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Lynda Fitzgerald, ex católica, Irlanda (parte 1 de 4)
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Descripción: Debido a que se sentía sola y anhelaba algo nuevo en su vida, Lynda aceptó una oferta de trabajo en Arabia Saudita.
Por Lynda Fitzgerald
Publicado 31 Aug 2009 - Última modificación 31 Aug 2009
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Categoría: Artículos
> Historias de nuevos musulmanes
> Mujer
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Introducción
Lynda Fitzgerald, ahora conocida como Jadiya,
es una joven irlandesa proveniente de un pueblo llamado Wicklow, cercano a
Dublín. Es originaria de una familia católica apostólica romana muy severa,
compuesta por nueve hijos, su padre es electricista y su madre ama de casa.
Fue educada en Wicklow, luego asistió a una
escuela de secretariado, y trabajó en Dublín durante nueve años.
Jadiya, como es llamada ahora, se
convirtió al Islam tiempo después de haberse mudado a Arabia Saudita. En este
artículo relata la secuencia de sucesos que la trajeron a esta Tierra Sagrada y
la introdujeron al sendero acertado. ¡Dios la bendiga!
Cómo vine a Arabia Saudita
Formaba parte de un club de gente joven. Cada
lunes nos reuníamos para conocernos y más tarde nos dirigíamos al bar. A veces iba
al bar, pero generalmente regresaba a casa después de las reuniones. Una noche
una muchacha se integró al club así que decidí ir al bar para hablarle de modo
que se sintiera bienvenida. Resulta que trabajaba en una agencia reclutadora que
hacía alistamientos para Arabia Saudita. Me contó todo sobre ello y yo estaba
fascinada. Antes de eso apenas había oído hablar de Arabia Saudita. A medida
que la noche pasaba me interesé más y más; y para cuando dejé el bar realmente
deseaba ir a Arabia Saudita.
Ese año, 1993, solicité un empleo aunque no
lo conseguí. Por un tiempo no pensé en el asunto, me fui a casa a pasar navidad
y estaba muy aburrida; así que decidí que debía darle un giro diferente a mi
vida. Todas mis amigas tenían novios o estaban casadas y habían avanzado hacia
entornos diferentes. Repentinamente me encontré sin ataduras. Cuando regresé a
la ciudad, luego de la navidad, telefoneé a la muchacha de la agencia reclutadora
y le pedí que me colocara a disposición de cualquier empleo que surgiera en
Arabia Saudita. Dijo: “No lo creerás, acabo de recibir un fax del Hospital de
las Fuerzas de Seguridad, buscan una secretaria”. El 15 de Marzo de 1994 me
encontraba aquí.
Mis primeras impresiones del Islam
Lo primero que el resto de los
occidentales comentan cuando uno llega a Arabia Saudita es lo terrible que son los
musulmanes, cómo maltratan a sus mujeres, cómo todos se marchan para rezar y no
regresan por horas, como todos se marchan a Bahrain para beber y conquistar
mujeres... Se comienza adjudicándoles prejuicios, entonces uno piensa que el Islam
es así. Sin embargo, el Islam no es así y desafortunadamente la mayoría de los occidentales
fracasan cuando se trata de entender eso.
Cómo cambió mi perspectiva
A mí, desde el inicio, me generó
curiosidad. Veía a las personas rezar en la mezquita y pensaba que era grandioso
tener semejante fe y devoción hacia Dios. Encontraba folletos tendidos por ahí y
los tomaba para leerlos; sin embargo, mis amigos occidentales decían: “Para qué
lo lees, no tiene sentido leerlos, solamente tratan de lavarte el cerebro”, y como
me sentía avergonzada dejaba de hacerlo. Luego comencé a tomar lecciones de
idioma árabe, y mi profesor, un hombre egipcio, me causó una gran impresión.
Era muy diferente a la mayoría de los musulmanes a quienes había conocido. Su
fe era tan fuerte. Me convertí en su amiga ya que tenía algunos problemas con
un hombre musulmán en el trabajo y necesitaba a alguien con quien hablar al
respecto. Me angustiaba por ello y echaba la culpa de todo al Islam; a pesar de
eso, él era muy paciente, me explicaba las cosas y me ayudó a darme cuenta de
que no se trataba del Islam y que no todos los musulmanes se comportaban de esa
forma.
