormigueo y un sentimiento de paz y bienestar
perpetuo. No quería moverme por miedo a que se desvaneciera, pero permaneció.
Ese día en mi trabajo, en el Departamento
de Computación, recibí la visita de un hombre llamado Anwer. Jamás lo había visto
antes, pero él había oído hablar de mí. Me habló sobre la mezquita de Rayhi, y de
que allí se llevaban a cabo lecturas en inglés los viernes. Decidí que iría el viernes
siguiente. Esa semana no miré la tele, jugué al tenis y luego le pedí a uno de
nuestros choferes en quien confiaba que me llevara a la mezquita.
El viernes por la mañana me puse muy
nerviosa y a último momento sentí que no tenía que ir. ¿Y si me equivocaba de
mezquita, y si hacía todo mal? Justo mientras atravesaba la puerta de la casa
le rogué a Dios que me guiara y permitiese que todo transcurriera bien. De
hecho, todo transcurrió tranquilamente. Conocí a los Samires, una familia de
Sri Lanka que vivía y trabajaba en Arabia Saudita, mi nueva familia. Me
alojaron y me trataron como a una de los suyos. Que Dios los bendiga y los
recompense, Le agradezco todos los días por escogerlos y permitirme conocerlos.
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