Otra de las cosas que los occidentales le
dicen a uno es que todo lo que los musulmanes quieren es convertirte y lavarte
el cerebro. Por ende, uno desconfía de cualquiera que trata de hablarte acerca
del Islam y levanta una pared entre uno y ellos y, en consecuencia, no escucha
nada de lo que quieren contarte. Sin embargo, Jaled jamás habló del Islam a
menos que yo sacara el tema primero o culpara al Islam erróneamente. A veces incluso
lo atacaba injustamente por algo que no tenía relación alguna con el Islam. Él
siempre permanecía calmo, era muy paciente y advertía claramente que sólo deseaba
que yo supiera la verdad, que me percatara de que estaba siendo injusta o había
sido mal informada.
Pronto comenzó Ramadán. Muchos sauditas en
el trabajo se quejaban: “Podemos oler comida, no deberían comer en las
oficinas, deben tratarnos con más respeto”. No comprendía por qué ni siquiera
podía tener un vaso de agua sobre mi escritorio, al fin y al cabo, se suponía
que se sacrificaban por Dios, no debía importarles que tuviese un vaso de agua
sobre mi escritorio. El siguiente extracto de mi diario íntimo revela cómo me sentía
en el principio de Ramadán:
“Estamos en Ramadán. ¡Cielo Santo, qué mes!
Es tan molesto... Ni siquiera se puede mencionar la palabra comida. Van de un
lado al otro como si fueran mega mártires, cuando la mayoría de ellos ni están
trabajando. Sólo tienen que hacer seis horas por día, luego se quedan levantados
toda la noche comiendo y hacen que el resto de nosotros nos sintamos totalmente
paganos durante el día”.
Jaled, mi amigo, trató de explicarme algo
al respecto. Me explicó acerca de orar tarde por la noche y esforzarse arduamente
para ser una buena persona, y no utilizar malas palabras, quejarse o difamar y ser
más caritativo. Me contó sobre ciertos occidentales que probaron el ayuno para saber
de qué se trataba y cómo a algunos de ellos les gustó tanto que lo llevaron a
cabo cada año. Una mañana me desperté y decidí ayunar. Lo hice. No se lo
mencioné a nadie en un principio ni a Jaled, aunque eventualmente se percató
por su cuenta.
Un día fui a verlo y me dijo que tenía
algo que quería que leyera. Trajo una copia del Corán para mostrarme un pasaje
sobre Jesús, la paz sea con él, y cuando la colocó entre mis manos sentí como
si me hubiese entregado un precioso trozo de cristal. Me sentí desbordada, no
quería devolvérselo, pero me sentí estúpida y temía que se riera si le decía cómo
me sentía, al punto que se lo di. Sin embargo, por días sentí que algo dentro
de mí me quemaba, hasta que finalmente él mismo me sugirió: “¿Por qué no lees
el Corán?”; y fue como si levantaran un enorme peso de mis hombros. Lo llevé a
casa y comencé a leerlo esa noche.
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Lynda Fitzgerald, ex católica, Irlanda (parte 2 de 4)
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Descripción: Después de leer el Corán, Lynda emprendió la lucha contra la noción de aceptar el Islam y abandonar sus creencias y estilo de vida anteriores.
Por Lynda Fitzgerald
Publicado 07 Sep 2009 - Última modificación 07 Sep 2009
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> Historias de nuevos musulmanes
> Mujer
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El Corán
Dos cosas me sucedieron mientras leía el Corán.
En primer lugar, estaba leyendo la siguiente Surah [Al Baqara] (el segundo
capítulo del Corán, versículo 21) y simplemente dejé de leer. Cerré mis ojos y
pensé en Dios. De repente sentí la unicidad de Dios, la supremacía de Dios. Pude
percibir que no había razón para que tuviese un socio. Sencillamente, no veía a
alguien con Él que estuviese a Su altura. ¿Por qué necesitaría a alguien? No
necesitaba, estaba tan segura al respecto. Me envolvió una extraña sensación de
paz y realmente supe con seguridad que no había otro Dios más que Dios. Lo
único que quería era que esa sensación que me envolvía durara para siempre,
pero desapareció en un par de minutos.
Lo segundo me
sucedió mientras leía Surah Al Hayy (22:5). Cerré mis ojos nuevamente y vislumbré
una fotografía del mundo: desolado y nacido de nuevo. Vi un montículo de tierra
y una semilla convirtiéndose en árbol, y pensé “¿De dónde vino esa semilla?” “¿De dónde provienen todas las
hermosas variedades de plantas que se encuentran por todo el planeta?” Únicamente
pueden provenir de Dios. Sentí otra vez la paz y maravilla de Dios.
Los meses previos a mi conversión
Esos debieron ser los mejores y más
difíciles meses en mi vida. Hubo veces en que me sentía en la cima y otras veces
completamente desesperada. Este extracto de mi diario transcurre en el mes de Abril:
“Algo raro está ocurriéndome y no sé cómo
me siento acerca de eso, no sé si es una cosa buena o mala, si estoy dejándome
llevar por mi imaginación o si estoy dejándome lavar el cerebro. Aunque también
podría ser lo correcto, lo que debiera ser.
Lo cierto es que estuve estudiando el Islam
y realmente estoy pensando en convertirme… Dios me ayude. Por el momento
simplemente no sé qué pensar, todo este asunto me asusta tanto que me eriza la
piel. Nunca pensé que esta clase de cosa podría ocurrirme. Indudablemente no quería convertirme. Siempre me consideré católica, siempre creí
en Dios y siempre creí que Jesús era el hijo de Dios.
Ahora estoy cuestionando todo, estoy cuestionando todo mi estilo de vida
y todo lo que se me enseñó que debía creer”.
Pensaba en el Islam desde que me levantaba
en la mañana hasta que regresaba a casa por la noche. Acto seguido, cuando escuchaba
el adhan, sentía un intenso deseo de orar, y al principio oraba en la forma
cristiana. Luego le pedí a uno de mis colegas del trabajo un libro sobre cómo
rezar y me dio uno. Leí el libro, observé a las personas rezar en la televisión
e hice muchas preguntas. En seguida empecé a orar. En aquel tiempo nadie estaba
al tanto de ello excepto dos colegas del trabajo, el egipcio y un jordano, también
muy buen musulmán.
Al principio oraba sin cubrirme el cabello.
No sabía que se suponía que debía hacerlo; cuando alguien finalmente me lo dijo
sencillamente no comprendí el motivo. Una vez en el trabajo discutí largo y
tendido con Jaled al respecto, aún así no pude asimilarlo. Más tarde aquella
noche, mientras caminaba para tomar el ómnibus, sentí la superioridad de Dios y
lo pequeña e insignificante que era en comparación; me sentí como una hormiga ante
el mundo extendido frente a mí y comprendí que debía cubrir mi cabeza mientras
oraba ya que Dios sabía todo lo que yo hacia, que no tenía derecho de ser
orgullosa y que debía complacerlo en todo lo posible. Jamás dudé otra vez en
cuanto a cubrirme la cabeza durante la oración.
Mi diario íntimo - 23 de Abril de 1995
“Bien, todavía no estoy segura de lo que
hago. Hay momentos en que parece todo tan claro y pienso: “Sí, lo creo y quiero
gritarlo”. Después, hay veces en que me siento muy insegura, indecisa y asustada,
tan sólo no sé qué estoy haciendo. Esto es muy duro. Aparte de eso es una muy
buena religión. El Corán es maravilloso y está todo ahí: cómo comportarse,
cómo rezar, qué hacer, qué no hacer. No hay como eso en la iglesia católica, además
del hecho de que cambian de vez en cuando según su conveniencia. Quien sigue
esta religión no puede tener maldad para con nadie. Solamente se puede ser
amable, paciente y tolerante, y nunca se puede olvidar a Dios ya que se lo
venera cinco veces al día. Amo rezar,
siempre fue así. Ayuda a que uno recuerde todas las cosas buenas de la vida, de
dónde vinieron y que siempre se debe estar agradecido por eso. Aporta paz a la
vida”.
En ocasiones, me alegraba inmensamente por
haberme enterado sobre el Islam, y en ocasiones deseaba jamás haber oído de su
existencia ya que en cuanto supe la verdad era consciente de que sólo me restaba
convertirme. Sin embargo, todavía estaba aferrándome a mi antigua vida, aun habiendo
renunciado a la bebida y a las fiestas temía perder a mis amigos occidentales y
el prejuicio que enfrentaría en cuanto comenzara a cubrirme la cabeza. Conversé
este asunto con Jaled tantas veces y siempre le repetía: “Nunca tendré el valor
para llevar el hiyab”. En cada una de esas oportunidades él me respondía diciendo:
“Cuando sea la voluntad de Dios, tendrás el valor”.
Mi diario íntimo: “Mi problema es que soy una
cobarde nata. Temo la reacción de la gente cuando empiece a cubrirme la cabeza.
¿Cómo podría contarle esto a mi madre o a Liz en Australia? ¿Cómo podría ir a
Australia o a Irlanda con la cabeza cubierta? No creo
que pueda dar la cara, tú sabes. Dios mío, dame fuerzas.
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Lynda Fitzgerald, ex católica, Irlanda (parte 3 de 4)
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Descripción: Lynda cuenta su conflicto interno acerca de llevar el Hiyab.
Por Lynda Fitzgerald
Publicado 14 Sep 2009 - Última modificación 14 Sep 2009
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> Mujer
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Cambiar de empleo
Hubo un congelamiento de contrataciones en
mi hospital; no obstante, en junio reanudaron inesperadamente los
reclutamientos para las incorporaciones y había dos empleos tras los cuales
podía ir. Uno era en el Departamento de Recursos Humanos y el otro en el Departamento
de Educación y Capacitación. Podía elegir entre ambos empleos y ambos directores
insistieron para que optara por sus departamentos. De elegir el Departamento de
Recursos Humanos hubiese estado justo en el medio de la acción, hubiese sabido todo
lo que ocurriría en el hospital, y las posibilidades de conseguir un aumento
salarial en el futuro eran mayores. Si elegía el Departamento de Educación las
posibilidades de que supiesen que era musulmana eran mayores y tendría que
empezar a cubrirme la cabeza. Por semanas me preocupé y me inquieté por lo que debía
hacer. De repente me era prioritario estar en medio de la acción, saber qué
ocurriría en el hospital y estar en una posición sólida y ventajosa; sin
embargo, algo me detenía. Finalmente, mi amigo jordano me sugirió que practicara
dos Raka adicionales después de mi oración por la noche y que le pidiera a Dios
Su orientación. Varios días hice eso pero no parecía dar resultado. Pienso que desde
el comienzo supe que correspondía que fuese a Educación, pero dentro de mí se llevaba
a cabo una lucha constante, temía que las personas se percataran, temía enfrentarlos
y, además, constantemente se paseaban por mi mente insinuaciones de la posición
ventajosa que obtendría si fuese a Recursos Humanos. Una noche, mientras leía el
Corán, advertí que todas esas cosas, el dinero, el chisme, el poder, no eran
significativas para mí. Nunca lo fueron. ¿Por qué de pronto se me volvieron tan
atractivas? Se me ocurrió que se trataba de Shaitan intentando convencerme,
pues si iba a Educación recibiría más apoyo y me integraría mejor a la religión
ya que había más musulmanes en ese departamento. Fue como si una nube se
hubiese disipado, tomé una determinación y no podía esperar a que llegara el
día siguiente para decirle a mi jefe mi decisión. Opté por Educación, por supuesto.
Llevar el hiyab
A partir de esto las cosas marcharon
rápidamente. Empecé a ir a la mezquita para orar y recibí gran apoyo en el
Departamento de Educación. Pronto mi jefe (estrictamente religioso) se enteró de
mi conversión y comenzó a presionarme para que cubriese mi cabeza. De modo que tuve
que pensar en ello seriamente. No quería hacerlo por la razón equivocada.
Quería hacerlo porque me sintiera preparada, y cuando lo supiese me lo pondría y
jamás me lo quitaría nuevamente. Al tiempo, mi jefe se tomó unos días de
vacaciones y dejé de sentirme presionada, aunque reflexionaba sobre ello continuamente.
Discutí con mi amigo sin parar sobre llevar el hiyab y la razón de ello, aún
así no me convencía.
En un fin de semana en la casa de una amiga
en el complejo habitacional, conversé con unas muchachas recién llegadas. Eran
muy agradables, sentí que podíamos ser amigas, y entonces pensé: “Bien,
personas nuevas llegarán y esto sólo será más y más duro. Tal vez si me vieran con
el hiyab desde un principio lo aceptarán y no lo cuestionarán tanto”. Decidí comenzar
a llevarlo al día siguiente. Éste es un extracto de mi diario íntimo:
“Me parece que me cubriré la cabeza
mañana. Una mitad de mí siente que es lo correcto, la otra mitad me grita para
que no lo haga. Trato de ignorar esa otra mitad. Es tan difícil saber qué
hacer. ¿Y si lo odiara luego del primer día o semana, o me diera cuenta de que cometí
un error en relación a todo esto después de una semana o mes? No hay vuelta atrás,
no a menos que quiera perder todo el respeto. ¿Cuándo estaré 100 % segura? ¿Alguna
vez estaré más segura de lo que estoy ahora? Tengo que aprovechar esta oportunidad,
debo creer que si es Dios quien lo desea, entonces lograré atravesar esto.
Ahora estoy teniendo un ataque de pánico.
¡Auxilio! ¿Creo realmente en esta religión? ¿De verdad quiero vivir así? ¿Quiero
pasar todas las noches y todos los fines de semana a solas? ¡Socorro! ¡Auxilio!
¡Auxilio! ¡Oh Dios! ¿Por qué es tan difícil esto? ¿Por qué soy tan miedosa? 29
años de edad y continúo actuando como un niño de 5 años. Pareciera que no logro
centrarme de ninguna manera y tomar una decisión, ¿cómo es posible que siendo
así haya decidido algo en el pasado? Ni siquiera soy muy buena persona, tengo que
esforzarme mucho para ser aunque sea medio buena. En este instante quisiera largarme
de este país, ir a una discoteca, bailar desenfrenadamente, emborracharme, gritar,
aullar y cantar. ¿Puedo afrontar el resto de mi vida sabiendo que no podré
tomar, no podré tener un novio y no podré salir de mi casa sin cubrirme la
cabeza? Si Kate (una amiga) estuviera aquí ahora mismo la llamaría por teléfono
y le pediría que me preparara un margarita. ¡Pero no está! Los demonios deben
de estar trabajando tiempo extra conmigo ahora. Y las personas piensan que soy
una persona sensata a quien conocieron. Te doy risa, ¿no es cierto?
Estoy decidida a hacerlo. Debo hacerlo.
Por lo menos, si fuera el caso, podría entrar en razón y percatarme de que soy
una tonta, –inshallah (Dios mediante) – estoy tomando la decisión correcta y tomaré
el camino acertado”.
No cerré los ojos esa noche. Hasta el
último instante no pensé que tendría el valor para hacerlo. Pero, justo antes
de pasar por la puerta, me lo puse. Jamás miré atrás.
Fue como si todas las dudas hubiesen
desaparecido. Era como si Shaitan me hubiese largado. Me sentía orgullosa,
parecía caminar a diez pies encima del suelo. Quería que todos supieran que era
musulmana. Estaba orgullosa de ser musulmana. Sabía que había tomado la
decisión acertada y que jamás lo lamentaría. Subhan Allah [glorificado sea Dios],
Él me lo facilitó.
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Lynda Fitzgerald, ex católica, Irlanda (parte 4 de 4)
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Descripción: Lynda cuenta la contienda que debió superar a causa de sus conflictos internos luego de finalmente aceptar el Islam.
Por Lynda Fitzgerald
Publicado 05 Oct 2009 - Última modificación 05 Oct 2009
Visto: 2311 (promedio diario: 3) - Clasificación: 5 De 5 - Clasificado por: 1 Impreso: 162 - Enviado por email: 0 - Comentado: 0
Categoría: Artículos
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> Mujer
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Reversión
Dos semanas después fui al centro de Dawa.
Estaba muy asustada y temía decir algo inapropiado. Mi amigo Jaled y su esposa me
llevaron, fue muy emotivo. Al final todos terminamos con lágrimas en nuestros
ojos. Lloré todo el camino de regreso a casa.
Actualización
No obstante, no todo estaba en su sitio
como debería. Al modificar mi estilo de vida me hice completamente adicta a la
televisión. Toda mi vida giraba en torno a la oración y por las noches a la
tele. No estaba satisfecha con ello pero era demasiado perezosa para hacer algo
al respecto. Trataba de leer mis libros islámicos pero sentía que no podía
asimilar más. Al tiempo, me llegaron rumores que circulaban acerca de mí en el
hospital. Realmente me afligió que sucediera ya que odiaba que mi vida fuese motivo
de curiosidad de los demás y odiaba llevar a cuestas calumnias y rumores. Una
noche retorné a casa del trabajo y sentí que no podía resistirlo más. Despreciaba
llegar y mirar la tele toda la noche sin ver ni conversar con alguien, y los
fines de semana se habían convertido en una pesadilla. Podía pasar el fin de
semana entero a solas. Me sentía perdida y desolada. Cuando llegó el momento de
la oración del Isha de esa noche, sencillamente no tenía ganas de realizarla. Nunca
antes me había sucedido y eso me abatió, lloré sin parar por dos horas.
Al día siguiente, mis ojos estaban muy
hinchados y todo el día transcurrió mientras lloraba, me detenía y volvía a
llorar. Jaled me preguntaba qué sucedía constantemente, sólo que al comienzo
estaba tan avergonzada que no me atrevía a contarle. De todas formas, realicé
la oración ya que sabía que tenía que hacerla. Al final, le conté y él me
tranquilizó, dijo que en ocasiones incluso él se sentía así, de modo que no me
angustiara ni me disgustara por eso. Lo que necesitaba era cambiar mi estilo de
vida, jugar al tenis, salir de compras, leer un libro… Yo insistía en que nada
de eso ayudaría, aún así me sentiría sola si no estuviese acompañada o no
tuviese a alguien con quien hablar.
Esa noche regresé a casa y sentí que lo
estaba perdiendo, sentí que no podría continuar. Después de mi oración me
postré y supliqué fervientemente: “Por favor Dios, no permitas que te pierda,
no permitas que te pierda”. Me senté y busqué las estrofas breves al final del Corán,
donde encontré a At-Takazur; después de leerla, percibí que debía dejar todo a lo
que me había aferrado, como la tele y la preocupación por lo que pensaran de mí.
Tenía que aprender a dejarlo ir. Sentí cómo me libraba de todas mis preocupaciones,
como si brotaran a través de mi espalda y partieran flotando.
El día siguiente, en el Fayr, cuando terminé
mi oración, tuve el presentimiento de que debía colocar mis manos frente a mí
mientras recitaba mi Du´a. Había visto que las personas hacían eso, aunque
nunca comprendí por qué. Tendí mis manos y le rogué a Dios que me ayudara a
dejar todas esas cosas y a esforzarme por ser una mejor persona. Acto seguido, llevé
mis manos hacia mi rostro y percibí un hormigueo y un sentimiento de paz y bienestar
perpetuo. No quería moverme por miedo a que se desvaneciera, pero permaneció.
Ese día en mi trabajo, en el Departamento
de Computación, recibí la visita de un hombre llamado Anwer. Jamás lo había visto
antes, pero él había oído hablar de mí. Me habló sobre la mezquita de Rayhi, y de
que allí se llevaban a cabo lecturas en inglés los viernes. Decidí que iría el viernes
siguiente. Esa semana no miré la tele, jugué al tenis y luego le pedí a uno de
nuestros choferes en quien confiaba que me llevara a la mezquita.
El viernes por la mañana me puse muy
nerviosa y a último momento sentí que no tenía que ir. ¿Y si me equivocaba de
mezquita, y si hacía todo mal? Justo mientras atravesaba la puerta de la casa
le rogué a Dios que me guiara y permitiese que todo transcurriera bien. De
hecho, todo transcurrió tranquilamente. Conocí a los Samires, una familia de
Sri Lanka que vivía y trabajaba en Arabia Saudita, mi nueva familia. Me
alojaron y me trataron como a una de los suyos. Que Dios los bendiga y los
recompense, Le agradezco todos los días por escogerlos y permitirme conocerlos.
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